La princesa y el duendecillo

Gema Gil Gutiérrez 


La princesa y el duendecillo

Una vez había un duendecillo muy listo, llamado Budín. Poseía seiscientos libros de magia y conocía más fórmulas de encantamientos que nadie, pero andaba buscando uno muy difícil, que no podía encontrar.

—¿Cómo podría rejuvenecer a la gente?— se preguntaba—.¿De qué manera lograría que volviesen a brillar los ojos viejos y se enderezasen los miembros ya encorvados por la edad?. Si lo supiese, me haría rico.

Leía sin cesar sus libros de magia y luego interrogaba a todos los brujos y encantadores, pero nadie podía indicarle lo que buscaba.

Un día decidió probar un encantamiento. Preparó seis violetas, cogidas a la salida del sol, cuatro pelos de la cola de un cordero, cogió al vuelo la sonrisa de un niño de un mes, tomó el pelo del bigote de un gatito y otras muchas cosas raras con las que realizó su propósito de la manera que os vamos a contar.

Las mezcló en un pote azul y encendió una hoguera en la falda de la colina. Y todas la mañanas, al apuntar el día, agitaba la mezcla siete veces y pronunciaba unas palabras mágicas, que no podemos repetir.

Finalmente, cuando el brebaje estuvo preparado, dio unas gotas a su viejo gato negro. Ya te podrás imaginar su alegría al notar que el viejo animal empezaba a juguetear como si tuviese dos meses de edad.

—¡Ya he encontrado lo que buscaba! —exclamó el duendecillo—. Ahora me haré rico.

Pasó los días siguientes anotando los detalles de su descubrimiento, pero al tercer día pudo observar que el gato estaba tan viejo como antes y aun más triste y desalentado.

—Al parecer, falta algo en ese brebaje —pensó Budín.— me habré olvidado de un ingrediente importante. ¿Qué será?

Se sumió en sus reflexiones, indagó en varios libros y, al fin, descubrió que si todos los días y durante un mes, mezclaba a su composición un dorado cabello de una princesa de diecisiete años, lograría su objetivo.

Enseguida comprendió Budín la dificultad de obtener los treinta cabellos dorados y cuan difícil sería además que se los diese una princesa.

Sin embargo, decidió probar. Llamó a Pipo, su criado, y le ordenó que se pusiera unas alas de murciélago para ir a visitar a todas las princesas del mundo, en busca de una que tuviera diecisiete años y el cabello dorado.

—Menos mal que podemos escoger entre tres.

—No es así, amo mío —. Declaró Pipo—. Porque una de las princesa cumplirá mañana dieciocho años, y otra se va a teñir el cabello de negro, para complacer al rey con quien va a casarse.

—¿Y la tercera? —preguntó Budín desalentado.

—Tiene diecisiete años y el cabello rubio como el oro. Pero nunca lograréis, señor, el permiso del Rey para que su hija os de los treinta cabellos de oro. Ese monarca no permite que en su reino haya un solo duendecillo.

Budín se quedó muy preocupado. Comprendió la imposibilidad de pedir permiso al Rey, y además había otra circunstancia que él no comunicó a Pipo. La princesa cuyos cabellos utilizase, perdería su belleza al final del mes y se convertiría en una anciana.

Pero el duendecillo no renunció a sus planes. De un modo u otro se proponía lograr aquellos cabellos. Permaneció despierto toda la noche y, al llegar la mañana, había tomado una resolución.

Raptaría a la princesa para llevársela a su cueva. Allí, cada mañana, le arrancaría un cabello y podría completar su brebaje encantado.

De acuerdo con este plan emprendió la marcha envuelto en una capa que le hacía invisible. Solamente los animales podían verle y éstos retrocedían asustados ante su paso.


Al mediodía llegó al palacio de la princesa Dorada. Estaba sola en su cuarto, ensartando unas perlas que se proponía llevar aquella noche. Budín sin ser visto, penetró en la estancia y cubrió a la princesa con su capa, con la que la joven se hizo invisible. Pero como empezó a gritar, sus doncellas acudieron corriendo. Pero aunque las criadas miraban en todas direcciones, no pudieron ver cosa alguna.

Budín salió presuroso con la princesa y entonces fueron los criados quienes se quedaron muy asombrados al oír la voz de su ama, a la que les era imposible ver.

—¡Me rapta un duendecillo horrible, venid a salvarme! —gritaba Dorada.

El Rey salió presuroso al oír la voz de su hija, y los soldados corrieron de un lado a otro, pero nadie podía hacer cosa alguna, porque tanto la princesa como su raptor eran invisibles.

Cuatro horas después la princesa se hallaba ya en la cueva de Budín. Éste hizo rodar una gran piedra, para tapiar la entrada.

—Ya la tengo —dijo Budín a Pipo—. En adelante tú te encargarás de ella y de impedir que huya. Todas las mañanas le quitaré un cabello dorado y así, dentro de un mes, quedará listo el maravilloso brebaje.

La princesa Dorada se vio, pues, encerrada en una cámara enrejada, que solo tenía una cama y una silla. Estaba asustada y triste, y sentía un intenso odio por el duendecillo. Sin embargo, vencida por la fatiga, se durmió hasta el amanecer del día siguiente.

En cuanto hubo abierto los ojos, se presentó el duendecillo.

—Dame un cabello de tu cabeza— le dijo.

—No quiero—contestó Dorada—. No te daré ni uno. ¿Cómo te has atrevido a raptarme de mi palacio?. Cuando lo sepa mi padre, vendrá a salvarme y te castigará.

Budín le arrancó un cabello y luego le dijo:

—Ya lo tengo. Durante un mes vendré todas las mañanas a buscar un cabello y dentro de treinta días perderás tu juventud y tu belleza. Ese será tu castigo por la grosería con que me tratas.

La princesa, como respuesta, le dio un fuerte bofetón, con lo que Budín se irritó mucho. Sintió deseos de darle una buena zurra a la princesa, pero no quiso entretenerse para no perder el momento del amanecer.

La princesa se echó a llorar y luego quiso abrir la puerta, pero estaba muy bien cerrada. La golpeó, aunque en vano, pero, por fin, oyó que descorrían los cerrojos y vio aparecer a Pipo.

Éste al observar las lágrimas en el rostro de la hermosa princesa le dijo:

—No lloréis, princesa Dorada. Solo habréis de permanecer un mes aquí. No os ocurrirá nada malo y luego os llevaremos sana y salva a vuestro palacio.

—Te engañas —replicó la princesa—. Ese horrible duendecillo me ha dicho que, al terminar el mes, perderé mi juventud y mi belleza.

El buen Pipo, al oír aquellas palabras, se quedó aterrado. Nunca había visto a una jovencita tan hermosa como la princesa y no tuvo fuerzas para pensar siquiera en que pudiese volverse fea, vieja y sobre todo, ser desdichada.

La joven notó la triste expresión de su semblante y acariciándole el rostro con su manita, rogó:

—¡Oh, hazme un favor, ayúdame a huir!. Tienes cara de bueno. Y yo soy muy desgraciada.

Pipo se estremeció de placer al sentir la caricia de la princesa, porque hasta ese momento nadie le había tratado con bondad y cariño. Budín nunca se portó bien con él, de modo que Pipo, muchas veces se había sentido invadido por la tristeza.


—Con gusto os ayudaría, princesa —dijo en voz baja.— pero temo a mi amo. Si llega a sospechar que quiero ayudaros, me convertirá en sapo y me encerrará durante cien años en el tronco de un árbol. Es muy capaz de eso.

—¿Y no podrías encontrar a nadie que no tuviera miedo de tu amo y me salvara?. ¡Oh buen Pipo!. Ve a comunicar a alguien en qué lugar me encuentro.

—Bueno —dijo Pipo temblando por anticipado al pensar en la cólera de su amo.— Esta noche, cuando budín este dormido, saldré.

En efecto, aquella misma noche, cuando el duendecillo estaba roncando en su cama, Pipo salió de la casa. No sabía a donde ir, ni a quién dirigirse, desde luego, pero el recuerdo de la princesa le animaba. Tenía poco tiempo, porque pronto amanecería y a esa hora Budín se levantaba.

Por fin el criado llegó a una casita en la que vivía un anciano, su mujer y su hijo, que aun era muy joven.

Pipo llamó suavemente. El anciano mandó a su hijo a que averiguase quien llamaba. El joven se asombró mucho al ver a un enanito al pie de la ventana.

—¿Qué quieres?—le preguntó.

—Traigo un mensaje de la princesa Dorada—murmuró Pipo, temeroso de que lo oyesen los animalitos que hubiera a su alrededor y luego se lo contaran a su amo.

—Esta encerrada en una de las cuevas de Budín, y todos los días, durante un mes, le quitará un cabello de oro, para hacer uno de sus encantamientos. Y, al final, la pobrecita habrá perdido su belleza y su juventud, de modo que es preciso rescatarla inmediatamente.

El muchacho escuchó, muy sorprendido, lo que le decían. Entonces extendió la mano y agarró a Pipo por el hombro. Lo hizo pasar por la ventana y lo examinó a la luz de una lámpara.

—¿Y porqué no le salvas tú mismo? —preguntó.

—No me atrevo, porque mi amo es demasiado poderoso. Pero ahora soltadme, porque si al amanecer Budín ve que no estoy, me castigará.

El muchacho no le quiso dejar en libertad, sino que le hizo una pregunta tras otra, hasta que Pipo empezó a temblar por miedo a ser descubierto.

Finalmente, convencido por sus explicaciones, el muchacho le hizo bajar de nuevo por la ventana y Pipo echó a correr.

Por desgracia, en cuando llegó a casa de su amo, vio que éste salía de la cueva. Inmediatamente Budín comprendió que le había traicionado; se arrojó contra él, y en un abrir y cerrar de ojos, lo convirtió en sapo, encerrándole en el tronco de un árbol, para que permaneciera allí durante cien años. Después se dirigió donde estaba la princesa encerrada, le arrancó otro de sus cabellos, y le dijo lo que acababa de hacer con Pipo.

—Tú tienes la culpa —añadió.— Y no esperes ser salvada, porque ante la puerta he trazado un círculo mágico, de modo que quien lo atraviese, se convertirá en humo.

Abandonando luego a la asustada princesa, se encaminó al pie de la colina para continuar con la preparación de su brebaje mágico.

Por fortuna, el muchacho que conociera Pipo era muy listo, y quiso convencerse de que aquello era cierto. Siguió a Pipo en su camino de regreso y, horrorizado, presenció su transformación en sapo.

Inmediatamente, el muchacho resolvió salvar a la princesa. Echó a andar hasta que llegó a un gran edificio, en el que vivía el Canciller del Rey. El muchacho se presentó a él y le relató la historia que le había contado el pobre Pipo, mas lo que había visto.

El Canciller le prometió que iría a visitar al soberano y en caso de que, en efecto, hubiese desaparecido la princesa de algún palacio real, le otorgaría una recompensa.


Apenas el Canciller había referido al Rey lo sucedido, se presentó un correo del vecino Estado, con un mensaje de su monarca, en el cual se daba cuenta del rapto de la princesa Dorada. Y su padre suplicaba que se hiciese lo posible para averiguar el paradero de la joven.

El hijo del Rey, el príncipe Alegre, estuvo presente en toda esa conversación. Era un muchacho guapo, valeroso y atrevido. Además estaba enamorado de la princesa Dorada y en cuanto supo que el duendecillo la había raptado, expresó su deseo de ir a salvarla.

En vano fue que su padre le aconsejara desistir de tal empeño, ante el peligro de verse transformado en algún bicho inmundo, porque el príncipe no le hizo ningún caso. Salió corriendo de la estancia, montó a caballo y se dirigió a casa del muchacho que avisó al Canciller.

Cuando se informó de donde vivía el duendecillo, pidió que nadie le acompañara. Después de examinar el paraje, decidió salvar a la joven valiéndose de la astucia.

Después de reflexionar un rato, volvió en busca del muchacho y le dijo:

—Lo mejor será excavar a través de la colina por el lado opuesto a la entrada de la cueva. Ahora que también me convendría hallar el medio de que el duendecillo no sospechara nada.

—Se me ocurre una buena idea, Alteza —dijo el muchacho.— Como ahora el duendecillo no tiene ningún criado, iré a ofrecerle mis servicios. De este modo me enteraré del paradero de la princesa y, además engañaré al encantador para que no fije ni un momento su mirada en la entrada de la cueva.

El príncipe le felicitó por su buena idea y luego convinieron en reunirse por la noche.

Aquel valeroso muchacho no halló obstáculo en que el duendecillo le tomara a su servicio. Después de explicarle sus obligaciones, Budín le ordenó vigilar muy bien la posible llegada de algún desconocido.

El aliado del príncipe sonrió para sí, decidido a dar a su amo numerosas y falsas alarmas, para que no pensara en otra cosa sino en vigilar el terreno que había delante de la cueva.

En efecto durante aquel día le comunicó con frecuencia sus infundados temores, de modo que consiguió que el duendecillo terminara por estar alarmadísimo.

En cuanto llegó la noche, el nuevo criado salió para hablar con el príncipe y comunicarle, también donde se hallaba la princesa.

El príncipe pasó la noche entera excavando con todo su vigor. Al amanecer se entregó al descanso, pero a la noche siguiente continuó con su tarea, de manera que en breve hubo practicado un túnel muy largo y creyó que ya se hallaba a muy corta distancia de la cueva.

Pero por desgracia, ocurrió un accidente, del techo de la cueva cayó sobre él un grueso trozo de piedra y el pobre príncipe quedó tendido en el suelo inconsciente. Por suerte, el muchacho que le ayudaba, le encontró allí, y yendo al encuentro del dueño de una casa cercana, lo hizo trasladar para que lo cuidasen.

Tres semanas tardó el príncipe en restablecerse. Un día acudió el criado del duendecillo a fin de manifestarle que ya solo faltaban dos días para que terminase el mes del encierro de la princesa.

Alegre no quiso reponerse mas y si reanudar su trabajo.

—Bien, llegaré a tiempo —decía el príncipe, muy animado.

Y en efecto, sin perder un instante, fue a reanudar su tarea. A la mañana siguiente comprendió que había alcanzado ya su objetivo, pues pudo oír la voz del duendecillo que decía:

—Solo falta un día, princesa para terminar mi brebaje.

Oyó como ella se echaba a llorar y le invadió la cólera. Sin embargo supo contenerse. Y en cuanto el duendecillo se hubo alejado, prosiguió furioso con su trabajo, para terminarlo cuanto antes.

Durante aquel día y toda la noche siguiente, la princesa estuvo percibiendo un ruido que le causaba cierta alarma. De pronto, en la pared de la cueva, apareció un agujero y por él entró el príncipe.


—¡Dorada!, ¡pobrecilla princesa!. Soy el príncipe Alegre y he venido a salvaros.

—¡Ya no es posible! —exclamó la joven.— el duendecillo esta a punto de llegar.

En efecto, apenas la joven hubo pronunciado estas palabras, entró Budín. El príncipe, al verle, se arrojó contra él, espada en mano y exclamando:

—¡Ya te tengo, maldito duendecillo!.

Y le puso la espada en el cuello.

Budín dio un grito de terror y cayó de rodillas, pidiendo perdón.

—¡Vas a morir! —declaró el príncipe en tono severo.

—¡Oh, espera un poco! —exclamó la princesa, recordando de pronto a Pipo convertido en sapo—. Ordénale que devuelva su forma al pobre Pipo.

Sin dejar de amenazarle con la espada, Alegre transmitió aquella orden al duendecillo que, en efecto, se apresuró a cumplirla, de manera que en unos segundos, Pipo se arrodilló a los pies del príncipe, para besárselos.

—Ahora vas a recibir tu castigo —exclamó Alegre.

Levantó la espada, pero cuando se disponía a herirle, todos escucharon un estallido y Budín desapareció por completo.

—Ya no le veremos mas —dijo Pipo muy satisfecho—. Tenía un encantamiento para destruirse. Ahora podremos ser todos felices.

Los cuatro emprendieron el camino hacia el palacio del Rey. El muchacho que había contribuido a salvar a la princesa, fue armado caballero por el monarca y Pipo se convirtió en el criado de confianza del príncipe, cosa que le proporcionó una inmensa satisfacción. En cuanto al príncipe y la princesa, ya podéis suponer que se casaron y fueron muy felices.

FIN


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