El Príncipe y el Mago

Gema Gil Gutiérrez 


El Príncipe y el Mago

Hubo en otro tiempo un príncipe llamado Pelinor, que vivía en un palacio con su padre y su madre, quienes eran el Rey y la Reina de Pelusia. Los habitantes de aquellas tierras vivían felices y contentos, porque sus monarcas eran bondadosos con ellos, y todos sentían el mayor cariño por el valiente príncipe Pelinor.

Este había de casarse con la princesa Rizos de Oro, en cuanto tuviese la edad conveniente para ello. Esa princesa era tan hermosa como una mañana de primavera. Con mucha frecuencia iba a pasar temporadas al palacio real y entonces ella y el príncipe Pelinor pasaban muy buenos ratos, paseando a caballo y divirtiéndose de muchos modos. Y en cuanto el pueblo tenía ocasión de verlos, les vitoreaban con entusiasmo.

Un día, y en ocasión de que la princesa Rizos de Oro pasaba una temporada en el palacio, Maurón, el mago, llegó a la corte. Antes envió un mensajero al Rey, preguntándole si le haría el honor de permitirle pasar una semana en el palacio, y el monarca, que era muy bondadoso, se lo consintió.

Maurón era un hombre alto y moreno, de ojos agudos y cabello ensortijado y largo. A Pelinor y Rizos de Oro no les fue nada simpático y lo mismo pensaron los demás habitantes del palacio. Parecía como si constantemente estuviese escuchando y espiando; tenía unas maneras desagradables y, en una palabra, no era hombre que se hiciera querer.

Maurón, por su parte, tuvo la impresión que el país era el mas agradable de cuantos había visitado, y hubiese dado cualquier cosa a cambio de que le perteneciese. Apenas hubo tenido esta idea, se dispuso a hacer lo necesario para convertirse en el señor del país, imaginándose que podría llegar a ser un gran rey y que además en muy poco tiempo, conseguiría ser el hombre mas rico del mundo, para lo cual exigiría terribles impuestos en cuanto se ciñese la corona.

A pesar de lo que él mismo se imaginaba, no era un mago muy poderoso, y por otra parte, tenía mucha mas práctica en la magia negra que en la beneficiosa. Podía convertir a las personas en gatos, perros y animales pequeños, pero en cambio, era incapaz de curar a un enfermo, o alegrar a una persona triste, lo cual, como se comprende, es la magia mas conveniente y digna de alabanza.

—Obligaré a los reyes a que hagan lo que yo quiera —pensó—. En cuanto a esa hermosa princesa, Rizos de Oro, se casará conmigo y será mi reina.

Fue en busca del Rey y le dijo que se proponía casarse con Rizos de Oro.

—Vuestro hijo, señor, podrá casarse con otra princesa —añadió—.

Pero el Rey no quiso siquiera hablar de eso. Quería mucho a Rizos de Oro y por otra parte estaba disgustado con su huésped.

—No es posible —contestó—. Eres demasiado atrevido, Maurón. No quiero ser descortés contigo, porque eres mi huésped. Pero debo advertirte que aquí te tienen pocas simpatías, de manera que cuanto antes te marches mejor. Ya el pueblo murmura contra ti, porque todos están persuadidos de que haces uso de tu magia contra ellos.

El mago se encolerizó de un modo terrible y empezó a proferir toda suerte de palabras mágicas. El rey palideció y la Reina se dejó caer de rodillas. Rizos de Oro acudió corriendo para ver que ocurría y, al presenciar el espectáculo que tenía lugar ante sus ojos también se asustó, pues en la sala vio unas llamas rojizas que iban de un lado a otro, y también pudo observar que la cabeza de Maurón estaba rodeada de fuego azulado.

—Voy a mandaros a todos a mi castillo, que está oculto en un bosque de espinos —exclamó el mago—. Allí permaneceréis hasta que os conduzcáis con mayor cordura, y mientras tanto, yo reinaré aquí. Cuando Rizos de Oro quiera ser mi reina os pondré en libertad, pero nunca mas podréis volver.

En aquel momento el príncipe Pelinor se asomó a la puerta y oyó las palabras de Maurón. Rápidamente se ocultó tras un cortinaje y esperó a ver que ocurría.

—Id al castillo donde nací —exclamó el mago—. Se halla en el extremo del mundo y en el centro de un bosque espinoso.


En el acto desaparecieron el Rey, la Reina y la princesa Rizos de Oro, a quien ambos tenían abrazada. Pelinor no pudo darse cuenta del camino que habían tomado, pero no tuvo duda de que fueron a parar a aquel ignorado castillo.

Tan asustado quedó, que se echó a temblar, de modo que la cortina tras la cual se ocultaba se estremeció como si la agitase el viento.

El mago lo observó y acercándose, sacó a Pelinor de su escondrijo y se quedó mirándolo.

—Muy bien —dijo desdeñosamente—. Aquí está el príncipe a quien me olvidé mandar a mi castillo con los demás. Bueno, muchacho, pareces inofensivo. No te convertiré en una rata ni en un ratón. Serás mi prisionero y vivirás en las profundidades de la tierra, hasta que te necesite.

El malvado Maurón dio cuatro palmadas y en el acto apareció uno de sus esclavos que le hizo una profunda reverencia.

—Esclavo — ordenó el mago—. Toma a ese joven y enciérralo en uno de los calabozos que conoces, donde viva ignorado de todo el mundo. Todos los días le darás de comer y de beber, pero nada más.

—Tus deseos serán obedecidos, señor —contestó el esclavo, agarrando al príncipe por el hombro.

El joven comprendió la inutilidad de resistirse o de gritar, porque aquel esclavo tenía la fuerza de diez hombres.

—¡Adiós —le dijo Maurón en tono de burla—. Ahora voy a proclamarme Rey y a ocupar el trono de tu padre..

Pelinor estuvo a punto de echarse a llorar de rabia, pero se contuvo porque no podía hacer cosa alguna. El esclavo le sacó del palacio por un corredor secreto y así lo llevo hasta los alrededores de la ciudad. Entonces se dirigió a una casita, penetró en ella con su prisionero y abrió una trampilla que había en el suelo. Hizo pasar a Pelinor y éste encontró una escalera que se hundía en el suelo.

—Baja —le ordenó el esclavo dándole un empujón.

El esclavo bajó tras él y así recorrieron una larguísima distancia, a veces subiendo escaleras y otras bajándolas hasta que por fin, llegaron ante una gran puerta de roble adornada con algunos clavos de cabeza de hierro.

El esclavo la abrió, hizo pasar a Pelinor y el príncipe vió que iba a parar a una cueva rocosa, oscura y húmeda. Penetró allí y se sentó en un banco esculpido en la misma roca.

—Quítate esa ropa —le ordenó el esclavo—. Podré venderla y ganar así algún dinero, a cambio ponte esta.

Dio al joven un traje malo y de muy poco abrigo, y una caperuza de color negro. El pobre príncipe se vio obligado a despojarse de su ropa cómoda y lujosa por la otra mísera y fea.

—Esta noche te traeré comida y agua.

Dicho esto, el esclavo se dispuso a marchar.

—Hazme el favor de traerme también una lámpara —dijo el príncipe—. No podría resistir esta oscuridad puesto que te llevas la antorcha.

—En esa cueva hay una lámpara vieja, también te traeré aceite para ella.

Desapareció a través de la puerta y la cerró con ruido, de modo que Pelinor se quedó asustado y triste, porque no sabía como podría huir, y estaba muy alarmado también por lo que hubiese podido ocurrirle a sus padres y a Rizos de Oro, quienes por arte mágico fueron trasladados a aquel lejano castillo. ¿Estarían también encerrados en algún calabozo como él, o bien podrían huir y acudir en su ayuda?.

A tientas buscó por la cueva la lámpara de la que habló el esclavo, y al fin la encontró. Tenía una forma muy rara estaba cubierta de polvo y óxido, además tenía el asa rota. Pelinor decidió limpiarla pensando que alumbraría mal cuando el esclavo le trajese el aceite.


Sacó el pañuelo que pudo ocultar al cambiarse de ropa, y empezó a frotar la lámpara con todo su vigor, para quitarla la mugre que la cubría. Y al oír que caían al suelo algunos fragmentos de aquella costra, frotó con más fuerza todavía.

De pronto la lámpara empezó a brillar de un modo extraordinario, tanto, que alumbró la cueva. Al mismo tiempo oyó un estruendo que le asustó mucho y, sin que pudiera evitarlo, vio ante él a un ser extraordinario. Tenía el rostro muy raro, las orejas puntiagudas y una ridícula coleta, que le colgaba de la parte posterior de la cabeza.

—¿Quién eres? —preguntó asombrado Pelinor

—El genio de la lámpara —contestó aquel ser con voz profunda—. En tus manos tienes la lámpara de Aladino, que se perdió muchos años después de su muerte y desde entonces nadie la había encontrado. Tú la has frotado, y por esta razón he venido a obedecer tus órdenes.

—¿Debo entender que harás lo que yo te mande? —preguntó Pelinor poniéndose en pie de un salto.

—Sin duda alguna —contestó el genio haciendo una reverencia tan profunda que casi rozó la nariz con el suelo.

—En tal caso, tráeme, ante todo, mi ropa —ordenó Pelinor.

El genio desapareció e inmediatamente volvió con la ropa que el príncipe se quitara poco antes. El joven se apresuró a ponerse de nuevo su traje.

—Ahora llévame donde pueda comer y hablar contigo —añadió.

En el acto el genio lo cogió por la cintura, le hizo atravesar el techo de la cueva y lo sacó al aire libre. Luego siguió corriendo con una velocidad extraordinaria y por fin, llegó a una casa situada en el centro de un valle.

—Señor —dijo el genio—. Esta es mi propia casa. Aquí puedes comer y hablar sin temor alguno.

Pelinor hizo los honores a un magnífico banquete y después de haber comido se sintió mucho mejor.

—Ahora voy a referirte mi historia y tú me aconsejarás lo que debo hacer.

En efecto, así lo hizo y relató, especialmente, los sucesos de aquel día.

—¿Conoces el castillo que pertenece a Maurón, el mago?. Creo que se halla en el centro de un bosque de espinos y en el extremo del mundo.

—Lo conozco muy bien, y si quieres te llevaré allá.

—Cuanto antes lo hagas, mejor será.

El genio lo cogió otra vez en sus brazos y echó a correr. Viajaron durante varias horas y cuando se ponía el sol del siguiente día, Pelinor se vio de nuevo en el suelo y en el lindero de un inmenso bosque de espinos.

—No puedo llevarte hasta el castillo porque la magia del encantador me lo impide —le dijo el genio—. Es preciso que atravieses tú solo el bosque y para ello, cuidaré de separar los espinos.

Efectivamente, el genio arrancó los árboles espinosos como si fuesen tallos de hierba y al poco rato había practicado un camino para el príncipe. Este avanzaba al mismo tiempo y por fin pudo ver a cierta distancia un brillante castillo. El genio arrancó el último árbol espinoso, pero cuando el joven se disponía a echar a correr, lo contuvo diciendo:

—En el castillo hay muchos guardias. Espera un poco y los sumiré en un profundo sueño, porque de lo contrario te matarían.

Pelinor vio, efectivamente, a unos guardias que estaban en pie en la escalera que conducía a la puerta del castillo y mientras los estaba observando, uno a uno se sentaron en las gradas y cerraron los ojos para sumirse en un profundo sueño.


—Ya puedes ir allá —dijo el genio.

El príncipe se acercó corriendo, subió la escalera y atravesó la puerta principal del castillo. Luego buscó por todas las habitaciones hasta que al fin pudo encontrar a sus padres y a la princesa, encerrados en lo alto de una torre.

¡Cuánto se alegraron de verle, y que asombrados quedaron al conocer su historia!. Se abrazaron y besaron unos a otros con la mayor alegría, hasta que Pelinor recordó al mago y les hizo saber su intención de castigarle, antes que pudiera hacer otras maldades.

Tomó la lámpara de su cintura, la frotó y en el acto se le apareció el genio, con gran asombro de los Reyes.

—Llévanos a nuestro palacio —ordenó el príncipe—. Pero procura que el mago no se entere de ello.

En un momento los cuatro se vieron volando por el aire con una velocidad espantosa y poco después pudieron contemplar su magnífico palacio. El genio los llevó sanos y salvos a la sala del trono, donde sus cortesanos, alegres y emocionados, les dieron la bienvenida, porque estaban muy preocupados por su extraña desaparición.

—¡Oh señor! —exclamó el canciller—. Maurón, el mago, se ha ceñido vuestra corona y dice que es nuestro Rey. Ha convertido en gatos y perros a muchos cortesanos que se han atrevido a desobedecerle y también ha encerrado a centenares de vuestros súbditos porque se negaron a traerle oro. ¿Qué haremos ahora?.

—Dejadlo a mi cuidado —replicó el príncipe con gran asombro del canciller—. Yo lo castigaré.

—Tened cuidado alteza —le avisó el canciller—. Si lo hacéis encolerizar, es capaz de transformaros en cualquier animal.

—¿Dónde esta ahora?.

—En la cámara del tesoro contando los sacos de oro que hay allí.

Pelinor indicó al genio que lo siguiera y éste escuchó atentamente las órdenes del joven.

—Protégeme con tu magia con objeto de que ese hombre no tenga poder sobre mi. Hazte invisible y cuando te de una orden esfuérzate en cumplirla.

—Obedeceré señor —dijo el genio, mientras pasaba sus grandes manos sobre el príncipe para protegerle con su propia magia. Después de repente desapareció, aunque el príncipe se dio cuenta de que estaba a su lado, porque percibió su voz que le decía en un susurro:

—Estoy aquí señor.

Pronto el palacio se llenó de gente, tanto cortesanos, como hombres y mujeres del pueblo, para enterarse de lo que ocurría. Vieron al príncipe que se dirigía a la cámara del tesoro y abría la puerta de par en par. Dentro, y ciñendo la corona del Rey, se hallaba el mago Maurón sentado en las talegas de oro y contando las monedas una por una. Al ver a Pelinor se puso en pie de un salto y lo miró asombradísimo.

—¿Tú?—exclamó al fin—.¿Acaso mi esclavo me ha desobedecido?.

—Cumplió tus órdenes, sin embargo estoy aquí. Ahora ven Maurón, porque he de decirte algo.

Maurón lo siguió a la sala del trono, donde había centenares de personas, llenas de curiosidad. El mago se quedó con la boca abierta al ver a los Reyes y a la princesa, se frotó los ojos figurándose que soñaba. ¿Qué significaba todo aquello?.

Mas en breve dio un grito de rabia, comprendiendo su situación. Extendió la mano hacia el príncipe y exclamó:

—Abandona tu forma humana y conviértete en una cucaracha, en un ratón, en un topo o en otro animal pequeño.

Al oír aquel conjuro resonó un grito de horror general, porque ya todos sabían cuánto era el poder de aquel hombre. Los ojos de cuantos estaban allí se clavaron en el joven príncipe, temiendo verle desaparecer para convertirse en un diminuto animal. Pero con gran asombro, observaron que no ocurría nada de aquello y que el joven se reía abiertamente.


—No puedes hacerme víctima de tus encantamientos, tu poder te ha abandonado

Maurón se echó a temblar, porque aquella era la primera vez que había fracasado. Empuñó su varita mágica y se acercó a Rizos de Oro para tocarla con ella, pero Pelinor exclamó dirigiéndose al genio:

—Quítale la varita mágica y clava sus pies en el suelo.

En el acto el mago sintió que una mano invisible le arrebataba la varita mágica y que sus pies quedaban clavados en el suelo, de modo que ya no podía moverse.

Entonces sacó del bolsillo una bola de oro y se dispuso a arrojársela al Rey, pero el príncipe ordenó al genio que se la quitara y le sujetase los brazos a sus costados. Así lo hizo el genio y Maurón se dio cuenta de que se hallaba en poder de alguien mas poderoso que él, de modo que sus rodillas temblaron de miedo.

—¡Oh, no! —exclamó Maurón cayendo de rodillas.

—Levántate Maurón —ordenó Pelinor—. Ahora conviértete en ratón o pierde la cabeza. Elige.

En el acto apareció una enorme espada empuñada por unas manos invisibles y fue a situarse a un lado de la cabeza de Maurón. Este dio un grito de terror y después pronunció unas palabras mágicas.

—Conviértete en ratón, Maurón, pues no tienes mas remedio.

Dicho esto desapareció, y en su lugar todos pudieron ver un ratoncito que, dando un chillido, fue a ocultarse en un agujero.

—Supongo —dijo Pelinor—, que ya no volverá a perjudicar a nadie. Ahora, en cuanto haya devuelto su figura a los nobles que ese hombre metamorfoseó, celebraremos una gran fiesta que durará hasta la noche.

En todo el país se celebró aquel acontecimiento entre vítores entusiastas a favor del príncipe, de los Reyes y de la princesa Rizos de Oro.

Y aquellas manifestaciones de júbilo se repitieron unos años después, con ocasión de la boda del príncipe y de la princesa. La ceremonia fue magnífica, y mientras se efectuaba la boda resonaron constantemente más de seiscientas campanas en toda la ciudad.

En cuanto al mago Maurón, nadie volvió a oír hablar de él, y algunos aseguraban que no se acordó de que era ratón y se acercó demasiado a un gato. Ya podéis imaginaros lo que le sucedió.

FIN


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