Ricitos de Oro

Robert Southey

Ricitos de Oro

Erase una vez una niña a la que todos conocían como Ricitos de Oro.

A la pequeña le encantaba pasear y recoger flores en el campo. Una mañana, Ricitos de Oro se alejó algo más de lo normal y acabo perdida en el bosque.

De pronto, vio una preciosa casita a lo lejos y decidió acercarse para pedir ayuda.

Pero cuando llegó no encontró a nadie. Sin embargo, la pequeña, que era bastante curiosa, decidió entrar en la casa, aunque nadie le había dado permiso.

Dentro, todo era muy acogedor; había flores y unas preciosas cortinas de encaje. Olía a sopa recién hecha y, de hecho, había tres platos llenos, que parecía que estaban esperando a ser comidos.

Ricitos de Oro estaba hambrienta, así que decidió comer algo. Probó la comida del plato más grande, pero estaba demasiado caliente. Entonces, decidió probar la sopa del plato mediano, pero estaba muy fría. Sin embargo, la sopa del plato pequeño estaba justo a su gusto, templada, ni muy fría, ni muy caliente y, casi sin darse cuenta, se tomó el plato entero.

Después, se sintió algo cansada y se dirigió hacia la chimenea, donde también había tres butacas perfectas para reposar la comida. Se sentó en la primera, pero era demasiado blanda. Luego, se acomodó en la segunda, pero era una mecedora de madera y a Ricitos le pareció tremendamente dura. Al fin se sentó en una butaca algo más pequeña, pero muy cómoda, ni demasiado blanda, ni demasiado dura. Estaba a punto de echar una cabezadita cuando la butaca se rompió, tal vez era demasiado pequeña para el peso de la niña.

La pequeña siguió curioseando la casa y, al fin, encontró el dormitorio donde había tres preciosas camas.

Probó la cama más grande y ancha que había en la habitación, pero era tan blanda que casi se quedó atrapada en ella. De un salto se pasó a la cama mediana, pero era tan dura que cuando cayó sobre el colchón se hizo un chichón. Algo dolorida y muy cansada se tumbó en la cama más pequeña. Esta última era tan cómoda que no pudo evitar quedarse profundamente dormida.

Los dueños de la casa, una familia de osos, regresaron de su paseo diario.

Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito entraron en su casa y notaron algo extraño.

— Alguien ha probado mi sopa — dijo Papá Oso.

— Y la mía — indicó Mamá Osa.

— Pues alguien se ha comido todo mi plato de sopa y no me ha dejado nada — se lamentó el Pequeño Oso.

La familia estaba bastante confusa y se acercó a la chimenea para intentar averiguar qué estaba pasando.

Entonces, Papá Oso se dio cuenta de que su butaca había sido usada. Mamá Osa también observó que su mecedora no estaba en su lugar de siempre. De pronto, el pequeño Osito comenzó a llorar — alguien se ha sentado en mi butaca y la ha roto —

Mientras Papá y Mamá consolaban al pequeño, les pareció escuchar un ruido en la habitación.

Papá Oso se dirigió al dormitorio, seguido de Mamá Osa y Osito.

Las camas de mamá y papá Oso estaban deshechas, pero lo realmente increíble fue que en la cama del Osito había una niña de rizos color oro, que descansaba plácidamente sin que nadie la hubiese invitado.

El Osito gritó —seguro que ha sido ella la que se ha comido mi sopa y roto mi butaca y ahora está estropeando mi cama—

La familia de osos estaba bastante enfadada, pues no sabía quién era aquella niña, ni porqué había entrado en su hogar.

Con tanto alboroto, Ricitos de Oro se despertó y se encontró con los tres osos que la miraban fijamente.

Fue tal el susto que se llevó que salió de un salto por la ventana y corrió tanto que rápidamente encontró su casa.

Cuando Ricitos le contó a su madre lo sucedido, esta le dijo — Siento mucho el susto que te has llevado pequeña, pero cómo crees que se han debido sentir ellos al ver que has invadido su casa, roto sus pertenencias y alborotado su dormitorio, sin que nadie te hubiese invitado —

Ricitos de Oro entendió que no debía tomar las cosas de otras personas o animales sin que le dieran permiso y, arrepentida por su comportamiento, decidió regalar al pequeño oso su sofá favorito, en compensación por el que le había roto.

Y así fue como una mañana, cuando la familia de osos volvía de pasear, se encontró un precioso sofá en la puerta de su casa…y supo que era Ricitos de Oro, que les pedía disculpas.

FIN