Fábulas de Jean de la Fontaine

El dragón de muchas colas

El dragón de muchas cabezas

Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del Emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio.

Un alemán le dijo —Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.

El mensajero, que era varón sesudo, le contestó —Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los Electores, y esto me recuerda una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Estaba en lugar seguro, cuando vi pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. La sangre se me helaba, y no era para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.

FIN

El gallo y la perla

El gallo y la perla

Un día cierto Gallo, escarbando el suelo, encontró una perla, y se la dio al primer lapidario que halló a mano.

—Fina me parece —le dijo, al dársela—; pero para mí vale más cualquier grano de mijo o avena.

Un ignorantón heredó un manuscrito, y lo llevó en el acto a la librería vecina.

—Paréceme cosa de mérito —le dijo al librero—; pero, para mí, vale más cualquier florín o ducado.

FIN

El lobo y el cordero

El lobo y el cordero

La razón del más fuerte siempre es la mejor: ahora lo verán.

Un Corderillo sediento bebía en un arroyuelo. Llegó en esto un Lobo en ayunas, buscando pendencias y atraído por el hambre.

—¿Cómo te atreves a enturbiarme el agua? —dijo malhumorado al corderillo—. ¡Castigaré tu temeridad!

—No se irrite Su Majestad —contestó el Cordero—; considere que estoy bebiendo en esta corriente veinte pasos más abajo, y mal puedo enturbiarle el agua.

—Me la enturbias —gritó el feroz animal—; y me consta que el año pasado hablaste mal de mí.

—¿Cómo había de hablar mal, si no había nacido? No estoy destetado todavía.

—Si no eras tú, sería tu hermano.

—No tengo hermanos, señor.

—Pues sería alguno de los tuyos, porque me tenéis mala voluntad todos ustedes, sus pastores y sus perros. Lo sé de buena tinta, y tengo que vengarme.

Dicho esto, el Lobo lo apresa, lo lleva al fondo de sus bosques y lo come, sin más auto ni proceso.

FIN

El lobo y el perro

El lobo y el perro

Era un Lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan vigilantes andaban los perros del ganado. Encontró a un Mastín, rollizo y lustroso, que se había extraviado. Acometerlo y destrozarlo, es cosa que hubiese hecho de buen grado el señor Lobo; pero había que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse bien.

El Lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y le felicita por sus buenas carnes.

—No estáis tan lucido como yo, porque no queréis —contesta el Perro—, dejad el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados, muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura! ¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida.

—¿Y qué tendré que hacer? —preguntó el lobo.

—Casi nada —repuso el Perro—, acometer a los pordioseros y a los que llevan bastón o garrote; acariciar a los de casa, y complacer al amo. Con tan poco como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura.

El Lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de gozo.

Haciendo camino, advirtió que el perro tenía en el cuello una peladura. —¿Qué es eso? —preguntó.
—Nada.
—¡Cómo nada!

—Poca cosa.

—Algo será.

—Será la señal del collar a que estoy atado.

—¡Atado! —exclamó el Lobo pues— ¿que? ¿No vais y venís a donde queréis?

—No siempre, pero eso, ¿qué importa?

—Importa tanto, que renuncio a vuestra pitanza, y renunciaría a ese precio el mayor tesoro.

Dijo, y echó a correr. Aún está corriendo.

FIN


El niño y el maestro de escuela

El niño y el maestro de escuela

En esta fabulita quiero haceros ver cuán intempestivas son a veces las reconvenciones de los necios.

Un Muchacho cayó al agua, jugando a la orilla del Sena. Quiso Dios que creciese allí un sauce, cuyas ramas fueron su salvación. Asido estaba a ellas, cuando pasó un Maestro de escuela.

—¡Socorro, que muero! —gritó el niño—.

Aquel, oyendo los gritos, se volvió hacia el niño y, muy grave y tieso, de esta manera le adoctrinó.

—¿Habráse visto pillete como él? Contemplad en qué apuro le ha puesto su atolondramiento. ¡Encargaos después de calaverillas como éste! ¡Cuán desgraciados son los padres que tienen que cuidar de tan malas crías! ¡Bien dignos son de lástima!.

Y terminada la filípica, sacó al Muchacho a la orilla.

Alcanza esta crítica a muchos que no se lo figuran. No hay charlatán, censor, ni pedante, a quien no siente bien el discursillo aquí expuesto y de pedantes, censores y charlatanes, es larga la familia. Dios hizo muy fecunda esta raza. Venga o no venga al caso, no piensan en otra cosa que en lucir su oratoria.

Amigo mío, sácame del apuro y guarda para después la reprimenda.

FIN

El ratón de campo y el de ciudad

El ratón de campo y el de ciudad

Cierto día un Ratón de la ciudad convidó a comer muy cortésmente a un Ratón del campo. Servido estaba el banquete sobre un rico tapiz: figúrese el lector si lo pasarían bien los dos amigachos.

La comida fue excelente: nada faltaba. Pero tuvo mal fin la fiesta. Oyeron ruido los comensales a la puerta: el Ratón ciudadano echó a correr; el Ratón campesino siguió tras él.

Cesó el ruido: volvieron los dos Ratones.

—Acabemos la comida, dijo el de la ciudad.

—¡Basta ya! —replicó el del campo—. ¡Buen provecho te hagan tus regios festines! no los envidio. Mi pobre alimento lo engullo sosegado; sin que nadie me inquiete. ¡Adiós, pues! Placeres con zozobra poco valen.

FIN

El zorro y la cigüeña

El zorro y la cigüeña

El señor Zorro la echó un día de grande, y convidó a comer a su comadre la Cigüeña. Todos los manjares se reducían a un sopicaldo; era muy sobrio el anfitrión. El sopicaldo fue servido en un plato muy llano. La Cigüeña no pudo comer nada con su largo pico, y el señor Zorro sorbió y lamió perfectamente toda la escudilla.

Para vengarse de aquella burla, la Cigüeña le convidó poco después.

—¡De buena gana! —le contestó—; con los amigos no gasto ceremonias.

A la hora señalada, fue a casa de la Cigüeña; hizo mil reverencias, y encontró la comida a punto. Tenía muy buen apetito y trascendía a gloria la vianda, que era un sabroso salpicón de exquisito aroma. Pero ¿Cómo lo sirvieron? Dentro de una redoma, de cuello largo y angosta embocadura. El pico de la Cigüeña pasaba muy bien por ella, pero no el hocico del señor Raposo. Tuvo que volver en ayunas a su casa, orejas gachas, apretando la cola y avergonzado, como sí, con toda su astucia, le hubiese engañado una gallina.

FIN


La cigarra y la hormiga

La cigarra y la hormiga

La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin comida cuando comenzó a soplar el frio del invierno: ¡ni una ración de mosca o de gusanillo!

Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse hasta la cosecha.

—Os lo pagaré con creces —le decía—, antes de que venga el mes de agosto.

La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto.

—¿Que hacías en el buen tiempo? —preguntó la hormiga—. No quisiera enojaros, pero la verdad es que te pasabas cantando día y noche. Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora.

FIN

La encina y la caña

La encina y la caña

Dijo la Encina a la Caña:

—Razón tienes para quejarte de la naturaleza: un pajarillo es para ti grave peso; la brisa más ligera, que riza la superficie del agua, te hace bajar la cabeza. Mi frente, parecida a la cumbre del Cáucaso, no sólo detiene los rayos del sol; desafía también la tempestad. Para ti, todo es aquilón; para mí, céfiro. Si nacieses, a lo menos, al abrigo de mi follaje, no padecerías tanto: yo te defendería de la borrasca. Pero casi siempre brotas en las húmedas orillas del reino de los vientos. ¡Injusta ha sido contigo la naturaleza!

—Tu compasión, respondió la Caña, prueba tu buen natural; pero no te apures. Los vientos no son tan temibles para mí como para ti. Me inclino y me doblo, pero no me quiebro. Hasta el presente has podido resistir las mayores ráfagas sin inclinar el espinazo; pero hasta el fin nadie es dichoso.

Apenas dijo estas palabras, de los confines del horizonte acude furibundo el más terrible huracán que engendró el septentrión. El árbol resiste, la caña se inclina; el viento redobla sus esfuerzos, y tanto porfía, que al fin arranca de cuajo a la Encina que elevaba la frente al cielo y hundía sus pies en los dominios del Tártaro.

FIN

La golondrina y los pajaritos

La golondrina y los pajaritos

Una Golondrina había aprendido mucho en sus viajes. Nada hay que enseñe tanto. Preveía nuestro animalejo hasta las menores borrascas, y antes de que estallasen, las anunciaba a los marineros.

Sucedió que, al llegar la sementera del cáñamo, vio a un labriego que echaba el grano en los surcos.

—No me gusta eso —dijo a los otros Pajaritos—. Lástima me dan. En cuanto a mí, no me asusta el peligro, porque sabré alejarme y vivir en cualquier parte. ¿Veis esa mano que echa la semilla al aire? Un día vendrá, y no está lejos, en que ha de ser vuestra perdición lo que va esparciendo. De ahí saldrán lazos y redes para atraparos, utensilios y máquinas, que serán para vosotros prisión o muerte. ¡Guárdelos Dios de la jaula y de la sartén! Conviene, pues —prosiguió la Golondrina—, que comáis esa semilla. Creedme.

Los Pajaritos se burlaron de ella: ¡había tanto que comer en todas partes! Cuando verdearon los sembrados del cáñamo, la golondrina les dijo

—Arrancad todas las yerbecillas que han nacido de esa malhadada semilla, o estais perdidos.

—¡Fatal agorera! ¡Embaucadora! —le contestaron— ¡no nos das mala faena! ¡Poca gente se necesitaría para arrancar toda esa sementera!”

Cuando el cáñamo estuvo bien crecido.

—¡Esto va mal! —exclamó la Golondrina— la mala semilla ha sazonado pronto. Pero, ya que no me han atendido antes, cuando vean que está hecha la trilla, y que los labradores, libres ya del cuidado de las mieses, hacen guerra a los pájaros, tendiendo redes por todas partes, no vuelen de aquí para allá; permanezcan quietos en el nido, o emigrad a otros países: imitad al pato, la grulla y la becada. Pero la verdad es que no están en estado de cruzar, como nosotras, los mares y los desiertos: lo mejor será que se escondan en los agujeros de alguna tapia.

Los Pajaritos, cansados de oírla, comenzaron a charlar, como hacían los troyanos cuando abría la boca la infeliz Casandra. Y les pasó lo mismo que a los troyanos: muchos quedaron en cautiverio.

Así nos sucede a todos: no atendemos más que a nuestros gustos; y no damos crédito al mal hasta que lo tenemos encima.

FIN


La muerte y el desdichado

La muerte y el desdichado

Un Desdichado llamaba todos los días en su ayuda a la Muerte.

—¡Oh Muerte! —exclamaba—, ¡cuán agradable me pareces! Ven pronto y pon fin a mis infortunios.

La Muerte creyó que le haría un verdadero favor, y acudió al momento. Llamó a la puerta, entró y se le presentó.

—¿Qué veo? —exclamó el Desdichado—; llevaos ese espectro; ¡cuán espantoso es! Su presencia me aterra y horroriza. ¡No te acerques, oh Muerte! ¡Retírate pronto!”

Mecenas fue hombre de gusto; dijo en cierto pasaje de sus obras:

—Quede cojo, manco, impotente, gotoso, paralítico; con tal de que viva, estoy satisfecho. ¡Oh Muerte! ¡No vengas nunca!—

Todos decimos lo mismo.

FIN

La muerte y el leñador

La muerte y el leñador

Un pobre Leñador, agobiado bajo el peso del trabajo y de los años, cubierto de ramaje, encorvado y quejumbroso, camina a paso lento, en demanda de su ahumada choza. Pero, no pudiendo ya más, deja en tierra la carga, cansado y dolorido, y se pone a pensar en su mala suerte. ¿Qué goces ha tenido desde que vino al mundo? ¿Hay alguien más pobre y mísero que él en la redondez de la tierra? El pan le falta muchas veces, y el reposo siempre: la mujer, los hijos, los soldados, los impuestos, los acreedores, la carga vecinal, forman la exacta pintura del rigor de sus desdichas. Llama a la Muerte; viene sin tardar y le pregunta qué se le ofrece.

—Que me ayudes a poder volver a cargar mi trabajo y mis años, al fin y al cabo no puedes tardar mucho.

La Muerte todo lo cura; pero bien estamos aquí: antes padecer que morir, es la divisa del hombre.

FIN

La rana que quiso hincharse como un buey

La rana que quiso hincharse como un buey

Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.

—Mirad, hermanas —decía a sus compañeras—; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él?.

—No.
—¿Y ahora?.
—Tampoco.
—¡Ya lo logré!.
—¡Aún estás muy lejos!.
Y el infeliz animal se hinchó tanto, que reventó.

Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas. Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

FIN

La ternera, la cabra y la oveja en compañía del león

La ternera, la cabra y la oveja en compañía del león

La Ternera, la Cabra y la Oveja, hicieron compañía, en tiempos de antaño, con un fiero León, señor de aquella comarca, poniendo en común pérdidas y ganancias.

Cayó un ciervo en los lazos de la Cabra, y al punto envió la res a sus socios. Se presentaron todos y el León le sacó las cuentas.

—Somos cuatro para el reparto— dijo, despedazando a cuartos el ciervo.

Y hechas partes, tomó la primera, como rey y señor.

—No hay duda —dijo—, en que debe ser para mí, porque me llamo León. La segunda me corresponde también de derecho: ya sabéis cual derecho, el del más fuerte. Por ser más valeroso, exijo la tercera. Y si alguno de vosotros toca la cuarta, en mis garras morirá.

FIN


Las alforjas

Las alforjas

Dijo un día Júpiter —Comparezcan a los pies de mi trono los seres todos que pueblan el mundo. Si en su naturaleza encuentran alguna falta, díganlo sin empacho: yo pondré remedio. Venid, señor Mono, hablad primero; razón tenéis para este privilegio. Ved los demás animales; comparad sus perfecciones con las vuestras: ¿estáis contento?

—¿Por qué no? ¿No tengo cuatro pies, lo mismo que lo demás? No puedo quejarme de mi estampa; no soy como el Oso, que parece medio esbozado nada más—

Llegaba, en esto, el Oso, y creyeron todos que iban a oír largas lamentaciones. Nada de eso; se alabó mucho de su buena figura; y se extendió en comentarios sobre el Elefante, diciendo que no sería malo alargarle la cola y recortarle las orejas; y que tenía un corpachón informe y feo.

El Elefante, a su vez, a pesar de la fama que goza de sesudo, dijo cosas parecidas: opinó que la señora Ballena era demasiado corpulenta. La Hormiga, por lo contrario, tachó al pulgón de diminuto.

Júpiter, al ver cómo se criticaban unos a otros, los despidió a todos, satisfecho de ellos.

Pero entre los más desjuiciados, se dio a conocer nuestra humana especie. Linces para atisbar las debilidades de nuestros semejantes; topos para las nuestras, nos lo dispensamos todo, y a los demás nada. El Hacedor Supremo nos dio a todos los hombres, tanto los de antaño como los de ogaño, un par de alforjas: la de atrás para los defectos propios; la de adelante para los ajenos.

FIN

Los dos mulos

Los dos mulos

Andaban dos Mulos, anda que andarás. Iba el uno cargado de avena; llevaba el otro la caja de recaudo. Envanecido éste de tan preciosa carga, por nada del mundo quería que le aliviasen de ella. Caminaba con paso firme, haciendo sonar los cascabeles.

En esto, se presenta el enemigo, y como lo que buscaba era el dinero, un pelotón se echó sobre el Mulo, lo tomo del freno y lo detuvo. El animal, al defenderse, fue acribillado, y el pobre gemía y suspiraba.

—¿Esto es —exclamó—, lo que me prometieron? El Mulo que me sigue escapa al peligro; ¡yo caigo en él, y en él perezco!

—Amigo —dijo el otro—, no siempre es una ganga tener un buen empleo: si hubieras servido, como yo, a un molinero patán, no te verías tan apurado.

FIN

Los zánganos y las abejas

Los zánganos y las abejas

Sucedió que algunos panales de miel no tenían dueño. Los Zánganos los reclamaban, las Abejas se oponían. El pleito llegó al tribunal de cierta Avispa: ardua era la cuestión; testigos deponían haber visto volando al rededor de aquellos panales unos bichos alados, de color oscuro, parecidos a las Abejas; pero los Zánganos tenían las mismas señas. La señora Avispa, no sabiendo qué decidir, abrió de nuevo el sumario, y para mayor ilustración, llamó a declarar a todo un hormiguero; pero ni por esas pudo aclarar la duda.

—¿Me queréis decir a qué viene todo esto? —preguntó una Abeja muy avisada—. Seis meses hace que está pendiente el litigio, y nos encontramos lo mismo que el primer día. Mientras tanto, la miel se está perdiendo. Ya es hora de que el juez se apresure; bastante le ha durado la ganga. Sin tantos autos ni providencias, trabajemos los Zánganos y nosotras, y veremos quién sabe hacer panales tan bien concluidos y tan repletos de rica miel.

No admitieron los Zánganos, demostrando que aquel arte era superior a su destreza, y la Avispa adjudicó la miel a sus verdaderos dueños.

Así debieran decidirse todos los procesos. La justicia de moro es la mejor. En lugar de código, el sentido común. No subirían tanto las costas. No sucedería como pasa muchas veces, que el juez abre la ostra, se la come, y les da las conchas a los litigantes.

FIN

Un hombre de cierta edad y sus dos amantes

Un hombre de cierta edad y sus amantes

Un hombre de edad madura, más pronto viejo que joven, pensó que era tiempo de casarse. Tenía el riñón bien cubierto, y por tanto, donde elegir; todas se desvivían por agradarle. Pero nuestro galán no se apresuraba. Piénsalo bien, y acertarás.

Dos viuditas fueron las preferidas. La una, verde todavía; la otra, más sazonada, pero que reparaba con auxilio del arte lo que había destruido la naturaleza. Las dos viuditas, jugando y riendo, le peinaban y arreglaban la cabeza. La más vieja le quitaba los pocos pelos negros que le quedaban, para que el galán se le pareciese más. La más joven a su vez, le arrancaba las canas; y con esta doble faena, nuestro buen hombre quedó bien pronto sin cabellos blancos ni negros.

—Os doy gracias —les dijo—, oh señoras mías, que tan bien me habéis trasquilado. Más es lo ganado que lo perdido, porque ya no hay que hablar de bodas. Cualquiera de vosotras que escogiese, querría hacerme vivir a su gusto y no al mío. Cabeza calva no es buena para esas mudanzas: muchas gracias, pues, por la lección.

FIN


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