La llave

José Rafael Pocaterra

La llave

I

Divino, chica, divino…

—Pero, pasa, pasa para acá.

Un instante cesó el parloteo de las dos amigas. En mitad de la habitación, entre los dos veladores con su abatjour, con algo de litúrgico, de solemne, de pecaminoso, se extendía, en cedro oscuro y repulido, con un estilo imponente, y semimperial, el lecho agobiado de cortinas, intacto, al parecer, bajo sus ropas lujosas.

Y no era ni en la sala donde ellos habían derrochado buen gusto, ni en aquel saloncillo coqueto, ni en los corredores, ni en el comedor con grandes taburetes de grandes espaldares de cuero estampado con escenas venatorias y patas de quimera, ni en el cuarto de baño, colección de losas, de metales, de catchouc y de mármol, ni en los departamentos de servicio, de cocina gigantesca condecorada con tres largas órdenes de cacerolas de aluminio, sino allí, en el dormitorio, en la vasta habitación que alumbraba para las noches nupciales un globo eléctrico esmerilado, tamizando la luz en una vaguedad submarina, donde Carmen le hizo a su amiga la consabida pregunta.

—Y… ¿eres feliz?

—Hasta más no poder… —repuso Clara, pálida, ojerosa, cerrando los ojos con fuerza.

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Una hora después, Carmen sabía muy vagamente que el matrimonio de Clara era como el de todas. Cuatro o cinco veces le tocó visitar a sus íntimas en plena luna de miel, y siempre, siempre, aquella necedad de «yo lo adoro» y «él no puede estar un instante sin mí» y el «nos desayunamos tardísimo», y el «figúrate» y ¡la biblia! qué ella a los treinta años iba a enojarse por una tonta de más o menos que se casase…

¡No faltaba más! Sin embargo, una especie de instinto muy vago, una como necesidad de verter en aquel platazo de melaza algunas gotas de desconfianza, ¡quién sabe qué!, pero, en fin, algo imperioso como una ley le hizo murmurar, acariciándole el pelo a la recién casada toda fresca e ingenua en su bata de «trousseau».

—Así dicen todas… Y la otra vivamente:

—¡No! y así es, por lo menos conmigo. De las otras… no sé… Ahora las compadezco más que nunca porque eso, eso debe ser horrible… Ah, si yo supiera que Jacobo… ¡nada! me volvería loca. Y sacudió sobre la espalda el pelo desceñido, húmedo, flotante… ¡Me volvería loca!

—Pues mira, niña. Caracas sería un manicomio…

—Pero tú crees… —y los ojos de Clara, claros e inverosímiles, se clavaron en la morena inquieta, con los suyos tan negros, tan malvados como dos bandoleros en un breñal:

—No; yo no creo… ¿así tan de pronto?

—¿Cómo tan de pronto?

—Digo, me parece que ellos se portan bien al principio; después, ¡ay chica! se fastidian, se entretienen… ¡Tú no sabes cómo son los hombres!

La ingenua, zaherida, rasguñada de repente sin saber dónde ni cómo ni por qué, apenas pudo rechazar algo agresivo que se le venía al espíritu, sonriendo, casi irónica:

—¡No seas zoqueta! Vas a saberlo tú mejor que yo…

Y la otra, con una convicción deliciosa, con un poco de rubor.

—¡Ah, sí! mucho mejor; acaso yo no veo a mis hermanas casadas, acaso yo no he visto y oído a mis hermanos… Te empiezan que si una cita con un amigo fantástico en el Club, y este individuo te lo deja un día a almorzar, y luego este individuo está en Antímano, en Macuto, en Los Dos Caminos y hay que ir a hablar con él allá, medio día, un día entero… Y si el individuo fantástico tiene una hacienda fantástica también, te encuentras tú de la noche a la mañana con que tu marido está en una cacería… que… hija, desgraciadamente es lo menos fantástica que puedes imaginarte… Y no creas, te traen del bicho que dicen haber matado hasta un cuero de regalo… ¡Un horror! A Margarita, mi prima, se le apareció un día Juan Francisco con una pierna de venado, y ¡la pobre! en el hueso tenía pegada una etiqueta del «puesto» del mercado.

—No, chica, eso no es igual con todos —repuso a media voz, queriendo dar a sus palabras un tono de evidencia que desmentía los ojos desconfiados, fijos en un ángulo de la habitación, hacia el ropero con su luna de tres fases…

Hubo una pausa. De repente ella exclamó:

—¡Ay, qué olvido!, el pobre Jacobo dejó las llaves…

Por la entreabierta hoja del ropero, una línea oscura del pantalón colgado revelaba la cadenilla de las llaves… Corrió hasta el mueble, descolgó la prenda, trató de soltar el hierrillo sujetador… No podía.

—Mira tú, si sabes.

Y Carmen, diestra, soltó el llavero, dispersando las llaves sobre la cama.

—Espérate, espérate… Las conozco todas. Esta, chiquitina, la de cierto cofrecillo que no conocemos sino nosotros dos; ésta, «la chata», es del «apartado»; ésta, del escritorio; ésta, la de la caja; ésta… ésta…

Y de repente se irguió, con una arruga meditabunda en el entrecejo… La otra la miraba en silencio.

—¿Con qué llave abrió Jacobo entonces la oficina?

Y clavaba la mirada en un llavín inglés niquelado, leyendo en el metal un poco idiota: Yale ya… le. Y pensó luego por asociación eufónica… ya le voy a estar preguntando.

—¿Por qué, chica?

—Porque ésta es la llave, la única… López debe saber… —Y luego asomándose a la galería gritó:

—¡A López, que venga acá!

Vino López; era un viejo sirviente de su marido, medio chofer, medio cocinero, con el perfil huido, disimulado.

—López, ¿don Jacobo tiene otra llave de la oficina?

—No, señó; yo soy quien la cargo. Abrí esta mañana y barrí, como toos los días.

La puerta es de gorpe; cuando él sale, la cierra; yo le echo llave después…

—¿Y esta llave?

El viejo la tomó entre sus dedos, luego de limpiarse la tierra negra del jardín en el pantalón… Se quedó pensativo:

—Esta llave… ¡Yo sé, pues!

Cuando Clara entró a la habitación, su amiga parecía ensimismada en los bibelots de la mesa de noche, pero ella juraría que aquel pliegue voluntario de su boca oprimía una risa, una risa burlona, aguda, desvergonzada, una risa que ella le conocía tanto, que compartió gozosa más de una vez, pero que ahora tenía una crueldad inaudita.

Quiso llorar de rabia. Pero un loco orgullo le hizo forzar la sonrisa; quiso decirle algo duro, echarla, insultarla, pero su voz, un poco velada, sólo dejó caer algunas palabras como distraídas:

—Qué raro, ¿verdad? Yo que sé todo lo de él… Y la otra, con un consuelo peor en la voz:

—Quizás de dónde será esa fulana llavecita, niña, ¡los hombres tienen tantas cosas raras!

Estuvo con ella hasta las once de la mañana, no quiso quedarse a almorzar: —No, chica, cuándo —rehusó con un tono ambiguo, como diciendo «aquí va a haber película»—. Pero se la comió a besos en el anteportón; y todavía al meterse al auto le dijo antes de cerrar la portezuela:

—Ya sabes, mi vida, ¡mucho fundamento!

Clara cerró, de golpe, y se quedó plantada en mitad del corredor con una pena agria en la garganta, con los labios contraídos como si hubiese tomado algo amargo.

II

—¡Monina! ¡Nena!

Nadie. Los estores, corridos. ¿Estaría en el baño? Pero sacó el reloj, ¡la una menos cuarto! ¡Caray! Qué le importaría a él que aquellos majaderos del club no creyeran en que el Mame fue un triunfo aliado, ¡no juegue! Y su pobre mujercita esperándole para almorzar.

—¡Nena, chiquilla!, ¿dónde te metes?

Extraño. No salía a recibirle. Y en el comedor, la mesa con un solo cubierto… el de él.

—¡Clara! —gritó entonces—. ¿No está Clara aquí…?

—Sí está —respondió ella misma desde la galería.

Allí estaba, en una orilla de la cama, con las manos en la barba y los ojos clavados en el suelo y todo el cabello cogido de rizadores, con esa fealdad preconcebida de las mujeres enfurruñadas. Y un hociquillo… ¡misericordia! ríase usted del Mame y de von Kluck…

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Ni un besito?

Se apartó, brusca. Él comenzó a bromear. Tenía razón ella en enfurruñarse, no se olvida así el almuerzo, ¿verdad?, pero nada, que le cogieron por el amor propio, y la guerra europea, y el imbécil de Pancho que quiere ser más alemán que Dios… Pero no volvería a ocurrir eso; ¿no lo creía? se lo juraba por lo más grande, con la mano puesta sobre el diccionario, si era preciso; sí.

Todo esto, lavándose las manos. Después se enderezó la corbata, luego fue hasta la puerta ¡ese almuerzo! Entró de nuevo, sacó el reloj: —Caracoles, la una menos diez. ¡Eh!, ¿es que no almorzaremos hoy? Anda, nena, di que sirvan…

—Cuando usted quiera, siéntese y almuerce… Yo no tengo ganas. Me duele la cabeza.

Entonces se sentó a su lado. Trató de abrazarla, de dejarle un beso en el cuello.

—¡No, no! No me toques…, no me toque usted… ¡Que no! que no… ¿Pero entonces Espérate, no, espérese… A mí eso ahora no… Quítese, déjeme, usted es un… Bueno, no quiero decirle.

Y el otro asombrado, con la corbata debajo de una oreja.

—Pero mijita, ¿qué es?, ¿qué te pasa?, ¿qué te he hecho yo?

Se arrancó de sus brazos, fue a un mueble, volvió hacia él y le puso ante las narices un objeto.

—¿Cómo llaman esto?

—Pues… ¡una llave!

Y ella, con los ojos fulgurantes:

—¿De qué otro modo se llama, vamos, di…?

Pues… se llama en inglés the key, la llave; en alemán ein schlüssel, una llave; en italiano, la chiave, en francés… tú sabes… la llave, la clef.

—Sí, hipócrita, grandísimo hipócrita, y en turco y en chino y en japonés… Pero aquí se llama que me has engañado, que eres un vagabundo, que ésta no es tal llave de oficina, ni tales carneros… Y que yo, ¡óyelo!, me voy para casa de mi madre, ya; voy a pedir un coche… y no me verás más ni muerta, y toma tu llave asquerosa…

—¡Cuidado, niña, que me «rompes»!

III

Una hora después, con todo el cabello a medio rizar, los ojos enrojecidos y las mejillas como dos brasas, se sentaba a almorzar en el sitio de costumbre, al lado de Jacobo. Lo había pensado mejor: su pobre mamá estaba quebrantada para ir ella a proporcionarle un disgusto. Pero ella cumpliría con su deber de esposa mártir hasta el fin. Sentábase a almorzar y con más calma tomaría el partido que debía… ¡Nada de perdón! eso sí…

Y dos o tres veces, respondió con un empellón y un rodar de la silla al pie travieso que su marido estirábale por debajo de la mesa…

—Necio…

—Mira que me levanto…

—¡Sinvergüenza!

Él, ya tomaba el café, se puso elocuente, tierno, conmovedor… Comprendió que más valía una verdad a medias que una mentira bien urdida… Pues sí, aquella maldita llave, ¿sabes? una especie de oficina cuando soltero, un local, una cosa así…

—Sí, una cosa así… ¡horrible! —e hizo ella una mueca de asco infinito.

—¡No, no exagero; de antes de casarme! —Oh sí, mucho antes de conocerla, se lo juraba, se lo juraba sobre… sobre… —Y, distraído, cogía los pedazos de pan de cerca de ella.

—¿Sobre el diccionario, verdad?

—No, mijita, sobre mi corazón que es el tuyo, que es el mío…

—Sí, el tuyo, el mío, lo mismo que haces en la mesa con el pan que me pertenece. Y los dos se echaron a reír.

—Mira, voy a darte una prueba definitiva, vidita, ¿todo es esta fulana llave? —Y la sacó del bolsillo, mientras ella hizo un gesto como si en vez de pobre objeto de níquel fuese un alacrán—, ¿todo es por esta maldita llave? Pues mira… —Y desde la mesa, por sobre la cancela de romanillas, la arrojó al techo. Saltó entre las tejas, rodó un poco y cayó, sonora en la canal.

—¡Se acabó lo de la llavecita!

IV

A las cuatro, con los ojos hinchados, él salió de la habitación en puntillas. Clara dormía; a ratos su respiración se alteraba con un sollozo como sucede o los niños contentos que han llorado… Sonreía, plácida con el cabello hecho un turbión sobre las almohadas y las ojeras enormes…

Jacobo, de paso, en el zaguán, detuvo al viejo sirviente que entraba con un saco de estiércol para las matas del jardín:

Oye, López, antes de que se despierte la señora, ve si te subes al techo y allí, en la canal del pasadizo, me consigues una llavecita de níquel, así larguita… ¡tú la conoces…!

FIN

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