La tarta de Doro

Gema Gil Gutiérrez 


En un extremo del pueblecito de Pimpinela vivía la señora Ceñuda. Era como indica su nombre, la mujer de peor humor que os podáis imaginar. Los duendecillos, gnomos y elfos hacían verdaderos esfuerzos por sentir simpatía por ella, pero les costaba mucho.

Precisamente detrás de su casita empezaba el prado comunal. Era una extensión de terreno muy bonito y muy fértil. Y allí los niños de los duendecillos, gnomos y elfos iban a jugar cada día, y sus alegres gritos se oían mientras lucía el sol.

A la señora Ceñuda no le gustaban los niños. Se ponía furiosa al oír sus alegres voces y, cuando percibía sus carcajadas, fruncía de tal modo el ceño, que su frente parecía una maravillosa colección de arrugas.

—¡Malditos sean esos mocosos! —exclamaba—. ¿Por qué no se irán a jugar a otra parte?.

Siempre que alguna pelota iba rodando hasta su jardín, los niños no se atrevían a recogerla. Todos le tenían mucho miedo. En cierta ocasión, cuando Lindospiés se cayó, causándose un corte en la rodilla de la que empezó a salir mucha sangre, ni siquiera entonces quisieron ir los niños a casa de la vieja a pedir auxilio.

Un día cuando la señora Ceñuda atravesaba la puerta de su jardín para ir de compras, llegaron corriendo algunos niños duendecillos, y al volver la esquina chocaron con ella. El cesto que llevaba salió volando y el gorro fue a parar a otro lado.

Los duendecillos se asustaron y se disculparon a la vez. No tuvieron intención de chocar con ella y, por consiguiente se apresuraron a recogerle el cesto y el gorro, que le entregaron respetuosamente.

—¡Malvados, sinvergüenzas! —exclamó la vieja amenazándoles con el bastón—. Lo habéis hecho adrede. Pues bien, nunca más os permitiré pasar por delante de mi casa, y si me desobedecéis, os pegaré.

Los duendecillos no le dijeron nada, pero muy asustados regresaron a sus respectivas casas.

El único camino para llegar al prado comunal pasaba por delante de la casita de la señora Ceñuda, pero seguramente encontrarían alguna forma de seguir jugando allí.

Sus padres les aconsejaron que no hiciesen ningún caso de aquella malhumorada vieja, y además prometieron a sus hijos que le mandarían una carta para poner las cosas en su sitio.

Tripolín, el maestro de escuela, escribió la carta que decía así:

“Querida señora Ceñuda:

Si se atreve a pegar a nuestros niños, iremos a expulsarla de su casa y nunca más tendrá usted permiso para vivir aquí. Los duendecillos no chocaron intencionadamente con usted, sino que, por el contrario, lo sintieron y se disculparon. Todos los días irán a jugar al prado comunal como tienen por costumbre, y si intenta usted impedírselo, la castigaremos.”

Cuando la señora Ceñuda recibió esta carta, se estremeció de ira y de miedo a la vez. Sabía muy bien que si se atrevía a poner la mano encima a algún niño, sus padres se quejarían a la Junta y ésta la expulsaría del pueblo.

Así pues, no tuvo mas remedio que permitir, como de costumbre, el paso de los niños por delante de su casa, quienes muy satisfechos, continuaron jugando todo el día en el prado comunal. Sin embargo, la vieja estaba más ceñuda y enfurecida que nunca, y reflexionaba sin cesar acerca de cómo podría vengarse de los habitantes del pueblo.

Por fin un día se puso su manto y el gorro, tomó el palo de la escoba para cabalgar en él, porque era medio bruja, y volando fue a visitar a su antigua amiga, la tía Gruñidos. Le contó sus problemas y ésta la escuchó con la mayor atención.

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—¡Ah!—dijo su amiga—.¿De modo que necesitas mi ayuda?. Pues bien, mi querida amiga, tengo un encantamiento que es precisamente lo que te hace falta. Haré desaparecer a todos esos niños y nunca más se oirá hablar de ellos. Y lo mejor de todo, es que nadie sospechará que tengas algo que ver con el asunto.

—Dámelo —le rogó ansiosa.

—Es preciso que me des diez monedas de oro. Se trata de un encantamiento muy caro.

La señora Ceñuda dio un suspiro y abrió el bolso, dándole todo lo que tenía, que era justo las diez monedas de oro.

—¿Dónde está ese encantamiento?— preguntó.

La tía Gruñidos se dirigió a un armario y sacó de el un frasco lleno de polvos verdes.

—Aquí esta. Quienquiera que pruebe estos polvos, emprenderá el camino hacia el este, sin detenerse un solo instante, hasta llegar al palacio del mago Doro. Luego atravesará la puerta y en el acto se convertirá en un servidor del mago.

—¡Qué encantamiento tan poderoso! —dijo la vieja algo asustada—. ¿De dónde lo has sacado?.

—Doro en persona me lo dio. Como puedes suponer, a veces necesita criados y me prometió que por cada uno que obtuviese gracias a esos polvos verdes, él me entregaría un saco lleno de oro.

—Pues en tal caso, deberías regalarme esos polvos, ya que vas a recibir montones de sacos de oro gracias a mí, irán los niños por docenas al palacio del mago, para convertirse en sus criados.

—No, es preciso que me pagues, en cambio, estoy dispuesta a repartir contigo los sacos de oro que reciba. Me parece que esta condición es muy equitativa. Pero en este momento necesito diez monedas de oro para comprar una escoba encantada y poder dar algunos paseos por la noche.

La señora Ceñuda se quedó con los polvos mágicos y, montando de nuevo en su escoba, emprendió el camino de regreso a su casa. Estaba muy satisfecha del resultado de su visita. Ahora era preciso pensar como podría hacer uso de aquellos polvos mágicos.

Precisamente en aquella estación crecían en abundancia las moras, y la señora Ceñuda observó que los duendecillos y los elfos pasaban todos los días por delante de su casa con las bocas y manos manchadas. Y al recordar ese detalle palmoteó con alegría.

—Usaré esos polvos mágicos, aplicándolos a una zarza, eso es lo mejor —exclamó—. Y esta misma noche voy a hacerlo.

En cuanto oscureció, tomó un farol viejo, lo encendió y salió al prado comunal. Encontró una zarza llena de moras, y en el acto dejó la luz en el suelo.

—Primero haré que esas moras crezcan el doble de su tamaño y sean más negras —pensó—. De esta manera no hay duda que los niños las verán y se las comerán. Y en cuanto las haya hecho aumentar de tamaño, desparramaré este polvo verde por encima de la zarza, pronunciando al mismo tiempo el encantamiento apropiado. En cuanto se las coman, sus piernas les obligarán a emprender el camino del este, para ir al castillo del mago Doro, se convertirán en sus criados y nadie sabrá que ha sido de ellos. Así acabaré con esos niños malvados y escandalosos.

La señora Ceñuda empezó a danzar en torno de la zarza y entonó una canción mágica. En el acto, todas las moras adquirieron el doble de su tamaño y se pusieron muy negras y jugosas, después pronunció las palabras del encantamiento y espolvoreó toda la zarza con los polvos verdes, hasta que cada una de las moras hubo recibido por los menos, una mota. En cuanto estuvo vacío el frasco, se lo metió en el bolsillo, tomó el farol y, muy satisfecha, se volvió a su casa.

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A la mañana siguiente se acercó a su ventana para ver pasar a los pequeñuelos. El día era magnífico, de modo que ni uno solo se había quedado en su casa.

—¡Vamos a coger moras! —gritaban los niños al pasar, en tanto que la vieja se frotaba las manos satisfecha.

Aquel día soleado había muchas moras maduras, de modo que los niños se dieron un atracón con ellas. Por último llegaron ante la mata donde la señora Ceñuda había realizado todas aquellas maniobras.

—¡Oh! —exclamó un duendecillo—. Mirad, nunca había visto unas moras tan estupendas como estas.

—¡Caramba, tienen doble tamaño que las demás!. Vamos a comérnoslas.

—Esperad un momento —replicó un elfo de elevada estatura, que se acercó corriendo. No nos las comamos. Mi madre prometió hacer una tarta para el anciano vendedor de globos, que está enfermo, y me encargó que cogiese las moras más grandes que pudiera encontrar. Vamos a coger éstas para el hombre de los globos. ¿No os parece bien?.

—¡Si si! —contestaron los bondadosos niños —. No nos comeremos ni una sola. Así podrán hacer una tarta magnífica para el pobre y anciano vendedor de globos.

Así pues, cogieron con el mayor cuidado cada una de las moras y las pusieron en un cesto. Como ya era la hora de comer, muy contentos emprendieron el regreso al pueblo.

La señora Ceñuda los vio pasar corriendo por delante de su casa y se quedó muy sorprendida y disgustada, porque había tenido la esperanza de que ni uno solo de aquellos chiquillos volvería a pasar por allí, sino que estarían ya de viaje hacia el este y en dirección al palacio de Doro.

—Es posible que no hayan encontrado la mata, —pensó —. Voy a verlo.

Salió pues de la casa y al ver que en la mata no había una sola mora, se quedó asombradísima.

—¡Oh! —exclamó —. Esa malvada tía Gruñidos me vendió unos polvos que no servían para nada. Esta misma noche iré a verla, para que me devuelva las diez monedas de oro.

Mientras tanto, ¿que fue de las moras?. El elfo de elevada estatura se las dio a su madre, quien inmediatamente, empezó a preparar una tarta de moras para en anciano vendedor de globos. Y en cuanto la hubo terminado, envió al elfo a su casa.

—¡Aquí os traigo una tarta de moras! –Gritó el elfo—, pasándola a través de la ventana.

El vendedor de globos estaba en la cama y semidormido. Abrió los ojos e inclinó la cabeza, como para afirmar, y luego volvió a quedarse profundamente dormido, sin ver lo que el elfo había dejado en el antepecho de la ventana. Y al despertar, vio la tarta y se quedó asombradísimo.

—¡Dios mío! –exclamó—. ¡Qué lástima!. El médico me ha dicho que durante esta semana no podré comer pasteles ni tartas, de modo que ni siquiera me será posible probar esta. Y no me atrevo a devolverla, para que no se ofendan mis amigos. ¿Qué haré con ella?.

Reflexionó unos instantes y de pronto oyó una llamada en su puerta. Era el pequeño Tiptap, criado de la señora Colina. Tiptap llevaba unas naranjas al vendedor de globos.

—Muchísimas gracias— dijo el anciano—. Mira, Tiptap, podrías llevarte esa tarta para regalársela a la señora Colina, porque yo todavía no puedo comer nada de eso y sería una lástima que se estropease.

Triptap se llevó la tarta y se la entregó a su ama, pero esta se quedó anonadada al verla.

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—¡Qué lástima Triptap! –dijo—. Precisamente he acabado de hacer la hornada y tengo en el horno cuatro tartas que se están cociendo. Por consiguiente, no sabría que hacer con esta. ¿Qué me aconsejas?.

—¿Y si la mandáis a la tía Sabela, que tiene tantos niños? –preguntó Triptap —. Estoy seguro que se pondrán muy contentos.

¡Oh si! –Contestó muy satisfecha la señora Colina —.Mira Triptap, haz el favor de llevársela enseguida.

Triptap llevó pues, la tarta a casa de la tía Sabela, que estaba muy cerca de la casita de la señora Ceñuda. Y la bondadosa tía Sabela, había tratado muchas veces, de hacer favores a la malhumorada vieja.

—Buenos días –dijo Triptap—. Aquí os traigo una tarta de parte de la señora Colina.

—¡Oh, muchas gracias!, cuanto van a disfrutar mis pobres niños.

—¡Oh!,— exclamaron éstos, al ver la enorme tarta. ¡Deja que nos la comamos ahora mismo mamá!.

—La llevaremos al jardín y nos la comeremos allí –dijo la tía Sabela —. Hace un día magnífico y en la cocina hace mucho calor.

Toda la familia se dirigió al jardín, y cada uno de ellos llevaba un plato y una cuchara. En el momento que la tía Sabela hincó su cuchillo en la tarta, descubrió a la señora Ceñuda en pie y a la puerta del jardín, y el bondadoso corazón de la tía Sabela le aconsejó la conveniencia de mandarle un buen pedazo de esa hermosa tarta.

—Pitusín –dijo al mayor de los chicos—. Ve en busca de la mejor fuente que tenemos y mandaremos un pedazo de esta tarta a la pobre señora Ceñuda, porque estoy segura que tiene cara de hambre.

Pitusín fue en busca de la mejor fuente que había en la casa y además tomó la única cuchara de plata de que disponían. Su madre cortó un buen pedazo de la tarta de Doro, y lo puso en la fuente. La corteza de aquella tarta tenía un aspecto seductor, y las enormes moras habían formado un jugo de color morado que se extendía sobre la tarta y aun se derramó por la fuente.

—Ve a entregárselo a la señora Ceñuda –le dijo su madre a Pitusín.

El niño obedeció, y con el mayor cuidado atravesó la calle.

—Buenos días, señora Ceñuda –dijo cortésmente—. Mamá le manda a usted un pedazo de nuestra tarta, con la esperanza de que le guste.

En realidad, la señora Ceñuda tenía mucha hambre, porque no tenía ni un céntimo para comprar provisiones. En todo el día no había comido nada, pues ya sabemos que dio todo su dinero a la tía Gruñidos, en pago de los polvos mágicos. Así pues, recibió muy satisfecha aquel regalo, y por una vez en su vida, dio las gracias con la mayor cortesía. En cuanto cerró la puerta se la comió con mucha hambre.

¡Oh, que buena era aquella tarta, que sabor tan exquisito!. La señora Ceñuda estaba contentísima de que la tía Sabela le hubiese mandado una porción tan grande.

La tía Sabela estaba también muy contenta de que la señora Ceñuda hubiese aceptado el regalo. Cortó el resto de la tarta y en cada uno de los platos de sus hijos puso un pedazo.

—Nadie debe empezar a comer, hasta que estéis servidos todos –dijo la tía Sabela a sus hijos.

Todos esperaron con paciencia, pero cuando el más pequeñito acababa de recibir su porción, ocurrió una cosa muy rara. Desde el otro lado de la calle oyeron una exclamación de angustia.

La tía Sabela y los niños levantaron la mirada, y vieron que la señora Ceñuda se agarraba con toda su fuerza al marco de la puerta, en tanto que sus piernas parecían dispuestas a echar a correr.

—¿Qué pasa, que pasa?— exclamaron la tía Sabela y sus hijos.

Y abandonando sus respectivos trozos de tarta, acudieron a socorrer a la señora Ceñuda.

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—¡Es esa horrible tarta! –exclamó la vieja rabiosa—. Son la moras de Doro, que las ha puesto en una tarta, y yo me la he comido, ¡me la he comido, desdichada de mi!. Ahora no tendré mas remedio que ir al palacio de Doro, para ser su criada. Allá me llevan mis piernas, ¡desgraciada de mi!.

Por fin tuvo que soltar el marco de la puerta, y antes que la tía Sabela pudiera impedírselo, la vieja desapareció, corriendo calle abajo. En dirección al este, y no tardó en perderse de vista.

—¡Caramba! –dijo la tía Sabela, que estaba muy bien enterada del encantamiento de Doro y adivinó también el mal que quiso causar aquella vieja. ¡Caramba, que mujer tan mala!. Sin duda embrujó toda la mata de moras, con el propósito de que los niños que se las comieran, fuesen a ser los criados del mago Doro. Pero los niños debieron de llevárselas a casa, para hacer una tarta que, de un modo u otro, ha venido a parar a nuestra casa.

—Y nosotros le dimos un pedazo a la señora Ceñuda, de modo que ella es la única que ha comido de esa tarta –exclamaron los niños—. Ha sido cogida en sus propias redes.

—¡De buena nos hemos librado! –Exclamó la tía Sabela—. De todos modos, es seguro que el pueblo será mucho más agradable sin la señora Ceñuda. Ahora vamos a tirar los pedazos de esa tarta, antes que ocurra una desgracia.

Así pues, tiraron a la basura los pedazos de la tarta y, aquella noche, un ejército de ratas los encontraron y no dejaron ni una sola miga. E inmediatamente salieron disparadas en dirección al palacio de Doro, porque el encantamiento era tan poderoso en ellas como en una persona. Ya podéis imaginar cuan disgustado se quedó el mago al ver que, en plena noche, su dormitorio se llenaba de ratas.

En cuanto a la señora Ceñuda, nunca mas nadie se preocupó por ella, ni tampoco nadie tuvo nunca que sufrir por su causa. Trabajaba desde la mañana a la noche para el mago, quien se reía hasta saltársele las lágrimas al pensar que ella había caído en su propia trampa. También quedó muy contenta la tía Gruñidos, porque Doro le envió un saco de monedas de oro y no tuvo que compartirlas con nadie. Así, la única persona desgraciada era la señora Ceñuda, pero como veréis lo tenía muy merecido.
FIN

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