Las golosinas encantadas

Marujita Molino

Las golosinas encantadas

Carmen y Carlos fueron a dar un paseo por la Colina Verde, cuando vieron un estrecho sendero que les era absolutamente desconocido.

—¡Caramba! ¿Adónde llevará?— preguntó Carlos.

—Quizá lo han hecho los conejos— observó la niña.

—No, es demasiado ancho para eso. ¿Quieres que veamos a dónde conduce?

Echaron a andar por él y entonces empezaron sus extrañas aventuras. Poco después llegaron a una diminuta aldea, compuesta de tres o cuatro casitas, y en medio de la plazuela que formaban vieron dos pequeñas tiendas, una de las cuales era una dulcería. Tenía un pequeño escaparate y en él vieron unas botellas altas y llenas de caramelos de colores.

—¡Una dulcería! —exclamó la niña, sorprendida. —No me figuraba encontrarla aquí.

—Este es un lugar muy raro —observó Carlos. —AI parecer, aquí no hay nadie, pero produce la impresión de que nos miran muchas personas.

La niña miró a su alrededor y pudo notar que todas las casitas estaban cerradas y que no oía ningún ruido. Luego contempló las botellas llenas de caramelos y tras leer las etiquetas, exclamó:

—Carlos, son unos caramelos muy raros. Lee las etiquetas.

Así lo hizo el niño, y, en efecto, los nombres de aquellos caramelos le parecieron extraordinarios. Una botella llena de caramelos azules tenía una etiqueta que decía: “Caramelos de gigante”. Otros caramelos rojos tenían la indicación: “Caramelos de enano”, y, por fin, otra botella contenía, al parecer, caramelos invisibles.

—Sin duda es una dulcería mágica— observó Carmen, muy excitada. —Vamos a comprar unos caramelos con los veinte céntimos que tenemos.

Empujaron la puerta provista de campanilla y penetraron en la obscura tienda.

De momento creyeron que allí no habría nadie, pero luego vieron detrás del mostrador a un hombrecillo que llevaba unos anteojos sobre la larga nariz. A cada lado de sus puntiagudas orejas, le crecía un mechón de cabellos. En aquel momento leía un periódico de color azul. Levantó la cabeza y, sin mostrar ninguna sorpresa, preguntó:

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—¿Qué queréis esta mañana?

—Desearíamos comprar cada uno diez céntimos de caramelos —contestó Carlos. —AI parecer son muy curiosos.

—No tienen nada de particular — contestó el hombrecillo. —Son como los demás.

Sacó las cinco botellas del escaparate y de cada una de ellas puso unos cuantos caramelos en la balanza. La niña observó que el hombrecillo ponía los caramelos de las tres clases indicados y luego de otras dos llamadas “Pinchos” y “Otra vez a casa”.

El vendedor puso cada una de las clases en una bolsita separada, tomó el dinero y, después de entregar los, caramelos a los niños, reanudó la lectura.

—Cerrad la puerta al salir— les recomendó.

Los niños lo hicieron así y luego empezaron a examinar los caramelos sin atreverse o comerlos, por miedo de que les sucediese algo raro.

—Lo mejor será que le preguntemos o ese hombre las virtudes de los caramelos— aconsejó Carlos.

Entraron de nuevo en la tienda y el niño hizo la pregunta que deseaba, pero el hombrecillo se limitó o contestarle:

—Probadlos y lo veréis. Cerrad lo puerta al salir.

Sin atreverse a preguntar nado más, los dos niños salieron y echaron a andar, pero no se fijaron en lo dirección que seguían.

Pronto se vieron ante una puerta blanca que interceptaba el camino, de modo que no pudieron seguir adelante.

Esto es cada vez más extraño observó Carlos.

—¿Qué haremos ahora?— preguntó lo niña. —¿Saltar por encima de la puerta? Ya estamos casi en lo cumbre de la colina.

Se encaramaron por la puerta para pasar al otro lado y luego siguieron un camino limitado por altos setos, llenos de flores. Aquello era muy hermoso.

Uno vez en la cumbre de la colina, miraron hacia abajo y, con gran sorpresa, vieron al otro lado un verdadero pueblo.

No comprendo lo que paso dijo lo niño. Nunca había visto este pueblo.

Reanudaron el camino hacia él y una vez hubieron llegado observaron que los habitantes tenían un aspecto muy raro. Su cuerpo era redondo y tenían los brazos muy largos. Sus caras estaban rojas como tomates y llevaban unas gorgueras blancas que, por contraste, intensificaban el tono rojo de su semblante.

Algunos iban en unos automóviles como los de juguete, de modo que los niños no salían de su sorpresa.

Quedáronse en pie en medio de lo calle, contemplando aquel extraño espectáculo. De pronto se dirigió hacia ellos, con mucha rapidez, un automóvil amarillo. Carlos saltó a un lado, pero la niña no tuvo tiempo y el automóvil chocó contra ella. Pero, con gran asombro, vieron que el vehículo estallaba como un globo de juguete. Ella no recibió ningún daño, mas fue derribada al suelo.

El hombrecillo que tripulaba el automóvil voló por el aire y se cayó a su vez. Fue o parar al lado de la niña Y, muy enojado, exclamó:

¡Idiota! ¿Por qué no me dejabas paso? Mira lo que ha sido de mi automóvil.

Lo siento mucho contestó ella, poniéndose en pie y sacudiéndose el polvo, pero no tenía usted ningún derecho para circular con tonta rapidez. Ni siquiera me avisó.

—¡Eres una imbécil!— exclamó aquel individuo, dispuesto, al parecer, a agredir a la niña.

Pero Carlos intervino dando un empujón a aquel sujeto y le dijo:

—¡Cállate! ¿No sabes hablar a una señorita? Lo que haces es vergonzoso y si tu automóvil ha estallado, se debe o que no sabes guiar.

Aquel hombrecillo se puso rojo de ira. Sacó del bolsillo una trompeta y la hizo sonar dos veces.

Inmediatamente acudió un tropel de individuos y se apoderaron de los dos niños.

—¡A la cárcel!— exclamó el sujeto cuyo automóvil había estallado. Y durante sesenta días tenedlos a pan y agua.

Carlos estaba muy enojado, pero nada podía hacer contra tantos, de modo que él y su hermana fueron llevados a un edificio amarillo y allí los encerraron juntos en un calabozo. Carlos golpeó en vano la puerta, por que estaba muy bien cerrada.

—Mira, Carmen— exclamó Carlos de pronto. —Vamos a comernos un caramelo de esos. Quizá ocurrirá algo que nos sea útil.

Cada uno tomó un caramelo azul y se lo llevó a la boca y antes de que se lo hubiesen comido sucedió algo raro. Empezaron a crecer y a engordar, de modo que, en breve, se convirtieron en gigantes y su cabeza casi tocaba el techo.

—Esos deben ser los caramelos para gigantes— observó Carlos muy excitado.

Dio un puntapié a la puerta del calabozo y casi la rompió, porque entonces ya tenía mucha fuerza.

—¡Quietos!— gritó una voz en el exterior. Si volvéis a golpear la puerta, os daré una paliza.

—Pues la golpearé otra vez— contestó Carlos, muy complacido. —Y, cuando salgamos, todos tendrán un susto.

Repitió los puntapiés contra la puerta y, al fin, con siguió romperla. Acudió el carcelero irritado, mas, al ver la talla gigantesca de los dos niños, se puso pálido y emprendió la fuga.

—Salgamos ahora— aconsejó el niño.

En efecto, poco después se vieron en la calle y notaron que todos huían de ellos en extremo asustados.

Siguieron andando calle abajo, atemorizando a cuantos encontraban y pronto llegaron a una encrucijada. Vieron en ella un poste indicador, en uno de cuyos brazos se leía: “Al país de los gigante”.

—¡Oh, vayamos por ahí!— dijo la niña. Como ahora ya somos gigantes, me gustará mucho ver a otros.

Tomaron aquella dirección y, después de media hora de marcha, vieron unos árboles enormes, lo cual les dio a entender que se hallaban cerca del País de los Gigantes. No tardaron en llegar a su pueblo, pero allí observaron, aterrados, que los gigantes eran mucho mayores de lo que habían supuesto. Y aunque Carlos y Carmen tenían una estatura y una corpulencia superiores a las de los niños normales, aun resultaban pequeños comparados con aquella gente.

Un gigante enorme, con ojos como platos, fue el primero en descubrirlos. Los contempló con asombro y luego, con voz de trueno, llamó a sus amigos:

—¡Eh, mirad! Aquí hay unos niños muy extraños.

No tardaron los hermanos en verse rodeados por una docena de gigantes, cosa que no les gustó. Uno de aquellos seres tocó con su índice el pecho de Carlos.

—Es de carne y hueso— exclamó con voz ensordecedora. —No es ninguna muñeca.

—¡Claro que no! ¡Y no me toque usted así!— replicó Carlos, irritado.

A los gigantes les divirtió su enojo y volvieron a darle empujones con las puntas de sus dedos, de modo que el niño quedó dolorido en varios sitios.

—Son horribles— observó Carmen casi llorando.

—¿No podríamos huir?

—¿Cómo?— replicó Carlos, ladeándose para evitar otro dedo. Ya lo sé, Carmencita. Vamos a comer otro caramelo.

Buscaron en las bolsas de papel que llevaban y aquella vez comieron un caramelo de color rojo. Un momento después disminuyeron de tamaño, y por contraste, los gigantes les parecían cada vez mayores, hasta que llegaron a adquirir las proporciones de las montañas.

—¡Aprisa! — dijo Carmen. —Corramos antes de: que nos pisen.

Vieron un agujero en el suelo y corrieron a refugiarse en él. Les pareció un obscuro túnel, pero, en realidad, era un agujero abierto por una lombriz de tierra.

Se metieron en aquel túnel y, de pronto, pudieron ver un animal que les pareció una enorme serpiente; pero, en realidad, no era más que un gusano de tierra que, con la mayor bondad, se estrechó cuanto pudo para dejarlos pasar. Ellos lo hicieron, algo asustados; luego una gran cucaracha, a la que asustaron, pisó los pies de Carmen. Aquello era terrible.

—Quisiera estar fuera de aquí— dijo Carlos. —Mira, Carmen, a lo lejos veo un puntito de luz. Sin duda, allí termina el túnel. Ven.

Siguieron andando y, por último, llegaron al descubierto, iluminado por el sol, y vieron el suelo cubierto de hierba. No había nadie por allí cerca, pero a alguna distancia pudieron ver a unos enormes animales de color parduzco.

Sin duda, son las vacas de los gigantes dijo la niña. Supongo que no nos comerán.

Las vacas, al divisar a los dos niños, se aproximaron a ellos y una bajó la cabeza para comérselos. Carlos tomó la mano de su hermana y echaron a correr seguidos por las vacas, que estaban llenas de curiosidad.

Los niños se ocultaban tras de las plantas y de pronto se fijaron en que las vacas, al pacer, dejaban intactos los cardos. Y en vista de eso resolvieron comer uno de los caramelos “Pinchos”.

En efecto, así lo hicieron y, en el acto, sus cuerpos respectivos se cubrieron de espinos. Entonces las vacos se apresuraron a dejarlos en paz y se alejaron.

Los dos hermanos dieron, de pronto, con una madriguera de conejos y asustaron mucho a los que estaban refugiados allí. Siguieron aquella galería hasta que, por último, llegaron a la salida, situada a cierta distancia. Viéronse entonces en la verde ladera de una colina y junto a un cartelón que decía: “Colina de las escobas. Los intrusos serán convertidos en caracoles”.

Muy asombrados leyeron aquel aviso, pero no tuvieron tiempo de examinarlo o su sabor, porque, de repente, oyeron un zumbido en el aire y, al levantar la mirada, vieron a un centenar de brujas que atravesaban el cielo, volando sobre sus escobas. Iban tan apiñadas, que parecían una nube negra que ocultaba el sol. Luego todas tomaron tierra en la vertiente de la colina. Como es natural, descubrieron en seguida a Carmen, rodeada de espinas como estaba. Su hermano se había ocultado en una mata, pero la niña, a causa del asombro, no pensó en tomar tal precaución.

Cuando las brujas se dirigían hacia ellos, Carlos se acercó a su hermana y le dijo al oído:

—¡Cómete un caramelo! Toma el rojo y yo veremos lo que sucede.

—¿Dónde están esos intrusos?— preguntaron las brujas. —Vamos a convertirlos en caracoles. ¿Cómo se han atrevido a venir a esa colina para enterarse de lo que hablamos?

Los dos niños, apresuradamente, se llevaron a la boca los caramelos y luego se miraron, pero, con grande asombro, no fueron capaces de verse. De momento no comprendieron lo sucedido, pero después se dieron cuenta de que los caramelos los habían vuelto invisibles.

A tientas se cogieron las manos y mientras las brujas los buscaban muy extrañados, ellos descendieron hasta el pie de la colina.

—Ya estoy cansada de esas aventuras. ¿Y tú, Carlos? Por ahora todo el mundo nos persigue. Valdrá más que volvamos o casa —dijo la niña.

—Lo malo es que no sabemos el camino— contestó su hermano mirando a su alrededor. —Tengo hambre y quisiera estar en casa, pero no sé cómo ir allá.

—Tomemos el último caramelo para ver qué sucede —aconsejó Carmen sacando la bolsa de papel. —Me parece que éstos nos devolverán a nuestra casa.

En efecto, tomaron el último caramelo y antes de que se hubiesen deshecho en su boca, pudieron verse uno a otro. Al mismo tiempo desaparecieron las espinas que los cubrían, pero no sucedió nada más.

Los dos niños permanecían inmóviles en el mismo lugar y mirando a su alrededor. Al parecer el paisaje no había sufrido ninguna transformación, pero, de pronto, la niña miró un árbol cercano y creyó reconocerlo. Luego oyó a corta distancia el paso de un carro y, súbitamente, dio un salto de sorpresa, profiriendo una exclamación.

—¡Carlos, estamos ya en casa ! Esta es la colina que vemos desde nuestro jardín. ¿Cómo habremos llegado?. —Estaban asombradísimos al notar que, en efecto, se hallaban ante su caso.

—Es extraordinario —exclamó Carlos. —Hemos vuelto después de haber pasado muchas aventuras prodigiosas. Vamos o contárselo o mamá. Quizá nos acompañará a visitar la extraña dulcería del bosque.

Aquella noche contaron a su mamá todo lo que les había ocurrido. Ella no quería creerles y al día siguiente la llevaron al bosque para mostrarle aquel pueblecito extraño y la dulcería, pero no pudieron hallar ni una cosa ni otra; únicamente encontraron multitud de madrigueras de conejos.

FIN