Nochebuena

Ramón María del Valle-Inclán

Nochebuena

Era en la montaña gallega. Yo estudiaba entonces gramática latina con el señor arcipreste de Céltigos, y vivía castigado en la rectoral. Aún me veo en el hueco de una ventana, lloroso y suspirante. Mis lágrimas caían silenciosas sobre la gramática de Nebrija, abierta encima del alféizar. Era el día de Nochebuena, y el señor arcipreste habíame condenado a no cenar hasta que supiese aquella terrible conjugación: «Fero, fers, tuli, latum».

Yo, perdida toda esperanza de conseguirlo, y dispuesto al ayuno como un santo ermitaño, me distraía mirando al huerto, donde cantaba un mirlo que recorría a saltos las ramas de un nogal centenario. Las nubes, pesadas y plomizas, iban a congregarse sobre la sierra de Céltigos en un horizonte de agua, y los pastores, dando voces a sus rebaños, bajaban presurosos por los caminos, encapuchados en sus capas de juncos. El arco iris cubría el huerto, y los nogales oscuros y los mirtos verdes y húmedos parecían temblar en un rayo de anaranjada luz. Al caer la tarde, el señor arcipreste atravesó el huerto: andaba encorvado bajo un gran paraguas azul: se volvió desde la cancela, y viéndome en la ventana me llamó con la mano. Yo bajé tembloroso. Él me dijo:

—¿Has aprendido eso?

—No, señor.

—¿Por qué?

—Porque es muy difícil.

El señor arcipreste sonrió bondadoso.

—Está bien: mañana lo aprenderás. Ahora acompáñame a la iglesia.

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Me cogió de la mano para resguardarme con el paraguas, pues comenzaba a caer una ligera llovizna, y echamos camino adelante. La iglesia estaba cerca. Tenía una puerta chata de estilo románico, y, según decía el señor arcipreste, era fundación de la reina doña Urraca. Entramos. Yo quedé solo en el presbiterio, y el señor arzobispo pasó a la sacristía hablando con el monago, recomendándole que lo tuviese todo dispuesto para la misa del gallo. Poco después volvíamos a salir. Ya no llovía, y el pálido creciente de la luna comenzaba a lucir en el cielo triste e invernal. El camino estaba oscuro, era un camino de herradura, pedregoso y con grandes charcos. De largo en largo hallábamos algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta cansada de sus bueyes. Los pastores que volvían del monte trayendo los rebaños por delante, se detenían en las revueltas y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso. Todos saludaban cristianamente:

—¡Alabado sea Dios!

—¡Alabado sea!

—Vaya muy dichoso el señor arcipreste y su compaña.

—¡Amén!

Cuando llegamos a la rectoral era noche cerrada. Micaela, la sobrina del señor arcipreste, trajinaba disponiendo la cena. Nos sentamos en la cocina al amor de la lumbre: Micaela me miró sonriendo:

—¿Hoy no hay estudio, verdad?

—Hoy, no.

—¡Arrenegados latines, verdad?

—¡Verdad!

El señor arcipreste nos interrumpió severamente:

—No sabéis que el latín es la lengua de la Iglesia…

Y cuando ya cobraba aliento el señor arcipreste para edificarnos con una larga plática llena de ciencia teológica, sonaron bajo la ventana alegres conchas y bulliciosos panderos. Una voz cantó en las tinieblas de la noche:

aquí venimos,
aquí llegamos, os dan licencia
aquí cantamos!

El señor arcipreste les franqueó por sí mismo la puerta, y un corro de zagales invadió aquella cocina siempre hospitalaria. Venían de una aldea lejana; al son de los panderos cantaron:

de ven baixo, ade pasiño,
que non desperte so meniño,
so meniño, so Jesús,
durme nas pallas verce e sen luz.

Callaron un momento, y entre el júbilo de las conchas y de los panderos volvieron a cantar:

on fora porque teño
cara de aldeán, lle catro biquiños a cara de mazán.
os de aquí par’a aldea
xa vimos de ruar,
Jesús a dormir démolo espertar.

Tras haber cantado, bebieron largamente de aquel vino agrio, fresco y sano que el señor arcipreste cosechaba, y refocilados y calientes, fuéronse haciendo sonar las conchas y los panderos. Aún oíamos el chocleo de sus madreñas en las escaleras del patín, cuando una voz entonó:

casa é de pedra año ergueuna axiña,
que durmisen xuntos cipreste e sua sobriña.

Al oír la copla, el señor arcipreste frunció el ceño. Micaela enderezose colérica, y abandonando el perol donde hervía la clásica compota de manzanas, corrió a la ventana dando voces:

—¡Mal hablados!… ¡Mal enseñados!… ¡Así vos salgan al camino lobos rabiosos! El señor arcipreste, sin desplegar los labios, se paseaba picando un cigarro con la uña y restregando el polvo entre las palmas. Al terminar, llegose al fuego y retiró un tizón, que le sirvió de candela. Entonces fijó en mis sus ojos enfoscados bajo las cejas canas y crecidas. Yo temblé. El señor arcipreste me dijo:

—¿Qué haces? Anda a buscar el Nebrija.

Salí suspirando. Así terminó mi Nochebuena en casa del señor arcipreste de Céltigos, que santa gloria haya.

FIN

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