El cuervo y el zorro

Anónimo

Érase en cierta ocasión un cuervo, el de más negro plumaje, que habitaba en el bosque y que tenía cierta fama de vanidoso.

Ante su vista se extendían campos, sembrados y jardines llenos de florecillas… Y una preciosa casita blanca, a través de cuyas abiertas ventanas se veía al ama de la casa preparando la comida del día.

–¡Un queso!– murmuró el cuervo, y sintió que el pico se le hacía agua.

El ama de la casa, pensando que así el queso se mantendría más fresco, colocó el plato con su contenido cerca de la abierta ventana.

–¡Qué queso tan sabroso!– volvió a suspirar el cuervo, imaginando que se lo apropiaba.

Voló el ladronzuelo hasta la ventana, y tomando el queso en el pico, se fue muy contento a saborearlo sobre las ramas de un árbol.

Todo esto que acabamos de referir había sido visto también por un astuto zorro, que llevaba bastante tiempo sin comer.

En estas circunstancias vio el zorro llegar ufano al cuervo a la más alta rama del árbol.

–Ay, si yo pudiera a mi vez robar a ese ladrón!
–Buenos días, señor cuervo.

El cuervo callaba. Miró hacia abajo y contempló a el zorro, amable y sonriente.

–Tenga usted buenos días –repitió aquella, comenzando a adularle de esta manera– Vaya, ¡que está usted bien elegante con tan bello plumaje!

El cuervo, que, como ya sabemos era vanidoso, siguió callado, pero contento al escuchar tales elogios.


–Sí, sí ­–prosiguió el zorro–. Es lo que siempre digo. No hay entre todas las aves quien tenga la gallardía y belleza del señor cuervo.

El ave, sobre su rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía el animal que estaba a sus pies era verdad. Pues, ¿acaso había otro plumaje más lindo que el suyo?

Desde abajo volvió a sonar, con acento muy suave y engañoso, la voz de aquel astuto zorro:

–Bello es usted, a fe mía, y de porte majestuoso. Como que si su voz es tan hermosa como deslumbrante es su cuerpo, creo que no habrá entre todas las aves del mundo quien se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, quiso demostrar el cuervo al zorro su armonía de voz y la calidad de su canto, para que se convenciera de que el gorjeo no le iba en zaga a su plumaje.

Llevado de su vanidad, quiso cantar.

Abrió su negro pico y comenzó a graznar, sin acordarse de que así dejaba caer el queso. ¡Qué más deseaba el astuto zorro! Se apresuró a coger entre sus dientes el suculento bocado. Y entre bocado y bocado dijo burlonamente a la engañada ave:

–Señor bobo, ya que sin otro alimento que las adulaciones y lisonjas os habéis quedado tan hinchado y repleto, podéis ahora hacer la digestión de tanta adulación, en tanto que yo me encargo de digerir este queso.

Nuestro cuervo hubo de comprender, aunque tarde, que nunca debió admitir aquellas falsas alabanzas.

Desde entonces apreció en el justo punto su valía, y ya nunca más se dejó seducir por elogios inmerecidos. Y cuando, en alguna ocasión, escuchaba a algún adulador, huía de él, porque, acordándose de el zorro, sabía que todos los que halagan a quien no tiene méritos, lo hacen esperando lucrarse a costa del que lisonjean. Y el cuervo escarmentó de esta forma para siempre.

FIN