Un hilito de agua

José Zahonero

Un hilito de agua

I

Este cuento no es mío, es decir, es mío, porque yo le cuento, y será vuestro en cuanto yo le haya contado; pero en fin, no es de mi invención. Es un sucedido, como dicen las buenas viejas, doctoras en esto de cuentos y más que doctoras en lo otro de chismes.

Me refirió sus aventuras un arroyo que descubrí un día cerca de un árbol donde acostumbran á picotear una gallina y sus pollitos, piando estos como un grupo de chicos y cacareando aquella con la gravedad de quien alecciona ó reprende. El arroyo venía de más allá de la última pradera que, teñida de verde se divisaba lejana.

Era el tal ruidoso y alegre como un sonajero, luciente como una plata y más fresco que la nieve. Tuvo su nacimiento de un hilito de agua formado gota á gota por las desprendidas de una peña altísima; de allí corrió á esconderse en una hondonadita del terreno, y de allí partió, delgado al principio, pero engruesando insensiblemente después. Y vedle cómo así bajó precipitado de la sierra á correr el mundo ¡el pobre aventurero!

¡Qué grata libertad! Pequeño, se deslizaba bonitamente por el suelo dando vuelta á los grandes obstáculos y saltando sobre los despreciables. Así como los carteros entran y salen en todas partes, volviendo siempre á su camino, nuestro arroyo, unas veces ocultándose bajo las zarzas, otras libre por la llanura, ya á la derecha, ya á la izquierda, seguía sin interrumpir su marcha campo adelante.

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De arroyos se cuenta que empezaron por menos, y á fuerza de buscar aquí, recibir allá, se han hecho ríos formales, y de algunos sé yo que llegaron á ríos, donde se deslizan grandes barcos como en el mar; pero no me esperaba que el arroyo de mi cuento lograra tal fortuna. Su caudal era escaso y sus gastos excesivos. Algunos labradores, hortelanos y jardineros, por cuyas posesiones pasaba, abrían en él brecha á veces y por ellas escapaba el agua, dejando al arroyo flaco, flaco, cuasi como cuando nació; los pájaros le asediaban por todas partes; los ganados que le encontraban á su paso refrescaban en él, y hasta las flores que hundían en las aguas sus corolas con suavidad aduladora sorbían por la raíz sendos tragos del arroyo.

Considerando esto, movía yo de un lado á otro la cabeza en señal de duda, y murmuraba tristemente:

—No llegarás á río; no tendrás mucho tiempo agua; y dirigí al arroyo una mirada de compasión.

Entonces fué cuando echándola el arroyuelo de río de importancia sacó el pecho fuera y habló… de esta manera: Fué y dijo: «Mire usted, no necesito compasión, que aquí donde usted me ve, tengo las pretensiones de hacer un buen papel; no quiero decir que haya de trabajar en la elaboración de este producto, aunque esto no me deshonraría, he querido decir, que haré gran figura en el mundo; puedo verme en los mapas y en la historia y quizá utilice mi caudal el comercio de mi país; por esto me afano yo á crecer y trabajar.

A usted le asombran cosas de poca importancia; lo que los pájaros y las flores beben en mí, no soy tan avaro que lo eche de menos; una buena lluvia, la inesperada herencia de una crecida, me devuelven con creces cuanto regalo. La azada que me hace sangrías es más útil para mí de lo que usted se figura: sin ella no podría vivir, que no siendo útil no se vive bien en el mundo; y si no, tenga usted paciencia y acompáñeme un rato en mi camino.»

Y dicho esto, siguió murmurando entre sus guijas y pedruscos, como una persona mal humorada habla entre dientes.

II

La mañana era hermosísima; doraba el sol los tejados de modo que nadie hubiera dicho que aquellas eran las casas pequeñas y pobres de una aldea; más bien eran de oro que de otra cosa.

Corría un fresco agradable, y desde un alto cerrito se veía todo el valle humedecido por el rocío, luciente por el sol y matizado de mil colores; el dorado de los trigos, el verde de los prados, el negro del barbecho, el rojo de algunas tierras, el gris de otras; de modo que la extensión parecía una paleta con sus tintas frescas y preparadas para pintar, ¡y qué de ruidos se escuchaban! Pájaros que pasaban cantando, las voces lejanas de algún campesino que hablaba á distancia con un camarada, y ese alboroto de disputa que arman los gallos dándose el quien vive de corral en corral.

Puesta la mano sobre los ojos, por librarlos del sol, inspeccionaba el paisaje con el intento de descubrir al arroyuelo.

Halléle por fin. Como un cintillo de plata brillaba sobre el campo; veíale entrar en una huerta y salir al poco rato de ella; sorbíase las fuentecillas que encontraba al paso y luego de regar en algunos puntos, recogía el agua de otros arroyuelos, el canal de desagüe de algunos pilones, y en breve, le vi más enriquecido haciéndose visible en un llano y dando vueltas y revueltas no lejos de un estanque.

Prosperaba, en efecto; los servicios que prestaba le eran bien pagados, y como todo el mundo parecía tener interés en conservarle, luego de aprovechar sus servicios le volvían á su dirección, enriqueciéndole constantemente con el sobrante del riego y el tributo de otros cordones de agua. Pero al seguirle con la vista, descubrí que más lejos menguaba de volumen y se ocultaba bajo la cerca de un huerto.

No habían sido engañosos mis presentimientos; por más que esperé é investigué, no vi salir de allí mi querido arroyo.

Viéndose pobre, dio impaciente en buscar agua prestada por todos lados, y habiendo descubierto una abertura negra en el suelo, se dirigió á ella, se asomó al borde, vio en el fondo una gran cantidad de agua, y se precipitó aturdido al fondo.

Allí se hundió. Ya no llevaría de prado en prado la alegría y la riqueza; había cesado su vida de aventuras; no se empobrecería momentáneamente para enriquecerse después; no sería ya más la rica vena del riego de las huertas pequeñas y de los pequeños jardines; no llegaría á ser arroyo crecido, ni riachuelo, ni río, ni río navegable… sino el agua cenagosa, alimento de sabandijas hediondas.

De allí no salió; aquello era un pozo pantanoso. ¡Allí murió el arroyo de la montaña!

Había confiado demasiado en sus fuerzas; pensó, sin duda, que le sería fácil entrar, apoderarse de aquel agua y continuar su camino, ¡imposible! el pecinal era hondo, el agua escasa; en breve algunas charcas aquí y acullá dejaban la huella del paso del arroyo. Este había sido tragado por el sediento y negro, por el inmundo pozo.

Cayó en lo oscuro y mudo de una boca siempre abierta, nunca saciada.

III

Se me han quitado las ganas de reír, porque esto me lleva á más tristes pensamientos.

Hombre á hombre, como esfuerzo por esfuerzo, en evolución constante, nace la riqueza, va, viene, mengua, crece, engendra vida, sustenta y nutre, se reparte, aumenta y llega á labrar la prosperidad nacional.

Pero, á veces, en lo más escondido, en lo apartado, se hunde en un abismo abierto y profundo, pérfido, oscuro; pensó cobrar fuerzas el rico cordón de la riqueza fecunda y viva; pero ese antro donde están los monstruos del monopolio, del expolio, del privilegio, la red infame de leyes inicuas que tejen criaturas monstruosas, ese pozo es al usura, muerte de la riqueza.

En estas sorpresas infames caen inocentes los más ricos y puros arroyuelos de la montaña.

He aquí contadas las aventuras de un hilito de agua. Lo último que he dicho no es cuento, pero es verdad.

FIN

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