La apuesta del conejo

Gema Gil Gutiérrez 


El zorro y el conejo eran amigos en cierto modo; estaban sentados a la puerta de la casita del conejo, y mientras tanto charlaban entre sí.

–Mira – dijo el conejo señalando el camino –. Ahí viene el viejo oso. Es monstruoso. Estoy seguro que es mucho más fuerte que tú, amigo zorro.

–Claro que sí. Es mucho más fuerte que cualquiera de nosotros. Incluso aventaja al lobo.

–Estás equivocado –contestó el conejo–. El lobo es mucho más vigoroso que el oso, no tienes ni idea de cuanta es su fuerza.

–Pues mira, también se acerca el lobo –observó el zorro–. Ve a preguntarle si quiere jugar a la cuerda con el oso, y así veremos cual de los dos tiene mas fuerza.

El conejo se metió en su casa, sacó una fuerte cuerda y salió de nuevo por la puerta delantera.

–¡Eh!, –gritó al lobo y al oso–. ¿Queréis venir un momento?.

–¿Para qué? –gruñó el oso que parecía estar malhumorado.

–Deseamos que usted y el lobo luchen a la cuerda, para saber cual de los dos es mas fuerte –dijo el conejo, mostrándoles la soga que sostenía.

–¡Mil estrellas! –exclamó el oso, con acento de rabia–. ¿No sabes que no me trato con el lobo?. ¿Te figuras que voy a interrumpir mi paseo matutino para luchar a la cuerda, a fin de complacerte?.

El lobo no dijo nada. Se limitó a enseñar los dientes al conejo, quien echó a correr, metiéndose en su madriguera con la velocidad de un rayo. No tenía ningún deseo de discutir con el lobo.

El zorro se echó a reír. Siguió al conejo hasta el interior de la casa y le dio un golpe en las costillas.

–¡Ja ja ja! –se reía–. Nunca te he visto correr como hoy, amigo conejo. Sabía que no conseguirías hacer luchar a esos dos. Lo que pasa es que te imaginas ser mas listo de lo que eres. Te figuras que todo el mundo hará lo que tú pidas. ¡Ja ja ja!. Eres un conejo imbécil.

–¡Cállate! –le contestó el conejo enojado–. Y no me vuelvas a dar ningún golpe en las costillas, como acabas de hacer. Tienes las garras demasiado afiladas, amigo zorro, y si quieres ser mi amigo, ten cuidado.

–¡Hombre, no tengo ningún interés extraordinario en ser amigo tuyo! –contestó el zorro, acercándose de un salto al conejo, quien, instantáneamente, fue a guarecerse detrás del sofá–. ¿Quieres que volvamos a ser enemigos?.

–¡Oh, no! –contestó el conejo–. Así está muy bien, amigo zorro. No quise ofenderte. Hemos hecho una tontería disputando acerca de quien es mas fuerte, si el lobo o el oso. Pero, de todos modos, yo creo que el lobo lleva ventaja al oso, y te apuesto cualquier cosa a que les obligaré a luchar a la cuerda, para ver cual es el mas fuerte.

–¡Ah, si! –replicó el zorro–. ¿Crees que lo conseguirás?. Vamos a verlo, amigo conejo.

–¿Y qué me darás si los hago luchar? –preguntó el conejo.

–¿Te acuerdas de aquel pañuelo azul que tanto te gusta, aquel que tiene unos topos amarillos?. Pues bien, te lo daré si consigues hacer que los dos luchen a la cuerda. Pero ten en cuenta que quiero verlos tirar con toda su alma.


–Bueno –replicó el conejo–. Y si yo pierdo, ¿qué te daré?.

–Puedes darme una buena comida –contestó el zorro, dirigiendo una mirada tan hambrienta al conejo, que éste se echó a temblar.

Cuando el zorro se marchó, el conejo se sentó para buscar el medio de hacer luchar al lobo contra el oso. Por fin decidió ir a visitar a cada uno de ellos, para preguntarles, con la mayor amabilidad si tendrían la bondad de luchar uno contra el otro, para salvarlo de ser devorado por el zorro. Así pues, se puso su mejor sombrero, se cepilló la chaqueta y se encaminó a la vivienda del oso.

Éste habitaba en una casa situada en lo alto de una colina. Cuando el conejo llamó a su puerta, estaba profundamente dormido. Se despertó sobresaltado y del malhumor para ver quien llamaba.

–¡Ah!, eres tú conejo. ¿Qué quieres? –gruño.

El conejo se lo dijo y el oso le miró airado.

–Mira, me revienta el lobo –gruño–. Por lo tanto has de saber que me importa un comino que el zorro te devore o no. ¡Vete!.

Cerró de un portazo y el conejo se alejó muy triste. Bajó por la vertiente de la colina, hacia el río que corría al pie. Allí, precisamente, estaba la casa del lobo. El conejo se acercó a la puerta principal y se disponía a entrar, con objeto de referir al lobo su triste historia, pero se detuvo.

–Aun en el caso de que logre convencer al lobo para que luche con el oso, no servirá de nada, porque el oso gruñón no querrá agarrarse al otro extremo de la cuerda –pensó el conejo–. Más vale que me vaya a casa y busque otra idea mejor.

Así lo hizo y durante cuatro horas y media estuvo reflexionando. De pronto apareció una sonrisa en su rostro. Acababa de ocurrírsele una idea.

Esperó al día siguiente y a última hora de la tarde tomó la caña de pescar, y de nuevo se fue a la casa del oso. Esperó a que éste saliera a la puerta de su casa a respirar el aire fresco de la tarde y entonces echó a andar silbando alegremente.

–¡Eh, conejo! –gritó el oso–. ¿Vas a pescar?.

–Si –contestó el conejo, deteniéndose–. Conozco un lugar estupendo, en donde se hacen pescas maravillosas. Voy a coger peces a centenares.

El oso se lamió el hocico, porque le gustaba mucho el pescado.

–¿Quieres que te acompañe? –preguntó.

–¡Oh, no!. Asustaría usted a los peces, señor oso. Pero si quiere algún pescado, le daré todos los que desee.

–Eres muy amable –contestó el oso sonriendo–. ¿Querrás traérmelos aquí, amigo conejo?. Hay mucha distancia desde este lugar al río.

–Sí, se los traeré –contestó el conejo–. Pero como no quiero hacer el camino cargado de pescado, haremos una cosa que acaba de ocurrírseme. ¿Ve usted esta cuerda?, pues bien, tome una punta y yo llevaré la otra hasta el río. Cuando ya tenga una carga de pescado, la ataré al extremo de la cuerda y daré tres tirones para que usted sepa que ya puede tirar del cesto.

–¡Magnífico! –replicó el oso. De este modo ni tú ni yo tendremos que hacer un largo recorrido. Espera un poco y te daré una cesta para que pongas el pescado para mí, amigo conejo.

Fue en busca de un cesto enorme y dentro puso un tarro de miel, de modo que, al verlo, el conejo sintió que se le hacía la boca agua. Luego dio al oso un extremo de la cuerda.


–Vale más que se la ate entorno del cuerpo –dijo–. Porque a lo mejor esta usted dormido cuando yo de los tres tirones para anunciarle que el cesto ya esta lleno. Así despertará fácilmente y podrá empezar a tirar de la cuerda.

El oso se ató la cuerda en torno a la cintura y el conejo empezó a bajar por la vertiente de la colina, llevando el otro extremo de la cuerda. Escondió la caña de pescar entre unas matas y se acercó despacio a la casita del señor lobo, silbando cuan fuerte pudo.

El lobo asomó la cabeza por la puerta y vio que se acercaba el conejo.

–¿Adónde vas e esta hora de la tarde? –preguntó.

–A cazar perdices –contestó el conejo–. He descubierto un nuevo modo de cazarlas. En la cumbre de la colina hay varios nidos y me parece que antes de que llegue la mañana tendré ya diez hermosas perdices en mis trampas.

–¿Quieres que te acompañe? –preguntó el lobo con el mayor interés.

–¡Oh, no! –contestó el conejo–. Las asustaría usted, señor lobo, pero si quiere, haremos una cosa. Le regalaré dos o tres perdices. Me van a sobrar y es una lástima que se estropeen.

–Sin duda sería una lástima –contestó el lobo–. Bueno, ¿querrás traérmelas, amigo conejo?. No tengo deseo de subir hasta lo alto de la colina para bajar luego.

–Sí, pero yo tampoco tengo ningún interés en venir cargado hasta aquí, para verme obligado a subir de nuevo a la cima. Voy a decirle a usted lo que haremos. Acabo de tener una buena idea. Mire, tome el extremo de esta cuerda y yo me encargaré del otro. Cuando haya cogido las perdices, ataré unas cuantas y luego daré tres tirones a la cuerda, con objeto de que usted pueda tirar de ella y arrastrar las perdices hasta su casa.

–Es una buena idea –dijo el señor lobo–. Mira, como voy a acostarme temprano, me ataré la cuerda en torno a la cintura, por si acaso das los tirones mientras duerma. Así me despertaré y empezaré a tirar.

–Supongo que daré el aviso a la salida del sol –contestó el conejo–. A esa hora es cuando son más eficaces mis trampas para coger perdices. Bueno, adiós, señor lobo.

–Espera un momento –exclamó el lobo–. En el cobertizo tengo medio saco de zanahorias. Si quieres, puedes llevártelas.

–Muchas gracias –contestó el conejo.

Fue al cobertizo y se cargó al hombro el medio saco de zanahorias. Luego, a duras penas, empezó a subir por la pendiente; en el camino se encontró con la señora perdiz y le encargó que vigilase la cuerda para que nadie la tocara. Después recogió la caña de pescar y el cesto del oso, con el tarro de miel, y se marchó a su casa, alegre a más no poder.

Un poco antes de la salida del sol fue a llamar a la puerta del zorro.

–¡Eh, amigo zorro! –gritó–. Ven a presenciar la lucha a la cuerda del oso y del lobo. Ahora sabremos cual es el mas fuerte de los dos.

–Vete a mentir a otra parte –contestó el zorro enojado.

–No miento –replicó el conejo, llamando de nuevo a la puerta, ante el temor de que el zorro se durmiese otra vez–. Levántate zorro, porque ya esta todo dispuesto y así podrás presenciar el espectáculo. Y no te olvides de tú pañuelo azul con topos amarillos, porque pronto será mío.

El zorro se sentó sobre la cama y prestó atención. Luego echo pie a tierra, se vistió y se guardó en el bolsillo el pañuelo azul.


–¿Ya sabes lo que habrás de darme si no hay lucha a la cuerda? –preguntó al conejo en el momento de salir de su casa. Pero no te creo, porque estoy convencido de que nadie sería capaz de obligar al oso y al lobo a levantarse a esta hora para luchar a la cuerda. Y te advierto que si te burlas de mí te arrepentirás.

–Ven y lo verás –contestó el conejo impaciente–. Les he dicho a los dos que antes de salir el sol daré tres tirones a la cuerda y entonces han de empezar a tirar de ella. El oso se halla en la cima de la colina y el lobo al pie de ella. Date prisa, porque sino llegaremos tarde.

El conejo llevó al zorro al lugar en que la señora perdiz vigilaba hacia mitad de la cuerda. Esta aparecía floja sobre el suelo, porque ni el oso ni el lobo se habían despertado aún.

El conejo dio tres tirones en cada dirección y en el acto se despertaron el oso y el lobo; cada uno de ellos salió a la puerta de su casa y ambos empezaron a tirar con fuerza de la cuerda. El zorro podía verlos a los dos desde el lugar en que se hallaba y se quedó asombrado a mas no poder.

Entre el lobo y el oso pusieron la cuerda tirante y, sin saberlo, luchaban uno contra el otro. Ambos eran fuertes y de vigor tan semejante, que ninguno de ellos fue capaz de hacer dar al otro un solo paso.

–¡Caray, que gordas deben ser las perdices! –murmuró el lobo, enardecido por la resistencia.

–¡Mil estrellas! –gruñó el oso–. ¡Pues no pesa poco el cesto de pescado que el conejo ha atado al extremo de la cuerda! –exclamó bufando.

El conejo, el zorro y la señora perdiz presenciaban la escena con el mayor interés. De pronto, tanto el oso como el lobo, entusiasmados por la esperanza de regodearse, uno con los pescados y el otro con las perdices, empezaron a avanzar sin dejar de tirar de la cuerda, con la idea de recoger su respectivo botín.

Como se comprende, se encontraron a la mitad del camino y al ver que ambos no habían hecho mas que luchar a la cuerda, se pusieron furiosos, aunque no por eso dejaron de tirar, porque ninguno quería darse por vencido.

–¿Qué has hecho de mi pescado? –gritó el oso lleno de cólera.

–¿Y que has hecho tú de mis perdices? –chilló furioso el lobo.

Ninguno de los dos se fijó en el conejo, el zorro y la perdiz, que se morían de risa. De repente ambos soltaron la cuerda a la vez y se arrojaron uno contra el otro, dándose una feroz paliza.

Al fin, y cuando ya estaban fatigados, comprendieron la pesada broma de que el conejo les hiciera víctimas, pero ya éste se había alejado. El zorro, entonces, metió una pata delantera en el bolsillo y pudo notar que tampoco estaba allí el pañuelo azul.

Cuando volvió a ver al conejo notó que muy satisfecho, lo llevaba en torno al cuello.

–¡Hola, amigo zorro! –exclamó el conejo–. ¿Qué te parece mi corbata?.

Y dicho esto, salió corriendo para evitar los efectos del enojo de su compañero.

FIN


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