La cometa encantada

Gema Gil Gutiérrez 


La cometa encantada

En un pueblecito situado a corta distancia del país de las hadas, vivía una comunidad de duendecillos, muy limpios, bondadosos y amigos de favorecerse mutuamente, de modo que eran muy felices. Ninguno de ellos pronunciaba jamás una palabra de enojo, ni tampoco nadie fruncía el ceño o contestaba de mala manera.

Cierto día un geniecillo, llamado Cusquín, fue al pueblo para vivir en él. Pronto se vio que era un individuo desagradable. En primer lugar, era demasiado versado en la magia y cuando alguien no se apresuraba a hacer lo que él pedía, murmuraba algunas fórmulas de encantamiento y entonces a los desdichados les ocurrían cosas muy molestas.

En una ocasión la anciana vendedora de mantequilla no quiso dársela al precio que Cusquín le ofreció y entonces éste para vengarse, pronunció una fórmula mágica, en virtud de la cual la pobre mujer se vio obligada a mirar ceñuda a todo el mundo. Para evitar aquella desagradable necesidad, consistió en vender la mantequilla al precio que deseaba Cusquín, pero él se marchó sonriendo, sin levantar el encantamiento. Otra vez el señor Tipín no le quiso prestar su escoba, porque ya se la había prometido a otra persona. Cusquín murmuró unas palabras mágicas y el pobre señor Tipín se vio dotado de una voz antipática e insultante, que solo le sirvió para hacerse muchos enemigos.

Como se comprende, todos aquellos a quienes se dirigía con su voz seca y autoritaria, le contestaban en igual tono, y por primera vez, se conocieron las disputas en el pueblo, antes tan tranquilo. La vendedora de mantequilla estaba ceñuda todo el día, y cuantos la veían la miraban de igual modo, cosa que originaba multitud de disputas y peleas.

Por todas esas razones, los duendecillos empezaron a sentirse desgraciados.

Entonces el Alcalde del pueblo creyó que había llegado la ocasión de hacer algo. Así que se dirigió a la montaña azulada que existía al este del pueblo, con objeto de visitar la extraña casa que había en la cumbre.

Aquella casa se había construido al revés, de modo que apoyaba en el suelo el tejado y las chimeneas, y los escalones de la puerta se hallaban en la parte mas elevada. Todo era muy raro, pero fue preciso construir la casa así, porque el mago que la ocupaba, siempre andaba con los pies en alto y la cabeza abajo, a causa de un encantamiento que le salió mal, y naturalmente la vivienda tenía que estar de acuerdo con su situación.

El Alcalde llamó al mago, porque nadie podía entrar en una casa como aquella. El mago salió amablemente a la puerta y se sentó en los escalones que ocupaban la parte superior de la casa. Al alcalde le pareció el colmo de la habilidad el hecho de que no se cayera.

—Buenos días señor mago, ¿cómo esta usted?.

—Muy bien, muchas gracias.

—¿Y cómo esta su hermana, la bruja de la luna? —preguntó cortésmente el Alcalde.

El mago se ponía muy contento cuando le preguntaban por su hermana, porque realmente la quería mucho.

—Esta mañana he recibido carta suya. El geniecillo que tuvo a su servicio por espacio de cien años se ha casado y ella me dice que anda buscando otro. Supongo que no conocerá usted a ninguno que quiera ir allá.

El Alcalde enderezó sus puntiagudas orejitas, pues en el acto pensó en Cusquín. ¡Si pudiese engañarle para que fuera a la luna.

—No sé —dijo—. En nuestro pueblo hay un geniecillo llamado Cusquín. Quizá quiera ir.

—Bueno, dígale que cualquier día de la semana que viene será bueno para hacer el viaje.


—Pero ¿cómo podría llegar al Palacio de la bruja de la luna? —preguntó el Alcalde con el mayor interés.

—¡Oh, le daré mi cometa lunar!. Penetró en la casa y salió enseguida llevando consigo una cometa verde, de tono muy brillante, en la que se veía pintada una cara sonriente. El rabo de la cometa era muy largo y estaba compuesto de plumas amarillas y verdes. Arrojó la cometa al Alcalde de los duendecillos y le dijo:

—Tenga usted mucho cuidado con el cordel. En cuanto lo agarra alguien con las manos desnudas, la cometa se apodera de él y lo transporta a la luna.

—Muchas gracias —contestó el alcalde, en extremo satisfecho.

Le dio luego los buenos días y se volvió al pueblo. Convocó una reunión secreta con los duendecillos, y acordaron un plan. Dos días después, la tiendecita de juguetes del pueblo estaba llena de cometas. No eran tan grandes ni tan bonitas como la verde del mago, que estaba colgada del techo de la tienda, de manera que su rabo llegaba hasta el suelo.

Todos los duendecillos fueron a comprar cometas, aunque ninguno, como podéis adivinar, preguntó por la del mago. Luego el alcalde hizo fijar un cartel en el prado del pueblo. Decía así:

Gran concurso de cometas, el jueves por la tarde.

Venga y gane el premio con su cometa.

Ya se comprende que ésta era una parte del plan convenido entre los duendecillos. Cusquín no sospechaba cosa alguna, y al leer el cartel decidió tomar parte en el concurso de cometas para ver si conseguía el premio. Era muy hábil en muchos ejercicios y sonrió al pensar en el disgusto que tendrían los duendecillos si él salía vencedor.

Se encaminó a la tienda de juguetes y examinó todas las cometas que estaban en venta.

—No me gustan ninguna de esas —dijo con rudeza—. ¿No tiene usted ninguna mejor?.

—¡Oh!, —replicó la dueña del establecimiento—. Tengo una magnífica señor Cusquín, pero la guardaba para el señor Alcalde. Además es cara.

En cuanto Cusquín se enteró que la hermosa cometa estaba reservada al Alcalde, decidió adquirirla. ¡Qué disgusto tendría el Alcalde!. Sin embargo, no estaba dispuesto a pagar un precio elevado. ¡De ninguna manera!.

—Le doy a usted diez euros por esa cometa.

—¡No puede ser! —contestó ella—. Ya le he dicho que es una cometa cara.

—Démela por diez euros, pues, de lo contrario, le voy a lanzar una maldición y cuando quiera hablar empezará a gruñir, sin poder remediarlo.

La dueña del establecimiento se apresuró a descolgar la cometa para entregársela a Cusquín, quien salió llevándosela muy satisfecho. El jueves por la tarde se encaminó como los demás a la colina, en donde ya se elevaban las cometas, y muy orgulloso, mostró la suya a los duendecillos.

Con gran sorpresa por su parte, no pudo advertir que el Alcalde estuviese disgustado al verse sin la cometa que le estaba destinada. Eso le dio que pensar, pues se dijo que quizá hubiese algo raro en aquella cometa, de manera que, para colmo de precauciones, decidió hacerla probar al Alcalde.

Pero éste se había preparado ya para aquella posibilidad, pues llevaba puestos un par de guantes, a fin de no tocar el cordel con las manos descubiertas. Tomó pues la cometa de Cusquín, desenrolló una parte del cordel y luego llamó a un duendecillo que estaba cerca, para que arrojase la cometa al aire en cuanto soplara una racha de viento. Poco tardó en subir la cometa, que resultaba magnífica vista desde abajo, hasta que, alcanzando mayor altura, apenas de hizo visible.


Cusquín agarró con rudeza el cordel de la cometa. Quería hacerla volar él solo, pues ya se había convencido de que no había ningún peligro.

—Veo que llevas guantes —exclamó en tono burlón dirigiéndose al Alcalde—. ¡Pobre duendecillo, tiene miedo de lastimarse las delicadas manos!.

El Alcalde sonrió. El geniecillo se apoderó del cordel y lo soltaba lentamente, a medida que la cometa alcanzaba mayor altura. Pronto se agotaría la provisión de cordel, y entonces, ¿qué le sucedería al burlón geniecillo?.

Todos los duendecillos recogieron sus respectivas cometas y se dispusieron a observar. Cusquín se figuró que querían admirarle y empezó a ponerse chulo. De pronto se terminó el cordel y el geniecillo lo retuvo con fuerza, o mejor dicho, fue el cordel que lo sujetó a él.

En cuanto llegó este momento, la cometa no dejó de ascender, sino todo lo contrario, pues ejerció una fuerza tal contra el geniecillo, que éste se vio levantado en el aire. Quiso soltar el cordel, mas por mucho que se esforzó no pudo conseguirlo. El encanto mágico de la cometa se había apoderado de él. Salió pues disparado por el aire, sin dejar de pedir socorro, pero nadie se prestó a ayudarle, porque todos estaban muy satisfechos de ver como se alejaba Cusquín.

—Vas ahora al Palacio de la bruja de la luna, para ser su esclavo. Se bueno y trabaja bien, porque de lo contrario, te verás transformado en una araña.

Cusquín profirió un grito de rabia al ver que, a pesar de todo, le habían engañado. Pero de nada le sirvió. No tuvo mas remedio sino continuar su viaje a luna, y muy pronto no fue más que un puntito en el cielo.

—Ya se ha ido —exclamó el Alcalde, muy alegre—. Que suerte tuvimos con la ayuda del mago. Ahora es posible que todos los maleficios que ese tuno puso sobre nosotros desaparezcan dentro de breve tiempo y podamos volver a ser felices de nuevo.

En efecto, pocos días después desaparecieron aquellos maleficios y en el pueblo volvió a reinar la paz y la alegría. En cuanto a Cusquín, Dios sabe como le va a las órdenes de la bruja de la luna. A mi no me importa gran cosa. ¿Y a vosotros?.

FIN


Más cuentos para leer