Los fantasmas de Scrooge

Charles Dickens

Los fantasmas de Scrooge

PRIMERA ESTROFA – EL FANTASMA DE MARLEY

Marley estaba muerto: empecemos por ahí. Sobre eso no hay ninguna duda. El clérigo, el funcionario, el empresario de pompas fúnebres y la persona que presidió el duelo firmaron el registro del entierro. Lo firmó Scrooge, y el apellido Scrooge hacía bueno cualquier documento en el que apareciera. El viejo Marley estaba tan muerto como un clavo de puerta.

Vayamos por partes: no quiero decir con eso que yo sepa, por experiencia propia, qué tiene de especialmente muerto un clavo de puerta. Por lo que a mí respecta, me inclinaría a considerar que un clavo de ataúd es el trozo de hierro más muerto que hay en el mercado. Pero la sabiduría de nuestros antepasados radica en el símil; y mis manos pecadoras no lo perturbarán, porque, de lo contrario, el país iría a la ruina. Me permitirán ustedes, por tanto, que repita, con rotundidad, que Marley estaba tan muerto como un clavo de puerta.

¿Lo sabía Scrooge? Por supuesto que sí. ¿Cómo podría ser de otra manera? Marley y él habían sido socios no sé cuantísimos años. Scrooge fue además su albacea, administrador, cesionario, legatario del remanente, amigo y única persona que lo acompañó al cementerio. Y ni siquiera Scrooge quedó tan afectado por el triste acontecimiento como para no solemnizarlo —excelente hombre de negocios que era— con un trato de lo más ventajoso el día mismo del funeral.

La mención del funeral de Marley me devuelve al punto de partida. No hay duda de que Marley estaba muerto. Esto hay que entenderlo con toda claridad; de lo contrario la historia que me dispongo a relatar perdería todo su encanto. Si no estuviéramos convencidos de que el padre de Hamlet muere antes de que empiece la obra, no tendría nada de particular que se diera un paseo de noche, con viento de levante, por las murallas de su castillo: no pasaría de hacer lo mismo que cualquier otro caballero de edad avanzada que, después de oscurecido, se presenta de manera imprudente en un sitio ventoso —pongamos el cementerio de San Pablo— para dejar estupefacto a su hijo, un poco inestable mentalmente.

Scrooge nunca borró el nombre del viejo Marley. Allí seguía, años después, encima de la puerta de su negocio: Scrooge y Marley. A la empresa se la conocía como Scrooge y Marley. Y los recién llegados unas veces llamaban Scrooge a Scrooge, y otras lo llamaban Marley, pero él contestaba en ambos casos. Le daba lo mismo.

Y es que el bueno de Scrooge tenía la mano bien firme en la piedra de afilar. ¡Era un avaro que sabía apretar, arrancar, torcer, empujar, rascar y sobre todo no soltar nunca! Duro y cortante como el pedernal, ningún acero había hecho que se le escapara nunca una chispa de generosidad; cerrado, sellado, solitario como una ostra. El frío interior le helaba las viejas facciones, le mordía la nariz puntiaguda, le arrugaba las mejillas, le agarrotaba las extremidades, le enrojecía los ojos y le amorataba los labios; y se manifestaba hacia el exterior en el tono agrio de su voz. Una escarcha helada le teñía la cabeza, las cejas y la barbilla enjuta. Siempre lo acompañaba su baja temperatura; helaba su despacho en los días de canícula; y tampoco entraba en calor por el hecho de ser Navidad.

El calor y el frío de fuera le influían muy poco. Ninguna tibieza lo calentaba, ni tiempo invernal alguno lo enfriaba. Ningún viento, por mucho que soplara, era más cortante que él, ninguna nieve que cayera estaba más concentrada en su propósito, ninguna lluvia violenta menos dispuesta a escuchar súplicas. El mal tiempo no sabía cómo hacer presa en él. La lluvia más intensa, la nieve y el granizo, al igual que el aguanieve, solo podían presumir de aventajarlo en una cosa. Ellos, a menudo, caían “con profusión”; en el caso de Scrooge, eso no sucedía nunca.

Nadie lo paraba en la calle para decirle, con alegre sorpresa: “Mi querido Scrooge, ¿qué tal está? ¿Cuándo vendrá a verme?”. Ningún mendigo le pedía un óbolo, ni los niños le preguntaban la hora, ni tampoco hombre o mujer se le acercaron una sola vez en toda su vida para averiguar cómo ir a tal o cual sitio. Incluso los perros de los ciegos parecían conocerlo; y cuando lo veían acercarse, tiraban de sus dueños para meterlos en un portal o en el interior de un patio, y luego movían la cola como si dijeran: “¡Que no lo vean a uno siempre es más seguro que el mal de ojo, pobre amo mío!”.

Pero ¡qué más le daba a Scrooge! Era precisamente eso lo que le gustaba. Para Scrooge, abrirse camino por los abarrotados senderos de la vida advirtiendo a la buena gente de la conveniencia de guardar las distancias era como engullir pastelillos para el goloso.

Sucedió en cierta ocasión —de todos los días hermosos que hay en el año, una Nochebuena— que el viejo Scrooge trabajaba como de costumbre en su establecimiento. El tiempo era frío, desolado, cortante, neblinoso; y él oía a la gente fuera que estornudaba mientras iba de aquí para allá, que se golpeaba el pecho con las manos y que daba patadas a los adoquines para tratar de calentarse. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres, pero ya había oscurecido —apenas hubo luz en todo el día— y empezaban a encenderse velas en las ventanas de los despachos vecinos, como manchas rojizas en un aire gris y espeso. La niebla se introducía por las rendijas y los ojos de las cerraduras y se espesaba tanto en el exterior que, si bien el patio era de los más estrechos, las casas del otro lado no pasaban de simples fantasmas. Al ver las nubes oscuras descender más y más, ennegreciéndolo todo, se podría haber pensado que la Naturaleza había venido a instalarse allí cerca, y que fabricaba cerveza a gran escala.

La puerta del despacho estaba abierta porque Scrooge no quería perder de vista a su empleado, que, situado un poco más lejos, en un sombrío cubículo, una especie de celda de presidiario, pasaba cartas a limpio. Scrooge disponía de un fuego pequeño, pero el del empleado era tan diminuto que parecía no tener más que un trozo de carbón. No podía, sin embargo, añadirle combustible, porque Scrooge guardaba el cubo en su cuarto; y, todas las veces que el pobre desgraciado entraba con la pala, su patrón le anticipaba que no iba a tener más remedio que despedirlo. Con lo que el empleado se ponía su bufanda blanca y trataba de calentarse con la vela, esfuerzo en el cual, por ser hombre de poca imaginación, fracasaba.

—¡Feliz Navidad, tío! ¡Que Dios le bendiga! —exclamó una voz alegre. Era el sobrino de Scrooge, y había aparecido tan de repente que aquella exclamación fue la primera señal que recibió su tío de su presencia.

—¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Paparruchas!

Tanto se había calentado caminando a buen paso entre la niebla y el hielo aquel sobrino de Scrooge que estaba todo él resplandeciente, el rostro encendido y cordial; los ojos le brillaban y lanzaba nubes de vapor con la respiración.

—¿Paparruchas las Navidades, tío? —preguntó el recién llegado—. Estoy seguro de que no lo dice en serio.

—Claro que sí —respondió Scrooge—. ¿Por qué demonios estás tan alegre? ¿Qué motivos tienes para regocijarte? No has salido de pobre, que yo sepa.

—Vamos, vamos —replicó alegremente el sobrino—. ¿Qué derecho tiene usted a verlo todo tan negro? ¿Qué razón aduce para estar taciturno? No le falta dinero, que yo sepa.

Scrooge, incapaz de improvisar sobre la marcha una respuesta contundente, repitió su “¡Bah!”. y concluyó de nuevo con su “¡Paparruchas!”.

—¡No se enfade, tío! —dijo el sobrino.

—¿Cómo no me voy a enfadar —replicó el tío—, si vivo en semejante mundo de estúpidos? ¡Feliz Navidad! ¡Al infierno con vuestra feliz Navidad! ¿Qué son las navidades excepto un tiempo para no tener dinero con que pagar las facturas; para descubrir que ha pasado un año más pero no eres ni una hora más rico; una época para cuadrar tu contabilidad y tener todos tus asientos, a lo largo, nada menos, de doce meses, presentados sin remedio contra ti? Si de mí dependiera —dijo Scrooge lleno de indignación— a todo imbécil que va por ahí con “¡Feliz Navidad!”. en los labios, habría que cocerlo con su propio pudín y enterrarlo con una rama de acebo clavada en el corazón. ¡Te lo aseguro!

—¡Tío! —suplicó el sobrino.

—¡Sobrino! —replicó Scrooge con dureza—. Celebra la Navidad a tu manera y déjame que yo la celebre a la mía.

—¡Celebrarla! —repitió el sobrino—. Pero ¡si usted no la celebra!

—Déjame entonces que la olvide —dijo Scrooge—. ¿Es que a ti te va a servir de algo celebrarla? ¿Te ha servido de algo alguna vez?

—Hay muchas cosas de las que podría haberme beneficiado y que no he sabido aprovechar, me atrevo a decir —replicó el sobrino—. La Navidad entre otras. Pero estoy seguro de que siempre he pensado en ella, cuando llega (aparte de la veneración debida a lo sagrado de su nombre y de su origen, si es que algo relacionado con ella se puede separar de eso), como una buena época; un tiempo de amabilidad, de perdón, de caridad, de alegría; la única época, que yo sepa, en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen, de común acuerdo, abrir su corazón sin restricciones, y pensar en sus inferiores como si de verdad fuesen compañeros de viaje hacia la tumba, y no otra raza de criaturas empeñadas en recorridos completamente distintos. Y en consecuencia, tío, aunque nunca me ha metido en el bolsillo ni una pizca de oro ni de plata, creo que la Navidad me ha hecho bien, y me lo seguirá haciendo; y lo que digo es: ¡que Dios la bendiga!

El empleado, desde su celda, aplaudió sin querer. Como se dio cuenta en el acto de la incorrección cometida, atizó el fuego y acabó para siempre con el último débil destello.

—Como le oiga a usted hacer algún otro ruido —dijo Scrooge— ¡celebrará la Navidad perdiendo su empleo! Eres un orador muy elocuente, caballerete —añadió, volviéndose hacia su sobrino—. Me pregunto por qué no estás aún en el Parlamento.

—No se enfade, tío. ¡Vamos! Venga mañana a cenar con nosotros.

Scrooge dijo que lo vería en el… Sí; cierto que lo hizo. Dijo la frase entera, y añadió que antes lo vería en aquella situación extrema.

—Pero ¿por qué? —exclamó el sobrino de Scrooge—. ¿Por qué?

—¿Por qué te casaste? —preguntó Scrooge.

—Porque me enamoré.

—¡Porque te enamoraste! —gruñó Scrooge, como si aquello fuese la única cosa del mundo más ridícula que una feliz Navidad—. ¡Buenas tardes!

—No, tío, recuerde que tampoco venía usted a verme antes de que eso sucediera.

¿Por qué darlo como una razón para no hacerlo ahora?

—Buenas tardes —dijo Scrooge.

—No quiero nada de usted; no le pido nada; ¿por qué no podemos ser amigos?

—Buenas tardes —repitió Scrooge.

—Siento, de todo corazón, encontrarlo tan mal dispuesto. Nunca nos hemos peleado, al menos por la parte que me toca. Pero hago este intento en homenaje a la Navidad, y voy a conservar mi humor navideño hasta el final. De manera que, ¡felices navidades, tío!

—¡Buenas tardes! —insistió Scrooge.

—¡Y próspero Año Nuevo!

—¡Buenas tardes!

El sobrino, de todos modos, salió del despacho sin una palabra de enfado. Se detuvo en la puerta para felicitar la Navidad al empleado, quien, pese al frío que estaba pasando, se mostró más cálido que Scrooge, porque devolvió la felicitación con la mayor cordialidad.

—Otro que tal baila —murmuró Scrooge, que oyó lo que decía—: mi empleado, con quince chelines a la semana, mujer e hijos, hablando de una Navidad feliz. Como para irse al manicomio.

El supuesto loco, al abrir la puerta para dejar salir al sobrino de Scrooge, permitió el paso a otras dos personas. Eran caballeros corpulentos, de aspecto agradable, que avanzaron, destocados, hasta entrar en el despacho de Scrooge. Traían en las manos libros y papeles y le hicieron una inclinación de cabeza.

—Scrooge y Marley, según creo —dijo uno de los caballeros, consultando su lista

—.¿Tengo el placer de dirigirme al señor Scrooge o al señor Marley?

—El señor Marley lleva siete años enterrado —replicó Scrooge—. Murió hace siete años, la noche de este mismo día.

—No nos cabe la menor duda de que la liberalidad de la firma está bien representada en la persona del socio supérstite —dijo el caballero, al tiempo que presentaba sus credenciales.

Desde luego que sí, porque habían sido almas gemelas. Ante la ominosa palabra “liberalidad”, Scrooge frunció el entrecejo, movió la cabeza y devolvió las credenciales.

—En esta época festiva, señor Scrooge —dijo el caballero, tomando una pluma—, es, si cabe, más deseable que de ordinario hacer una pequeña donación para los pobres y los necesitados, que sufren lo indecible en el momento presente. A muchos miles de personas les faltan hasta las cosas más necesarias; cientos de miles necesitan los consuelos más elementales, señor mío.

—¿No hay cárceles? —preguntó Scrooge.

—En gran número —respondió el caballero, dejando la pluma.

—¿Y los talleres para los pobres? —quiso saber Scrooge—. ¿Siguen todavía en funcionamiento?

—Así es. Todavía —respondió el caballero—. Bien me gustaría decir que no.

—¿La rueda de disciplina y la Ley de Pobres siguen en pleno vigor, entonces? — insistió Scrooge.

—Las dos se aplican, señor mío.

—Ah. Me temía, por lo que acaba de decirme, que hubiera sucedido algo para detenerlas en su útil operación —dijo Scrooge—. Me alegro de saberlo.

—Como algunos estamos convencidos de que proporcionan en muy escasa medida alegría cristiana al espíritu y al cuerpo —respondió el caballero—, nos hemos propuesto recaudar fondos para comprar a los pobres comida y bebida, y medios para calentarse. Elegimos esta época porque son unas fechas, entre todas, en las que la necesidad se siente en lo más vivo y la abundancia alegra. ¿Con qué cantidad querrá que lo apunte?

—¡Con ninguna! —replicó Scrooge.

—¿Desea hacerlo en el anonimato?

—Deseo que se me deje en paz —dijo Scrooge—. Puesto que me preguntan ustedes lo que deseo, tal es mi respuesta. La Navidad no me procura ninguna alegría y no me puedo permitir alegrar a los desocupados. Ayudo a financiar los establecimientos que he mencionado, que son bastante onerosos; y es ahí donde deben ir quienes carecen de medios.

—Muchos no pueden; y muchos preferirían morir.

—Si prefieren morir —replicó Scrooge—, será mejor que lo hagan y contribuyan a disminuir el exceso de población. Por lo demás, perdónenme, no me consta tal extremo.

—Pero podría llegar a constarle —observó el caballero.

—No es asunto mío —arguyó Scrooge—. Basta con que un hombre entienda sus propios negocios y no interfiera en los de otras personas. Los míos me ocupan todo el tiempo. ¡Buenas tardes, caballeros!

Al ver con claridad meridiana que sería inútil insistir, los caballeros se marcharon. Scrooge reanudó sus trabajos con una opinión más favorable sobre sí mismo, y con un humor, en su caso, más burlón que de ordinario.

Mientras tanto la niebla y la oscuridad se habían espesado tanto que la gente corría de aquí para allá con teas encendidas, ofreciendo sus servicios para ir delante de los coches de caballos y mostrarles el camino. La centenaria torre de una iglesia, cuya áspera y vieja campana miraba siempre de reojo a Scrooge desde una ventana gótica, se hizo invisible, y daba las horas y los cuartos en las nubes, seguido todo ello de unas vibraciones tan tremendas como si le castañetearan, allá en lo alto, los dientes en su cabeza helada. El frío se volvió intenso. En la calle principal, en la esquina del patio, algunos obreros arreglaban las tuberías del gas, y habían encendido un gran fuego en un brasero, alrededor del cual se reunía un grupo de hombres y muchachos andrajosos: se calentaban las manos y guiñaban, encantados, los ojos delante de las llamas. El agua de la fuente, abandonada a su suerte, se había helado melancólicamente, convirtiéndose en hielo misantrópico. El brillo de las tiendas donde las ramitas y las bayas de acebo crepitaban al calor de las luces de los escaparates sonrojaba los pálidos rostros de los viandantes. Pollerías y tiendas de ultramarinos se convertían en bromas espléndidas: un desfile glorioso, con el que era prácticamente imposible creer que estuvieran relacionados principios tan grises como tratos y ventas. El lord alcalde, en su poderosa fortaleza del Ayuntamiento, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y criados para celebrar la Navidad como debe hacerse en el hogar del lord alcalde; e incluso el insignificante sastre, al que se había multado con cinco chelines el lunes anterior por estar borracho y mostrarse pendenciero en la calle, removía el pudín del día siguiente en su buhardilla, mientras su flaca esposa y su bebé salían a la calle para comprar carne.

Siguieron aumentando las nubes y el frío. Un frío que penetraba, que cortaba, que mordía. Si el bueno de san Dunstan se hubiera limitado a morderle la nariz al Espíritu Maligno con un toque de mal tiempo como aquél, en lugar de utilizar sus armas habituales, el demonio habría rugido aún con mayor fuerza. El propietario de una joven naricilla, roída por el frío famélico tanto como los huesos por los perros, se agachó ante el ojo de la cerradura para obsequiarle con un villancico, si bien nada más oír las primeras palabras Dios le conserve, amable señor, o el cuerpo y alegre el corazón, Scrooge se apoderó de una regla con tanta energía y determinación que el cantor huyó, aterrorizado, y abandonó el ojo de la cerradura a la niebla y a la escarcha, mucho más acordes con la disposición anímica del cambista.

Llegó por fin el momento de cerrar la contaduría. A regañadientes Scrooge descendió de su escabel y admitió tácitamente el fin de aquella jornada laboral; el empleado, expectante en su cubículo, apagó al instante la vela y se puso el sombrero.

—Querrá usted tener libre todo el día de mañana, imagino.

—Si es conveniente, señor Scrooge.

—No es conveniente —fue su respuesta—, ni justo. Si le retuviera media corona de su sueldo, se consideraría tratado injustamente, no me cabe la menor duda.

El empleado esbozó una pálida sonrisa.

—Y, sin embargo —señaló Scrooge—, no le parece injusto que yo pague el sueldo de un día sin recibir trabajo a cambio.

El empleado hizo notar que semejante circunstancia solo se producía una vez al año.

—¡Una excusa poco válida para meterme la mano en el bolsillo todos los 25 de diciembre! —exclamó Scrooge, mientras se abotonaba el abrigo hasta la barbilla—. Y supongo que necesitará el día en su totalidad. Pero pasado mañana trate al menos de estar aquí a su hora.

El empleado prometió que así sería, y Scrooge salió refunfuñando. La oficina quedó cerrada en un santiamén y el empleado, con los largos extremos de su bufanda blanca colgándole por debajo de la cintura (porque no disponía de abrigo), fue a deslizarse veinte veces por un tobogán en Carnhill, detrás de una hilera de muchachos, para celebrar así la Nochebuena, y luego corrió hasta su casa en Camden Town lo más deprisa que pudo, con la intención de jugar a la gallina ciega.

Scrooge consumió su melancólica cena en su taberna habitual, igualmente melancólica; y, después de leer todos los periódicos y de pasar agradablemente el resto de la velada con su cuaderno de contabilidad, volvió a su casa para acostarse. Vivía en el mismo alojamiento que ocupara antiguamente su difunto socio. Se trataba de una serie de habitaciones oscuras en fila que formaban parte de un viejo edificio sombrío, situado al final de un patio, en un lugar donde resultaba tan absurda su presencia que difícilmente podía dejar de pensarse que había llegado allí corriendo cuando, todavía joven, jugaba al escondite con otras casas, y que luego había terminado por olvidarse de cómo salir. Era ya viejo, y bastante triste, porque allí solo vivía Scrooge: las restantes habitaciones se alquilaban para oficinas. El patio estaba tan oscuro que incluso él, que se conocía de memoria hasta la última piedra, tenía que encontrar el camino a tientas. La niebla y la escarcha se acumulaban de tal manera en su vieja entrada sombría que era como si el genio del invierno se sentara, tristemente meditabundo, en el umbral.

Si bien es del todo cierto que la aldaba de la puerta no tenía nada de extraordinario, excepto que era muy grande, también es una verdad incontrovertible que Scrooge la había visto, día y noche, todo el tiempo que llevaba residiendo en aquel sitio; quedaba igualmente fuera de duda que el viejo cambista tenía tan poco de lo que se conoce con el nombre de imaginación como cualquier otra persona de la ciudad de Londres, sin excluir —lo que es toda una audacia— al consistorio, a los concejales y a la servidumbre. Tampoco debemos perder de vista que Scrooge no había vuelto a pensar en Marley desde que por la tarde lo habían confundido con su antiguo socio, bajo tierra desde hacía ya siete años. Y luego que alguien venga a explicarme, si es que puede, cómo sucedió que Scrooge, al introducir la llave en la cerradura de la puerta, vio en el llamador, sin que aquel objeto sufriera ningún proceso intermedio de cambio, no una aldaba, sino el rostro de Marley.

El rostro de Marley. No se trataba de una sombra impenetrable, como los otros objetos del patio, sino que parecía rodearlo una luz siniestra, como de crustáceo en mal estado en un sótano oscuro. Su expresión no tenía nada de enojo ni de ferocidad; se limitaba a mirar a Scrooge como Marley solía hacerlo: con los fantasmales lentes alzados sobre una frente igualmente fantasmal y los cabellos curiosamente alborotados como por el soplo de alguien o por aire caliente; y, si bien los ojos estaban del todo abiertos, no se movían en absoluto. Eso, y su lívida palidez, lo hacían horrible; pero el horror que inspiraba parecía ajeno al rostro y sin control por parte del interesado, por lo que no era, en realidad, un componente de su expresión.

Mientras Scrooge observaba aquel fenómeno, el rostro de Marley volvió a convertirse en llamador.

Decir que el cambista no se sobresaltó ni sintió en sus entrañas una impresión terrible que no había vuelto a experimentar desde la infancia sería faltar a la verdad. Pero colocó de nuevo la mano sobre la llave que había abandonado en la cerradura, la hizo girar con decisión, entró en la casa y encendió su vela.

Hizo una pausa, al tener un momento de vacilación, antes de cerrar la puerta; y procedió a mirar, precavido, hacia atrás, en primer lugar, como si temiera a medias espantarse con el espectáculo de la coleta de Marley sobresaliendo hacia el vestíbulo. Pero no había nada del otro lado de la puerta, excepto los tornillos y las tuercas que sujetaban el llamador, de manera que dijo “¡Bah!”, y la cerró con fuerza.

El portazo resonó por toda la casa como un trueno. Cada una de las habitaciones de los pisos superiores, así como los toneles en las bodegas del vinatero, se hicieron eco del ruido por propia iniciativa. Pero Scrooge no era hombre que se dejase amedrentar por unos ecos. Cerró la puerta con llave, atravesó el vestíbulo y subió las escaleras; lo hizo despacio y, además, despabiló la vela de camino.

Me hablarán ustedes de subir un coche de seis caballos por una buena y amplia escalera de otros tiempos o de “pasar” en el Parlamento un mal proyecto y convertirlo en Ley; pero lo que quiero decirles es que se podría haber hecho subir una carroza fúnebre por aquella escalera, incluso colocada de través, con la barra a la que se atan los tirantes de los caballos hacia la pared y la portezuela hacia la balaustrada y hacerlo sin dificultad. Había anchura suficiente para ello y aún sobraba espacio; lo que quizá fuese la razón de que Scrooge creyera ver un coche fúnebre en movimiento que lo precedía en la oscuridad. Media docena de faroles de gas de la calle no hubieran iluminado la entrada por completo, de manera que pueden ustedes suponer que todo seguía bastante oscuro pese a la vela de Scrooge.

Pero el cambista subió, sin importarle un comino todo aquello: la oscuridad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de cerrar con llave la puerta de su vivienda, muy pesada, recorrió sus habitaciones para comprobar que todo estaba en orden. Se acordaba lo bastante de la cara fantasmal de Marley para desear hacerlo.

Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo tranquilo. Nadie debajo de la mesa, nadie debajo del sofá; un fuego modesto en la chimenea; cuchara y tazón, listos; y un cacillo de gachas (Scrooge estaba resfriado) sobre el fogón. Nadie debajo de la cama; nadie en el armario; nadie en su bata, que colgaba en actitud sospechosa contra la pared. El trastero, como de costumbre. Vieja pantalla de chimenea, zapatos viejos, dos cestas para pescado, lavabo sobre tres patas y un atizador para el fuego.

Satisfecho, cerró la puerta y echó la llave; le dio dos vueltas, algo contrario a sus costumbres. Protegido así contra las sorpresas, se despojó de la corbata; se puso la bata, las zapatillas y el gorro de dormir; y se sentó delante de la chimenea para tomarse las gachas.

El fuego era en verdad modesto; insuficiente para una noche tan fría. Scrooge se vio obligado a sentarse muy cerca, y casi a incubarlo para extraer una mínima sensación de calor de tan exiguo montón de combustible. La chimenea era antigua, construida por algún comerciante holandés hacía mucho tiempo, y recubierta de pintorescos azulejos también holandeses, pensados para ilustrar las Sagradas Escrituras. Allí había Caínes y Abeles, hijas de Faraón, reinas de Saba, mensajeros angélicos que descendían por el aire en nubes como lechos de plumas, Abrahames, Baltasares, apóstoles que se hacían a la mar en barcos con forma de salsera, cientos de figuras para atraer la atención de Scrooge; el rostro de Marley, sin embargo, muerto de siete años, aparecía como la vara de Moisés, y se lo tragaba todo. Si, para empezar, cada liso azulejo hubiese estado en blanco, con capacidad para formar en su superficie una imagen con los fragmentos inconexos de los pensamientos del cambista, habría habido una reproducción de la cabeza del viejo Marley en cada uno de ellos.

—¡Paparruchas! —dijo Scrooge, antes de empezar a pasearse por la habitación.

Después de dar varias vueltas volvió a sentarse. Al reclinar la cabeza en el respaldo de la silla, su mirada tropezó con una campana, una campana en desuso, que colgaba del techo del cuarto de estar y que comunicaba, por algún propósito — olvidado ya—, con una cámara en el piso superior del edificio. Sucedió que, con gran asombro y un miedo extraño, inexplicable, Scrooge vio que la campana empezaba a balancearse. Al principio tan suavemente que apenas hacía ruido; pero pronto resonó con fuerza, y lo mismo sucedió con todas las campanas de la casa.

Aquello duró quizá medio minuto, o un minuto, pero a Scrooge le pareció una hora. Las campanas callaron como habían empezado, todas al mismo tiempo. Siguió un ruido metálico, muy profundo y subterráneo, como si alguien arrastrase una enorme cadena sobre los barriles en la bodega del vinatero. Scrooge recordó entonces haber oído que cuando se describía a los fantasmas de las casas encantadas siempre arrastraban cadenas.

La puerta de la bodega se abrió con un ruido retumbante, y a continuación Scrooge oyó otro, mucho más fuerte, en el piso de abajo; luego algo subió las escaleras y se dirigió directamente hacia su puerta.

—¡Siguen siendo paparruchas! —dijo Scrooge—. No me lo voy a creer.

Su color cambió, sin embargo, cuando, sin pausa, la aparición atravesó la pesada puerta y se presentó en la habitación, delante de sus ojos. Al aparecer el fantasma, la llama agonizante dio un salto como si gritase “¡Lo conozco! ¡El difunto Marley!”, antes de volver a caer.

El mismo rostro: exactamente el mismo. Marley con la coleta, el chaleco habitual, calzas y botas; las borlas de estas últimas, erizadas, como la coleta, los faldones del chaquetón y los cabellos. La cadena que arrastraba la llevaba sujeta a la cintura. Era larga, se le enroscaba como una cola y estaba hecha (porque Scrooge la vio muy de cerca) de cajas de caudales, llaves, candados, libros de contabilidad, escrituras, y macizos monederos trabajados en acero. El cuerpo de Marley era transparente, por lo que Scrooge, al contemplarlo y atravesar el chaleco con la vista, veía los dos botones en la parte de atrás del chaquetón.

Scrooge había oído decir a menudo que Marley carecía de entrañas, pero no se lo había creído hasta aquel momento.

No; tampoco se lo creyó, incluso ahora. Pese a examinar al fantasma de arriba abajo y de verlo delante de él, pese a sentir la influencia heladora de sus ojos, fríos como la muerte, y pese a reparar en la textura misma del pañuelo doblado que le ataba la cabeza y la barbilla, envoltura en la que no había reparado antes, siguió sin creérselo y luchó contra la evidencia de sus sentidos.

—¿Qué significa esto? —dijo Scrooge, tan cáustico y frío como siempre—. ¿Qué quieres de mí?

—¡Muchas cosas! —La voz de Marley, con toda certeza.

—¿Quién eres?

—Pregúntame quién era.

—¿Quién eras si puede saberse? —dijo Scrooge, alzando la voz—. Muy puntilloso, para no ser más que una sombra. —Iba a decir “sin sombra de duda”, pero al final optó por lo otro, como más apropiado.

—En vida era tu socio, Jacob Marley.

—¿Te es posible…? ¿Te puedes sentar? —preguntó Scrooge, mirándolo, dubitativo.

—Sí que puedo.

—Siéntate, entonces.

Scrooge hizo la pregunta porque ignoraba si un fantasma tan transparente estaba en condiciones de ocupar una silla; y le pareció que, en el caso de que fuera imposible, quizá acarrease la necesidad de una explicación embarazosa. Pero el fantasma tomó asiento en el lado opuesto de la chimenea, como si estuviera muy acostumbrado a hacerlo.

—No crees en mí —señaló el fantasma.

—No —replicó Scrooge.

—¿Qué prueba necesitas de mi existencia, además del testimonio de tus sentidos?

—No lo sé —dijo Scrooge.

—¿Por qué dudas de tus sentidos?

—Porque —respondió Scrooge— la cosa más insignificante los afecta. Un ligero trastorno estomacal hace que te engañen. Puedes ser una tajada de carne mal digerida, media cucharadita de mostaza, un trocito de queso, un pedazo de patata poco hecho. Seas lo que seas me haces pensar más en el asado que en el pasado.

Scrooge no tenía por costumbre hacer chistes, ni tampoco se sentía, en aquel momento, inclinado a mostrarse jocoso. La verdad es que ensayaba el ingenio como manera de distraer sus pensamientos y de superar el miedo; porque la voz del espectro hacía que se estremeciera hasta el tuétano de los huesos.

Quedarse quieto mirando en silencio por un momento aquellos ojos helados, fijos en él, le pareció una prueba sin duda diabólica. Había algo terrible, además, en el hecho de que el espectro se le apareciera rodeado de una atmósfera infernal toda suya. Él no lo sentía personalmente, pero resultaba a todas luces evidente; porque, si bien el fantasma estaba por completo inmóvil, sus cabellos, los faldones y las borlas de las botas seguían agitados como por los vapores calientes de un horno.

—¿Ves este mondadientes? —preguntó Scrooge, volviendo rápidamente a la carga, por la razón que acaba de exponerse, y deseoso, aunque fuera solo por un segundo, de alejar de él la mirada pétrea de su huésped.

—Lo veo —replicó el fantasma.

—No lo estás mirando —se quejó Scrooge.

—Lo veo de todos modos —dijo el otro.

—¡Vaya! —replicó Scrooge—: si acepto que existes, me veré perseguido el resto de mis días por una legión de trasgos, todos de mi propia cosecha. ¡Paparruchas, te lo aseguro! ¡Nada más que paparruchas!

Al oír esto el fantasma lanzó un grito horroroso, y agitó sus cadenas con un ruido tan sombrío y atroz que Scrooge se pegó lo más que pudo a la silla, para evitar desmayarse. Su espanto, sin embargo, creció lo indecible cuando el fantasma procedió a quitarse el pañuelo que le rodeaba la cabeza, como si hiciera demasiado calor para seguir llevándolo dentro de casa, y la mandíbula inferior se le cayó sobre el pecho.

Scrooge se arrodilló, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Piedad! —exclamó—. Espantosa aparición, ¿por qué te ensañas conmigo?

—¡Hombre de corazón mundano! —replicó el fantasma—. ¿Crees en mí o no?

—Creo —dijo Scrooge—. No me queda otro remedio. Pero ¿por qué hay espíritus que caminan por la tierra y por qué se me aparecen?

—A todo hombre se le exige —le contestó el fantasma— que el espíritu que habita en su interior salga fuera, entre sus congéneres, y viaje a lo largo y a lo ancho de la tierra; y si no da ese paso en vida, se le condena a hacerlo después de la muerte. Está obligado a errar por el mundo, ¡ah, desdichado de mí!, y presenciar lo que ya no puede compartir, aunque podría haberlo hecho en vida y ¡convertirlo en felicidad!

De nuevo el espectro lanzó un grito, agitó la cadena y se retorció las manos de sombra.

—Estás encadenado —dijo Scrooge, temblando—. Dime por qué.

—Llevo la cadena que me forjé en vida —replicó el fantasma—. La hice eslabón a eslabón y metro a metro; me la ceñí voluntariamente y voluntariamente la llevo. ¿Te resulta extraña su composición?

Scrooge tembló más y más.

—¿O te gustaría saber —prosiguió el espectro— el peso y la longitud de la espiral inmensa que llevas contigo? Era tan pesada y tan larga como ésta hace siete navidades. Y has seguido trabajando en ella desde entonces. ¡Actualmente es una cadena enorme!

Scrooge contempló el suelo, con el temor de encontrarse rodeado de cincuenta o sesenta brazas de un cable de hierro, pero no vio nada.

—Jacob —dijo, suplicante—. Mi buen Jacob Marley, cuéntame más. ¡Ofréceme algún consuelo!

—No tengo ninguno que darte —replicó el fantasma—. Viene de otras regiones, Ebenezer Scrooge: son otros sus ministros y lo llevan a otra clase de hombres. Como tampoco puedo decirte todo lo que quisiera. Es muy escaso el tiempo que se me concede. No se me está permitido descansar, ni quedarme ni demorarme en ningún sitio. Mi espíritu nunca fue más allá de nuestra casa de cambio, ¡tenlo presente! En vida jamás me aventuré más allá de los estrechos límites de nuestro agujero para cambiar dinero; y ¡son bien fatigosos los viajes que me esperan!

Era costumbre de Scrooge meterse las manos en los bolsillos cuando meditaba. Al considerar lo que acababa de decirle el fantasma hizo ahora lo mismo, aunque sin alzar los ojos ni levantar las rodillas del suelo.

—Habrás ido muy despacio, Jacob —señaló con entonación muy seria, aunque también con humildad y deferencia.

—¡Despacio! —repitió el fantasma.

—Muerto siete años —reflexionó Scrooge—. Y ¡viajando todo el tiempo!

—Todo el tiempo —dijo el fantasma—. Sin descanso ni paz. La tortura incesante del remordimiento.

—¿Viajas deprisa? —preguntó Scrooge.

—En las alas del viento —replicó el fantasma.

—Habrás cubierto mucho terreno en siete años —dijo Scrooge.

El fantasma, al oír esto, gritó de nuevo e hizo un ruido tan espantoso con la cadena en el silencio de la noche que habría estado del todo justificado llevarlo ante los tribunales por alteración del orden público.

—¡Ah! Cautivo, encadenado, cargado de cepos —exclamó el fantasma—, por no saber que habrán de pasar siglos y siglos de trabajo incesante realizado por criaturas inmortales en favor de este planeta antes de que el bien posible se desarrolle en su totalidad. Por no saber que todo espíritu cristiano, aun trabajando en la reducida esfera que se le ha concedido, sea cual fuere, encontrará demasiado breve la vida mortal para sus enormes posibilidades de hacerse útil. Por no saber que la inmensidad del remordimiento no compensa las ocasiones perdidas en la propia vida. Pero eso es lo que hice. Así he sido yo.

—Y ¿tu reputación de excelente hombre de negocios, Jacob? —balbució Scrooge, que empezaba a aplicarse todo aquello.

—¡Negocios! —exclamó el fantasma, retorciéndose las manos una vez más—. La humanidad era mi negocio. El bienestar de todos era mi negocio; caridad, misericordia, tolerancia y benevolencia eran, todas ellas, mi negocio. ¡Los asuntos de mi profesión no eran más que una gota de agua en el inmenso océano de mis negocios!

Alzó la cadena todo lo que le permitió la longitud de su brazo, como si fuera la causa de todo su estéril pesar, y luego la arrojó sonoramente contra el suelo una vez más.

—Al término de cada año —dijo el espectro— es cuando más sufro. ¿Por qué anduve entre la multitud de mis semejantes con los ojos bajos, sin alzarlos nunca a esa bendita estrella que condujo a los Reyes Magos hasta un humilde pesebre? ¿Es que no había hogares de desposeídos a los que podría haberme conducido con su luz? Scrooge, más consternado que nunca por las palabras apremiantes del espectro, empezó a temblar como una caña agitada por el vendaval.

—¡Escúchame! —exclamó el fantasma—. Se me acaba el tiempo.

—Te escucho —dijo Scrooge—. Pero ¡no seas duro conmigo! ¡No me aplastes con tu elocuencia, Jacob! ¡Te lo ruego!

—No te puedo explicar por qué aparezco ante ti en forma visible. Has de saber que he estado invisible a tu lado muchos, muchísimos días.

No era una idea agradable. Scrooge se estremeció y se secó el sudor de la frente.

—No es ésa una parte insignificante de mi penitencia —prosiguió el espectro—. Me hallo aquí esta noche para avisarte, para advertirte de que todavía tienes una posibilidad y una esperanza de escapar a mi destino. Una oportunidad y una esperanza que te procuro yo, Ebenezer.

—Siempre has sido un buen amigo —dijo Scrooge—. Mil gracias.

—Recibirás la visita —continuó el fantasma— de tres espíritus.

El semblante de Scrooge palideció casi tanto como lo había hecho el de su antiguo socio.

—¿Es ésa la oportunidad y la esperanza de la que has hablado, Jacob? — preguntó, con voz casi inaudible.

—Lo es.

—Creo que… casi preferiría que no se presentaran —dijo Scrooge.

—Sin esas visitas —replicó el fantasma— no esperes evitar el camino que he seguido yo. Espera al primero mañana, cuando el reloj dé la una de la madrugada.

—¿No podría recibirlos al mismo tiempo y acabar de una vez, Jacob? —sugirió Scrooge.

—El segundo se presentará la noche siguiente a la misma hora. Y el tercero una noche después, cuando haya cesado de resonar la última campanada de las doce. No esperes volver a verme; pero, por tu propio bien, ¡no olvides nada de lo que hemos hablado aquí!

Dichas estas palabras, el espectro recogió el pañuelo que había dejado sobre la mesa y volvió a atárselo, como antes, alrededor de la cabeza. Scrooge lo supo por el ruido seco de los dientes al juntarse las mandíbulas. Se atrevió entonces a alzar los ojos una vez más y vio delante de él a su visitante de ultratumba en actitud erguida y con la cadena recogida por encima y alrededor de un brazo.

La aparición se retiró de espaldas y, con cada paso, la ventana se fue abriendo un poco, por lo que al llegar Marley a su altura estaba abierta de par en par.

Hizo entonces una señal a Scrooge para que se acercara, y el cambista le obedeció. Cuando estaban a dos pasos el uno del otro, el fantasma alzó la mano, indicándole que no se acercara más. Scrooge se detuvo.

No tanto por obediencia como sorprendido y asustado: porque en el momento en que el fantasma alzó la mano advirtió la presencia de ruidos confusos en el aire; rumores incoherentes de pesar y desesperación; gemidos indescriptiblemente apesadumbrados y llenos de remordimientos. El fantasma, después de escuchar unos instantes, se unió al lúgubre coro y desapareció, flotando, en la noche oscura y desolada.

Dominado por la curiosidad, Scrooge siguió al espectro hasta la ventana y miró fuera.

El aire estaba lleno de fantasmas que iban de un lado a otro, como almas en pena, al tiempo que lanzaban gemidos. Todos arrastraban cadenas como el fantasma de Marley; unos cuantos (quizá gobernantes culpables) estaban encadenados juntos, y ninguno libre por completo. A muchos los había conocido Scrooge personalmente. Un viejo fantasma, de chaleco blanco, al que había tratado de manera bastante íntima, llevaba atada al tobillo una monstruosa caja de caudales, y lloraba lastimeramente por no poder ayudar a una desgraciada mujer con un niño de corta edad, a los que veía debajo, en el quicio de una puerta. El suplicio de todos ellos era, sin duda, que deseaban intervenir, para hacer el bien, en los asuntos humanos, pero habían perdido la capacidad de hacerlo.

Si aquellos seres se disolvieron en la niebla o si la niebla los envolvió es algo que Scrooge no llegó a saber. Pero tanto ellos como sus voces desaparecieron por completo; y la noche volvió a ser como antes, cuando regresaba andando a casa.

Cerró la ventana y examinó la puerta por la que había entrado el espectro. Estaba cerrada con dos vueltas de llave, que él mismo había dado con sus propias manos, y nadie había tocado los cerrojos. Trató de decir: “¡Paparruchas!”, pero se detuvo en la primera sílaba. Y al encontrarse, ya fuese por las emociones sufridas, o la fatiga del día, o el atisbo del mundo invisible, o la triste conversación con el espectro, o lo avanzado de la hora, muy necesitado de reposo, Scrooge se fue directamente a la cama, sin desvestirse, y se durmió al instante.

SEGUNDA ESTROFA – EL PRIMERO DE LOS TRES ESPÍRITUS

Cuando Scrooge se despertó, el mundo estaba tan oscuro que, al mirar desde la cama, apenas supo distinguir la ventana de las paredes opacas de su dormitorio. Y se esforzaba, con sus ojos de hurón, por penetrar la oscuridad cuando, en una iglesia vecina, sonaron los cuatro cuartos, de manera que esperó a que el reloj diera la hora.

Con gran sorpresa para él, la enorme campana no se detuvo en las seis; pasó a las siete, de las siete a las ocho y así, sucesivamente, hasta las doce; después se detuvo.

¡Las doce! Y él se había acostado pasadas las dos de la madrugada. El reloj estaba mal. Se le debía de haber helado la maquinaria. ¡Las doce!

Tocó el resorte de su reloj de repetición, para corregir el despropósito del otro. El pulso rápido de su maquinaria latió doce veces y luego se detuvo.

—¡Cómo! ¡No es posible —dijo Scrooge— que haya dormido todo un día y buena parte de la noche siguiente! ¡Tampoco es posible que le haya sucedido algo al sol y que sean las doce del mediodía!

Esta última posibilidad era tan alarmante que saltó de la cama y llegó a tientas hasta la ventana. Se vio obligado a quitar la escarcha con la manga de la bata para poder ver algo; y no fue mucho lo que distinguió. Apenas pudo comprobar que la niebla seguía siendo espesa y el frío intenso, y que no se oía ruido en la calle, ni estrépito de gente corriendo de aquí para allá, como sucedería si la noche hubiera desbancado al luminoso día y tomado posesión del mundo. Eso le supuso un gran alivio, porque, si ya no fuese posible contar los días, ¿no se convertirían sus letras de cambio “a tres días vista, páguese al señor Ebenezer Scrooge o a su orden”, etcétera, etcétera, en algo de tan poco valor como los bonos de Estados Unidos?

Scrooge se acostó de nuevo y se puso a pensar y a pensar, y a dar una y mil vueltas a sus pensamientos, sin llegar a ninguna conclusión. Cuanto más pensaba, más perplejo se sentía; y, cuanto más se esforzaba por no pensar, menos lo conseguía. El fantasma de Marley le preocupaba en grado sumo. Cada vez que decidía, después de madura reflexión, que todo era un sueño, su cerebro regresaba, como cuando se suelta un muelle poderoso, a su primera posición, y planteaba el mismo problema que era necesario volver a resolver: “¿Era o no era un sueño?”.

Scrooge siguió en esta situación hasta que el carillón avanzó tres cuartos de hora más, momento en el que, de repente, recordó el aviso de Marley: iba a recibir una visita cuando el reloj diese la una. Decidió seguir despierto hasta que pasase la hora; y, si se tiene presente que dormir le resultaba tan poco factible como ir al Paraíso, ésa fue quizá la decisión más sensata que estaba a su alcance.

El cuarto de hora se le hizo tan largo que más de una vez tuvo el convencimiento de que debía de haberse adormilado sin darse cuenta y de que había dejado pasar la hora. El reloj, finalmente, resonó en su oído atento.

—¡Talán, talán!

—Y cuarto —dijo Scrooge, contando.

—¡Talán, talán!

—Y media —siguió.

—¡Talán, talán!

—Menos cuarto.

—¡Talán, talán!

—La una —dijo Scrooge, convencido de su triunfo—, y ¡nada más!

Lo dijo antes de que sonara la campana de la hora, que emitió, de inmediato, un tañido profundo, lúgubre, sonoro y melancólico. La luz iluminó al instante el dormitorio y se corrieron las cortinas de su cama.

Les repito que una mano invisible corrió las cortinas de la cama. No las cortinas de los pies, ni las que Scrooge tenía a la espalda, sino aquéllas hacia las que miraba. Las cortinas de su cama se corrieron y Scrooge, incorporándose desde una posición medio recostada, se encontró frente a frente con el visitante sobrenatural que las había abierto, tan cerca como, ahora, estoy yo de usted: y téngase en cuenta que, en espíritu, estoy pegado a su codo.

Era una figura extraña: semejante a un niño, aunque, más que un niño parecía un anciano visto a través de algún medio sobrenatural que le daba la apariencia de haberse alejado hasta quedar reducido a las proporciones de un niño. El cabello, que le cubría el cuello y le bajaba por la espalda, era blanco, como consecuencia de la edad; el rostro, sin embargo, sin una sola arruga, tenía el color de la primera juventud. Los brazos resultaban muy largos y musculosos; las manos, por su parte, también parecían poseer una fuerza poco común. Las piernas y pies, delicadamente formados, estaban, como los miembros superiores, al descubierto. El fantasma llevaba una túnica del blanco más inmaculado; y un lustroso cinturón, de hermoso brillo, le ceñía la cintura. Sostenía en la mano una rama de acebo fresco y muy verde y, en singular contradicción con aquel emblema invernal, su ropa se adornaba de flores estivales. Pero lo más extraño de todo era que de lo más alto de la cabeza le surgía un chorro de luz, brillante y clara, que hacía visible todo lo demás, y que era sin duda la ocasión de que utilizara, en los momentos de tristeza, un enorme apagavelas a modo de gorra, el cual sujetaba ahora bajo el brazo.

Aunque ni siquiera esto, cuando Scrooge contempló a su visitante con detenimiento cada vez mayor, era su cualidad más extraña. Porque, si bien su cinturón centelleaba y relucía tan pronto por una parte como por otra, y lo que era claro en un momento se oscurecía acto seguido, la figura sufría las mismas fluctuaciones y se presentaba de maneras diversas: primero era una cosa con un brazo, después con una pierna, luego con veinte piernas; a continuación un par de piernas sin cabeza y acto seguido una cabeza sin cuerpo; y los miembros que desaparecían no dejaban silueta alguna visible en la densa oscuridad en la que se disolvían. A la larga, por un prodigio singular, la aparición volvía a ser la misma de antes, más precisa y visible que nunca.

—¿Sois, señor mío, el espíritu cuya visita me ha sido anunciada? —preguntó Scrooge.

—¡Lo soy!

La voz era suave y amable. Singularmente baja, como si en lugar de hallarse muy cerca, casi a su lado, se encontrase a gran distancia.

—¿Quién sois y a qué os dedicáis? —quiso saber Scrooge.

—Soy el fantasma de las navidades pasadas.

—¿Pasadas desde hace mucho? —inquirió Scrooge, fijándose en su reducida estatura.

—No; de tus navidades pasadas.

Quizás Scrooge no habría sabido explicarle a nadie el porqué, si se lo hubieran preguntado, pero sintió un gran deseo de ver al espíritu con su gorra, por lo que le suplicó que se cubriera.

—¡Cómo! —exclamó el fantasma—, ¿apagarías tan pronto, con manos mundanas, la luz que doy? ¿No basta con que seas uno de aquéllos cuyas pasiones fabrican esta gorra, y que me han forzado, a través de los siglos, a llevarla bien hundida sobre la frente?

Scrooge, respetuoso, negó toda intención de ofender y rechazó la posibilidad de haber “cubierto” al espíritu de manera deliberada en cualquier etapa de su vida. Después hizo de tripas corazón para preguntarle qué asunto le traía a su casa.

—¡Tu felicidad! —exclamó el fantasma.

Scrooge manifestó su agradecimiento, pero no pudo por menos de pensar que una noche de descanso sin interrupciones habría contribuido mucho más a procurarle semejante fin. El espíritu debía de oír sus pensamientos, porque dijo de inmediato:

—Tu salvación, si lo prefieres. ¡Ten cuidado!

Extendió la mano mientras hablaba y le tomó amablemente por el brazo.

—¡Levántate y sígueme!

Habría sido inútil que Scrooge objetara que el mal tiempo y la hora no eran propicios para un paseo a pie; que la cama estaba tibia, y el termómetro muy por debajo de cero; que se hallaba insuficientemente vestido con sus zapatillas, bata y gorro de dormir; y que estaba acatarrado en aquel momento. La presión, aunque tan suave como la de una mano de mujer, era imposible de resistir. Scrooge se alzó, pero, al descubrir que el espíritu se dirigía hacia la ventana, lo sujetó por la túnica, suplicante.

—Soy mortal —protestó—, y propenso a caer.

—Permite tan solo que mi mano te toque ahí —dijo el espectro, colocándosela sobre el corazón—, porque eso bastará para sostenerte además en otras muchas pruebas.

Mientras el espíritu pronunciaba aquellas palabras, atravesaron la pared y se encontraron en una carretera rural, con campos a los lados. La ciudad había desaparecido por completo. No quedaba el menor rastro de ella y habían desaparecido, además, la oscuridad y la niebla, porque era un día de invierno claro y frío, con nieve en el suelo.

—¡Dios todopoderoso! —exclamó Scrooge, las manos unidas en un gesto de supremo asombro mientras miraba a un lado y a otro—. Me crié en este sitio. ¡Es aquí donde pasé mi infancia!

El espíritu lo contempló con simpatía. La presión de su mano, aunque había sido suave y de muy breve duración, aún la sentía el anciano. Scrooge captaba mil olores que flotaban en el aire, ¡cada uno de ellos relacionado con mil pensamientos, esperanzas, alegrías y preocupaciones olvidados desde hacía mucho, muchísimo tiempo!

—Te tiemblan los labios —dijo el fantasma—. Y ¿qué es eso que te ha aparecido en la mejilla?

Scrooge balbució, con una inusitada emoción en la voz, que no era más que un granito, y suplicó al fantasma que lo condujera donde quisiese.

—¿Te acuerdas del camino? —quiso saber el espíritu.

—¡Que si me acuerdo! —exclamó Scrooge con fervor—; podría recorrerlo con los ojos vendados.

—¡Qué extraño que lo hayas olvidado tantos años! —observó el fantasma—. Sigamos.

Avanzaron por la carretera, y Scrooge reconoció todas las puertas, los postes y los árboles, hasta que apareció en la distancia una pequeña población con su puente, su iglesia y su río sinuoso. Algunos caballitos de largas crines trotaban, acercándose, montados por niños; los pequeños llamaban, a su vez, a otros que, como ellos, se trasladaban en carros y calesines conducidos por granjeros. Todos estaban de excelente humor, y se gritaban unos a otros, hasta que los amplios campos se llenaron tanto de alegres músicas que el aire, frío y vigorizante, rió al oírlas.

—No son más que sombras de cosas que fueron —explicó el fantasma—. No saben de nuestra presencia.

Los alegres viajeros siguieron acercándose y, al aproximarse, Scrooge reconoció y nombró a todos y cada uno de ellos. ¿Por qué se alegró hasta límites insospechados? ¿Por qué le brillaron los ojos y el corazón le saltó en el pecho al verlos pasar? ¿Por qué le llenó de felicidad oír cómo, cuando se separaron en las distintas encrucijadas y caminos vecinales para dirigirse a sus hogares respectivos, se desearon unos a otros unas felices Pascuas? ¿Qué le importaba a Scrooge una Navidad feliz? ¡Al diablo con la Navidad! ¿Es que alguna vez le había servido de algo?

—La escuela no está del todo vacía —dijo el fantasma—. Sigue allí un niño solitario, olvidado de su familia.

Scrooge dijo estar al tanto. Y se le escapó un gemido.

Abandonaron la carretera principal para tomar un sendero que Scrooge recordaba a la perfección, y pronto se acercaron a un edificio de ladrillo de color rojo oscuro, con una torrecilla en la que colgaba una campana y coronada por una veleta. Era una casa grande, pero conservaba huellas de las vicisitudes de la fortuna, porque las espaciosas dependencias se utilizaban poco, las paredes estaban húmedas y cubiertas de musgo, las ventanas, rotas, y las puertas, deterioradas. Por los establos se paseaban las gallinas cacareando, y la hierba había invadido cocheras y cobertizos. Tampoco el interior se conservaba como antaño; porque, al entrar en el sombrío vestíbulo y lanzar una ojeada por las puertas abiertas de muchas habitaciones, los dos visitantes las encontraron mal amuebladas, frías y demasiado grandes. Olía a cerrado, y se percibía la desnudez glacial asociada de algún modo con el excesivo levantarse antes del amanecer y con la escasez de alimentos.

El fantasma y Scrooge cruzaron el vestíbulo hasta una puerta en la parte trasera del edificio que se abrió ante ellos y dejó al descubierto un aula larga, desnuda y melancólica, que aún se veía más desnuda por las hileras de bancos y pupitres de madera de pino. En uno de ellos un niño solitario leía cerca de un fuego insuficiente; y Scrooge se sentó en uno de los bancos y lloró el verse, tal como se encontraba por aquel entonces, pobre y olvidado.

Ni un solo eco dormido en la casa, ni un chillido ni una refriega de ratones detrás del revestimiento de madera, ni un goteo de hielo medio derretido del canalón en el triste patio trasero, ni un suspiro entre las ramas sin hojas de un álamo desalentado, ni el perezoso balanceo de una puerta en un almacén vacío, ni siquiera un simple chasquido producido por el fuego dejaron de tener su dulce influencia sobre el corazón de Scrooge y de facilitarle el libre curso de las lágrimas.

El espíritu lo tocó en el brazo, señalándole su yo infantil, concentrado en la lectura. De repente un individuo con ropaje exótico, un espectáculo maravillosamente real y preciso se detuvo en el exterior de la ventana, un hacha sujeta a la cintura y, conducido por la brida, un borrico cargado de leña.

—Pero ¡si es Alí Babá! —exclamó Scrooge, extasiado—. ¡El bueno de Alí Babá, un hombre honrado! ¡Ya lo creo que lo conozco! Unas navidades, cuando ese pobre niño se quedó aquí completamente solo, apareció, por primera vez, exactamente así.

¡Pobre niño! Y Valentine —dijo Scrooge—, y el bribón de su hermano, Orson; ¡ahí van! Y aquél, cómo se llamaba, al que dejaron dormido en paños menores, en la Puerta de Damasco; ¿acaso no lo veis? Y el palafrenero del sultán, a quien los genios pusieron cabeza abajo; ¡allí se le divisa, tal como digo! Le está bien empleado. Me alegro. ¡A quién se le ocurre casarse con la princesa!

Oír a Scrooge volcar todo el entusiasmo de su naturaleza en semejantes temas, con una voz singular, entre la risa y el llanto, y ver la animación que expresaba su rostro, habría sido sin duda toda una sorpresa para sus colegas de Londres.

—¡Ahí está el loro! —exclamó Scrooge—. Cuerpo verde, cola amarilla y una cosa parecida a una lechuga creciéndole en lo alto de la cabeza, ¡ahí está! “¡Pobre Robinsón Crusoe!”: con esas palabras lo recibía cuando regresaba a casa después de circunnavegar la isla. “Pobre Robinsón Crusoe, ¿dónde has estado, Robinsón Crusoe?”. El interpelado creyó que soñaba, pero estaba despierto. Se trataba del loro, ¿os dais cuenta? Ahí va Viernes, que corre hasta la cala porque peligra su vida.

¡Deprisa! ¡Ánimo! ¡Vamos!

Luego, pasando de una emoción a otra con una rapidez del todo ajena a su manera de ser, añadió: “¡Pobre chico!”, y lloró de nuevo.

—Me gustaría… —murmuró acto seguido, metiéndose la mano en el bolsillo y mirando a su alrededor después de secarse las lágrimas con la manga—, pero ya es demasiado tarde.

—¿Qué sucede? —preguntó el espíritu.

—Nada —dijo Scrooge—. Nada. Anoche vino un muchacho a cantar un villancico delante de mi puerta. Me gustaría haberle dado algo: nada más.

El fantasma sonrió, pensativo, y agitó una mano, diciendo al mismo tiempo:

—¡Veamos otra Navidad!

El niño que había sido Scrooge creció con aquellas palabras, y la habitación se hizo un poco más oscura y más sucia. Se agrietaron puertas y ventanas; cayeron del techo trozos de yeso, y quedaron al descubierto los listones de madera; pero de cómo se producían todos aquellos cambios Scrooge sabía tan poco como ustedes. Solo discernía que había sido exactamente así; que todo había sucedido así; que allí estaba él, de nuevo solo, mientras sus compañeros habían vuelto a casa para pasar unas alegres vacaciones.

Ahora no leía ya, sino que se paseaba de arriba abajo por el aula, desesperado. Scrooge se volvió hacia el espectro y, con un triste movimiento de cabeza, miró de reojo hacia la puerta, muy nervioso.

La puerta se abrió; y una niñita, mucho más pequeña que el muchacho, entró corriendo, le echó los brazos al cuello, lo besó repetidas veces y se dirigió a él llamándolo “queridísimo hermano”.

—¡He venido a llevarte a casa! —dijo la niña, entre palmadas de sus manos diminutas, el pecho sacudido por la risa—. Para llevarte a casa, ¿te das cuenta?

—¿A casa, mi pequeña Fan? —preguntó el muchacho.

—¡Sí! —respondió la niña, desbordante de alegría—. A casa de verdad. A casa para siempre. Nuestro padre está mucho más cariñoso que antes y ¡nuestro hogar es como el cielo! Me habló con tanta amabilidad una noche cuando me iba a acostar que me atreví a preguntarle una vez más si podías volver a casa, y dijo: “Sí, que vuelva”, y me ha enviado con un coche para recogerte. ¡Te vas a convertir en persona mayor! —dijo la niña, abriendo mucho los ojos—, y no tendrás nunca que volver aquí; pero primero estaremos todos juntos estas navidades, y disfrutaremos más que nadie en el mundo.

—¡Eres toda una mujercita, mi pequeña Fan! —exclamó el Scrooge adolescente. La niña aplaudió y rió de nuevo y trató de tocar la cabeza de su hermano, pero, como era demasiado pequeña, tuvo que renunciar, rió de nuevo y se puso de puntillas para abrazarlo. Luego empezó a arrastrarlo, con su impaciencia infantil, hacia la puerta; y él, que no tenía nada en contra de marcharse, la dejó hacer.

En el vestíbulo se oyó una voz terrible: “¡Bajen el baúl del alumno Scrooge!”, y acto seguido apareció allí el director en persona, que fulminó al aludido con la mirada, rebosante de feroz condescendencia, y lo sumió en la confusión más absoluta al estrecharle la mano. Luego los condujo a él y a su hermana a una gélida sala para las visitas, la cosa más parecida a un pozo que haya existido nunca, un lugar donde los mapas de las paredes y los globos celeste y terráqueo en las ventanas parecían recubiertos de cera a causa del frío. Una vez allí, el director les ofreció una licorera con un vino extrañamente ligero y una bandeja con una tarta extrañamente pesada y procedió a administrar porciones de aquellas exquisiteces a los dos hermanos, al tiempo que enviaba a un exiguo criado para ofrecer un vaso de “algo” al cochero, quien respondió que daba las gracias al caballero, pero que, si era del mismo barril que había probado antes, mejor no. Como el baúl del alumno Scrooge ya estaba para entonces atado en lo alto del coche de caballos, los dos dijeron adiós al director de buena gana; e, instalados en el interior, recorrieron alegremente la avenida del jardín, mientras las ruedas veloces ocasionaban la caída de fragmentos de escarcha y nieve de los árboles de hoja perenne.

—Siempre una criatura delicada, a la que un soplo podría haber agostado —dijo el espectro—. Pero ¡tenía un corazón muy grande!

—Cierto —dijo Scrooge—. Tenéis razón. No lo voy a negar, espíritu. ¡Dios no lo permita!

—Murió casada —dijo el otro— y tuvo, creo, hijos.

—Un varón —respondió Scrooge.

—En efecto —dijo el fantasma—. ¡Vuestro sobrino! Scrooge pareció turbarse, y respondió secamente:

—Sí.

Aunque acababan de dejar atrás en aquel momento el internado, estaban ya en las concurridas calles de una ciudad por donde pasaban en todas direcciones sombras humanas, por donde sombras de carros y de coches se disputaban la calzada y en donde se asistía a todo el tumulto y a los conflictos de una verdadera ciudad. Quedaba del todo claro, por los adornos de las tiendas, que también allí era de nuevo la época de Navidad; pero había caído la tarde y las calles estaban iluminadas.

El espíritu se detuvo delante de la puerta de cierto almacén y le preguntó a Scrooge si lo conocía.

—¡Conocerlo! —exclamó el interpelado—. ¡Fui aprendiz aquí!

Entraron. Al ver a un anciano caballero con gorra de estambre, sentado detrás de un pupitre tan elevado que si hubiese sido cinco centímetros más alto habría conseguido que la cabeza le chocara con el techo, Scrooge exclamó con gran emoción:

—Vaya, ¡si es el viejo Fezziwig! ¡Que Dios lo bendiga, Fezziwig vivo de nuevo!

El viejo Fezziwig dejó la pluma y miró el reloj, que marcaba las siete. Se frotó las manos; se ajustó el amplio chaleco; rió con toda su alma desde los pies a la coronilla; y llamó con voz sonora, jovial, rotunda, generosa:

—¡Eh, vosotros dos! ¡Ebenezer! ¡Dick!

Un Scrooge del pasado, convertido ya en adulto, acudió veloz, con su compañero de aprendizaje.

—¡Dick Wilkins, claro! —le comentó Scrooge al espectro—. ¡Ahí está, como en otro tiempo! Me tenía mucho afecto el bueno de Dick. ¡Pobrecillo! ¡Cuántos recuerdos!

—¡Vamos, hijos míos! —dijo Fezziwig—. Se acabó el trabajo por hoy. Nochebuena, Dick. ¡Navidad, Ebenezer! ¡A poner los postigos —gritó a continuación, dando una fuerte palmada— en menos que canta un gallo!

¡No creerían ustedes el ímpetu con que los dos jóvenes se pusieron a la tarea! Salieron disparados a la calle con los postigos, uno, dos, tres; los colocaron en su sitio, cuatro, cinco, seis; colocaron las barras y las chavetas, siete, ocho, nueve; y regresaron al interior antes de que nadie pudiera contar doce, resoplando como caballos de carreras.

—¡Adelante! —exclamó el viejo Fezziwig, bajando con extraordinaria agilidad de su elevado pupitre—. ¡Despejad la habitación, hijos míos, para que tengamos sitio en abundancia! ¡Manos a la obra, Dick! ¡No te quedes atrás, Ebenezer!

¡Despejar! No había nada que los dos jóvenes no hubiesen retirado, o no hubiesen podido retirar, en presencia del viejo Fezziwig. Terminaron en un minuto. Todo lo que era transportable se despachó como si se tratara de retirarlo para siempre de la vida pública; el suelo se barrió y se fregó, se despabilaron las lámparas, se acumuló combustible para el fuego; y el almacén se convirtió en una sala de baile todo lo acogedora, cálida, seca y luminosa que se pueda desear en una noche de invierno.

Enseguida apareció un violinista con sus partituras, se subió al elevado pupitre, lo convirtió en estrado para la orquesta y se puso a afinar el instrumento con sonidos semejantes a dolores de estómago. Entró a continuación la señora Fezziwig, con una amplia sonrisa de gran solidez. La siguieron las tres señoritas Fezziwig, también sonrientes y encantadoras. A continuación los seis jóvenes pretendientes cuyos corazones se dedicaban a romper. Acto seguido, todos los jóvenes de ambos sexos empleados en el negocio. La doncella con su primo, el panadero. La cocinera con el lechero, amigo íntimo de su hermano. El aprendiz del inmueble de enfrente, de quien se sospechaba que su patrón no le daba suficiente de comer, tratando de esconderse detrás de la criada de dos puertas más allá, de quien se sabía con certeza que su señora le tiraba de las orejas. Todos fueron entrando, uno tras otro; algunos con timidez, otros desafiantes, algunos con gracia, otros con torpeza, algunos a empujones, otros arrastrados; todos entraron, en cualquier caso, y de todas las maneras posibles. Veinte parejas empezaron a bailar a la vez; cogidos de la mano media vuelta y de regreso por el otro lado; la mitad se adelanta y luego retrocede; vueltas y más vueltas en diferentes estadios de agrupamiento afectuoso; la primera pareja de más edad gira siempre en el sitio que no toca; la nueva pareja que la sustituye empieza de nuevo tan pronto como llega allí; al final todas son primeras parejas, ¡sin nadie en la fila de enfrente para ayudarles! Alcanzado tal resultado, el viejo Fezziwig da palmadas para detener la danza y exclama: “¡Muy bien!”, momento en que el violinista hunde el rostro acalorado en una jarra de cerveza, especialmente preparada para ese fin. Nada más reaparecer, sin embargo, desprecia el descanso y comienza de nuevo, aunque todavía no hay nadie dispuesto a bailar, como si al anterior violinista se lo hubieran llevado a casa, exhausto, sobre un postigo, y él fuera un músico nuevo, llegado para reemplazarlo, y dispuesto a hacer que todo el mundo se olvide de él o a morir en el intento.

Hubo más danzas, y juegos de prendas, y de nuevo se bailó, y hubo tartas, y ponche caliente de vino con limón y especias, y un gran trozo de asado frío y otro, enorme, de carne hervida fría, y después pasteles de carne y cerveza en abundancia. Pero la gran sensación de la noche llegó después del asado y el hervido, cuando el violinista (¡un zorro viejo, sin la menor duda! ¡Una persona que sabía su oficio y ni ustedes ni yo hubiéramos podido enseñárselo!) atacó Sir Roger de Coverley. Salió entonces el viejo Fezziwig a bailar con la señora Fezziwig. De primera pareja, además; y con un trabajo hercúleo por delante; veintitrés o veinticuatro parejas a las que dirigir; personas con las que no se podía jugar; personas decididas a bailar y que no tenían la menor intención de ir al paso.

Pero aunque hubieran sido el doble, o cuatro veces más, el viejo Fezziwig habría estado a la altura, y lo mismo la señora Fezziwig, quien, por su parte, era digna de ser su compañera en todas las acepciones del término. Si eso no es alabanza por todo lo alto, que alguien me sugiera otra mejor, y la utilizaré. Las pantorrillas de Fezziwig brillaban con luz propia. Resplandecían como lunas en cada paso del baile. Se podía predecir, en cualquier momento, lo que iba a suceder con ellas a continuación. Y mientras el viejo Fezziwig y su esposa desgranaban toda la danza, adelante y atrás, de la mano con vuestra pareja, reverencia y saludo, el sacacorchos, enhebrar la aguja y vuelta al punto de partida; Fezziwig ejecutaba los trenzados del baile con tanta destreza que parecía hacer guiños con las piernas, y luego volvía a poner los pies en el suelo tan derecho como un huso.

Al dar el reloj las once concluyó aquel baile casi familiar. El señor y la señora Fezziwig ocuparon sus puestos a ambos lados de la puerta, y, mientras estrechaban la mano a cada uno de los participantes a medida que salían, les desearon unas felices pascuas. Cuando todo el mundo se hubo retirado, a excepción de los dos aprendices, hicieron lo mismo con ellos; y así las voces alegres se fueron apagando y los muchachos se acomodaron en sus modestos lechos, situados bajo un mostrador en la trastienda.

Durante todo aquel tiempo Scrooge se comportó como un enajenado. Su corazón y su alma estaban en la escena y con su yo de otro tiempo. Corroboró todo, lo recordó y lo disfrutó íntegramente, sometido a la más extraña de las agitaciones. Tan solo al final, cuando dejó de tener delante los rostros encendidos de su otro yo y de Dick, se acordó del espectro, y se dio cuenta de que lo miraba con gran atención y que la luz sobre su cabeza brillaba con extraordinaria intensidad.

—Una cosa de poca monta —dijo el espíritu— lograr la gratitud eterna de esa pobre gente.

—¡De poca monta! —repitió Scrooge.

El espíritu le hizo una señal para que escuchara a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig y, después de que Scrooge le obedeciera, prosiguió:

—¿No te parece cierto? No se ha gastado más que unas cuantas libras del dinero que utilizáis vosotros, los mortales: tres o cuatro, quizá. ¿Acaso tan pequeña cantidad merece semejantes alabanzas?

—No es eso —replicó Scrooge, sulfurado por la observación de su acompañante y hablando sin darse cuenta como su antiguo yo—. No se trata de eso, espíritu. Fezziwig tiene el poder de hacernos felices o desgraciados; de lograr que nuestro trabajo nos resulte ligero o pesado; un placer o un sufrimiento. Digamos que ese poder descansa en las palabras y en las miradas; en cosas tan ligeras e insignificantes que es imposible enumerarlas y sumarlas pero ¿qué importancia tiene? La felicidad que procura es tan grande como si costase una fortuna.

Scrooge sintió la mirada del espíritu y guardó silencio.

—¿Qué sucede? —preguntó éste.

—Nada especial —respondió Scrooge.

—Debe de ser algo —insistió su interlocutor.

—No —dijo Scrooge—. Nada. Me gustaría poder decirle ahora una palabra o dos a mi empleado. Solo eso.

Su yo de otro tiempo apagó las lámparas en el momento en que expresaba aquel deseo; y el espectro y el cambista se encontraron al aire libre.

—Me queda poco tiempo —señaló el espíritu—. ¡Deprisa!

Aquella exhortación no se dirigía ni a Scrooge ni a ninguna otra persona visible, pero su efecto fue inmediato. Porque Scrooge volvió a encontrarse ante otro de sus yos. Un Scrooge mayor; un hombre en la flor de la vida. Su rostro no tenía aún los rasgos severos y rígidos de años ulteriores, pero ya empezaba a dar señales de preocupación y avaricia. Había un movimiento inquieto, ávido, impaciente en su mirada, que mostraba la pasión, enraizada ya, y en qué dirección se proyectaría la sombra del árbol en crecimiento.

No estaba solo: a su lado se sentaba una hermosa joven vestida de luto, en cuyos ojos brillaban lágrimas que resplandecían gracias a la luz despedida por el espíritu de las navidades pasadas.

—Poco importa —dijo la muchacha dulcemente—. A ti, menos todavía. Otro ídolo me ha desplazado; y, si te alegra y conforta en el futuro, como yo habría tratado de hacerlo, no tengo motivos fundados para lamentarme.

—¿Qué ídolo te ha desplazado? —replicó él.

—El becerro de oro.

—¡He aquí la estupenda imparcialidad del mundo! —dijo él—. Con nada se muestra tan cruel como con la pobreza; pero tampoco hay nada que asegure una condena tan severa como la búsqueda de la riqueza.

—Temes demasiado al mundo —respondió ella dulcemente—. Tus otras esperanzas han quedado sumergidas para evitar ser víctima de sus sórdidos reproches. He visto desaparecer una a una tus aspiraciones más nobles, hasta que la pasión principal, el lucro, te ha dominado. ¿No estoy en lo cierto?

—Y ¿qué tiene de malo? —se defendió él—. Aunque me haya vuelto más prudente, ¿qué hay de malo en ello? No he cambiado en lo que a ti se refiere.

La joven negó con la cabeza.

—¿He cambiado?

—Nuestro compromiso es antiguo. Lo contrajimos cuando los dos éramos pobres y nos conformábamos con serlo a la espera de que, con el tiempo, mejorase nuestra situación en el mundo gracias a nuestra laboriosidad perseverante. Tú has cambiado. Cuando lo hicimos eras otra persona.

—Solo un muchacho —dijo él, molesto.

—Tus mismos sentimientos te dicen que ya no eres el mismo —replicó la joven —. Yo sí lo soy. Lo que nos prometía felicidad cuando formábamos un solo corazón solo causa dolor ahora que tenemos dos. No voy a decir cuántas veces y con qué amargura he pensado en esto. Baste con que sepas que lo he meditado y que te devuelvo la libertad.

—¿La he pedido alguna vez?

—Con palabras, no. Nunca.

—¿De qué manera, entonces?

—Con un cambio en tu manera de ser; con otra forma de ver las cosas; con el ambiente distinto en el que se mueve tu vida y con una esperanza distinta de la que era el propósito principal de nuestra existencia. Porque ya no te importa nada de lo que hacía valioso mi amor. Sin ese compromiso entre nosotros —prosiguió la joven, mirándolo con dulzura, pero con fijeza—, dime, ¿me buscarías y tratarías ahora de conquistarme? ¡No, claro que no!

El Scrooge de otro tiempo pareció reconocer, aunque a regañadientes, la verdad de esta suposición. Pero dijo, haciendo un esfuerzo:

—Tú crees que no.

—Me encantaría pensar de otra manera si pudiera —respondió ella—, ¡bien lo sabe Dios! Para que me haya rendido a una verdad tan penosa, ha de tener sin duda una fuerza irresistible. Pero, si estuvieras libre hoy, mañana, ayer, ¿podría creer que elegirías a una chica sin dote, tú que, hasta en las confidencias más íntimas, no dejas de medirlo todo de acuerdo con el principio del lucro? O, si la eligieras, si olvidaras por un momento para hacerlo el principio que siempre te guía, ¿acaso no sé con toda certeza que llegaría enseguida tu arrepentimiento y tu pesar? Estoy convencida y por ello te devuelvo la libertad. Y lo hago de todo corazón, por amor al que fuiste en otro tiempo.

Scrooge se disponía a responder, pero la joven siguió hablando sin mirarlo.

—Cabe, el recuerdo del pasado casi me lo hace esperar, que sufras algo. Será durante un tiempo breve, muy breve, y acabarás por prescindir con gusto del recuerdo, como de un sueño inútil del que ha sido una suerte despertar. ¡Ojalá seas feliz en la vida que has elegido!

La joven se fue y los dos espectadores de la escena también se alejaron.

—¡Espíritu —exclamó Scrooge—, no me mostréis nada más! Llevadme a casa.

¿Por qué disfrutáis torturándome?

—¡Una sombra más! —exclamó el fantasma.

—¡Ninguna más! —gritó Scrooge—. Basta. No quiero verla. ¡No me mostréis nada más!

Pero el fantasma, implacable, lo sujetó por los dos brazos y le obligó a ver lo que sucedía a continuación.

Estaban en otra escena y lugar; una salita, no muy amplia ni lujosa, pero muy cómoda. Cerca del fuego de la chimenea se hallaba una joven muy bella, tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la misma, hasta que vio a su antigua novia, ahora convertida en madre de familia, sentada frente a su hija. El ruido era indescriptible, porque había allí más niños de los que Scrooge, en su estado de agitación, era capaz de contar; y, a diferencia de la celebrada manada de la que habla el poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno, sino de que cada uno de los presentes se comportaba como cuarenta. El resultado era increíblemente estrepitoso, pero a nadie parecía preocuparle; más bien, por el contrario, madre e hija reían complacidas y disfrutaban mucho con el espectáculo; y esta última, al participar a la larga en los juegos de los pequeños, se vio muy pronto dominada por unos jóvenes malhechores que la trataron sin piedad. ¡Qué no habría dado yo por ser uno de ellos! Aunque nunca podría haberme mostrado tan cruel, ¡por supuesto que no! Ni por todo el oro del mundo habría aplastado aquellos cabellos trenzados, ni le habría deshecho el peinado; en cuanto al precioso zapatito, tampoco se lo habría quitado, Dios me bendiga, ni para salvar la vida. Por lo que respecta a medirle el talle por juego, como hacía aquella prole audaz, tampoco me hubiera resultado posible; habría temido que, en castigo por semejante herejía, el brazo se me torciera para siempre. Y, sin embargo, me habría complacido, más allá de toda ponderación, lo reconozco, tocar sus labios; hacerle una pregunta, para que hubiese tenido que abrirlos; contemplar sus pestañas, sin provocar su sonrojo, mientras miraba al suelo; dejar sueltas las ondas de sus cabellos, un centímetro de los cuales habría sido para mí el más precioso de los recuerdos: en resumen, me habría gustado, lo confieso, que me fuese permitido disfrutar con ella de la libertad de un niño, sin dejar de ser lo bastante hombre para apreciar semejante privilegio en todo su valor.

Pero enseguida se oyó llamar a la puerta, y siguió de inmediato tal tumulto y tal confusión que la joven de rostro sonriente y ropa en desorden fue trasladada hacia allí en el centro del grupo ruidoso y animado, justo a tiempo de recibir al padre, que, acompañado por un dependiente, regresaba a casa cargado de regalos y juguetes de Navidad. ¡Imagínense los gritos, los forcejeos, el asalto del que fue objeto el indefenso portador de los obsequios! Se le subieron encima utilizando sillas a modo de escaleras de mano para registrarle los bolsillos, lo desposeyeron de paquetes cuidadosamente envueltos, lo sujetaron por la corbata, se le abrazaron al cuello, le golpearon la espalda y le dieron patadas en las piernas sin otra intención que manifestarle su incontenible afecto. ¡Con qué gritos de asombro y de júbilo se recibió la aparición de lo que guardaba cada uno de los paquetes! ¡La consternación producida por el terrible anuncio de que el bebé había sido sorprendido en el acto de introducirse en la boca una sartén de juguete, además de temerse que se hubiera tragado un pavo de mentirijillas, pegado a una bandeja de madera! ¡El inmenso alivio de descubrir que se trataba de una falsa alarma! ¡Imposible describir la alegría, la gratitud, el entusiasmo! Baste decir que poco a poco los niños y sus emociones salieron de la sala uno tras otro, subieron por la escalera hasta la parte alta de la casa y, una vez allí, se acostaron y renació la calma.

Y ahora Scrooge contempló la escena con más atención que nunca, cuando el dueño de la casa, en quien se apoyaba tiernamente la hija, se sentó con ella y con su madre delante del fuego de la chimenea; y, cuando se le ocurrió que otra criatura parecida, tan llena de gracia y con un futuro tan prometedor, podría haberlo llamado padre, y haber convertido en primavera el triste invierno de su vida, sintió que las lágrimas le dificultaban la visión.

—Belle —dijo el marido, volviéndose hacia su esposa con una sonrisa—, esta tarde he visto a un antiguo amigo tuyo.

—¿A quién?

—¡Adivina!

—¿Cómo voy a saberlo? ¡Espera! Ya lo sé —añadió, riéndose como él—. El señor Scrooge.

—Ni más ni menos. Pasé por delante de la ventana de su despacho y, como no estaba cerrada y tenía encendida una vela, difícilmente podía dejar de verlo. Su socio se halla al borde de la muerte, según dicen; y él estaba allí solo. Completamente solo en el mundo, tengo entendido.

—¡Espíritu —suplicó Scrooge con la voz quebrada—, alejadme de aquí!

—Ya te dije que solo eran sombras de cosas que han sido —replicó el fantasma —. Son lo que son, ¡no me culpes a mí!

—¡Llevadme de aquí! —exclamó Scrooge—. ¡No lo soporto!

Se volvió hacia el espectro y, al ver que lo miraba con un rostro en el que, de alguna extraña manera, había fragmentos de todos los rostros que le había mostrado, se arrojó contra él.

—¡Dejadme! Devolvedme a mi casa. ¡No me atormentéis por más tiempo!

En el forcejeo, si es que se puede llamar forcejeo a una situación en la que al espíritu, sin visible resistencia por su parte, no le molestaban en absoluto los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz brillaba cada vez con más fuerza; y, al relacionar vagamente aquello con la influencia que tenía sobre él, se apoderó del apagavelas y, con un movimiento brusco, se lo hundió en la cabeza.

El espíritu se ocultó tan bien debajo del apagavelas que su figura desapareció por completo; pero, aunque Scrooge siguió apretando con todas sus fuerzas, no consiguió ocultar la luz, que siguió brotando en ondas que se extendían, sin interrupción, a su alrededor. El viejo cambista tuvo conciencia de su total agotamiento, le invadió una irresistible somnolencia y enseguida se encontró en su dormitorio. Hizo un último esfuerzo para hundir más el apagavelas, la mano se le relajó y solo pudo tumbarse en la cama antes de caer en un profundo sueño.

TERCERA ESTROFA – EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPÍRITUS

Al despertarse a mitad de un ronquido prodigiosamente sonoro e incorporarse en la cama para ordenar sus pensamientos, Scrooge no tuvo necesidad de que nadie le dijera que el reloj estaba de nuevo a punto de dar la una de la madrugada. Supo que había vuelto al estado de vigilia en el momento justo de recibir al segundo mensajero que se le enviaba gracias a la intervención de Jacob Marley. Pero, como sintió un estremecimiento de frío al preguntarse cuál de las cortinas de su cama correría aquel nuevo espectro, las abrió todas con sus propias manos; luego se tumbó de nuevo y no dejó de vigilar la cama. Porque se proponía plantar cara al espíritu en el momento mismo en que apareciese, y no quería que la sorpresa le pusiera nervioso.

Las personas de carácter fuerte, que se precian de estar de vuelta de todas las emociones y de encontrarse, en todo momento, a la altura de las circunstancias, manifiestan la amplitud de su disponibilidad para la aventura jactándose de estar preparadas para todo, desde un partido de tejo hasta el homicidio; entre esos extremos opuestos existen, sin duda, una serie bastante amplia y completa de posibilidades. Sin querer hacer de Scrooge un paradigma de valentía, no tendré inconveniente en rogarles a ustedes que me crean si les digo que estaba preparado para un número muy elevado de extrañas apariciones y que nada, entre un bebé y un rinoceronte, le habría sorprendido demasiado.

Que estuviera preparado para casi todo no implica, en absoluto, que lo estuviese para nada en concreto y, en consecuencia, cuando el reloj dio la una y no apareció ningún fantasma, Scrooge empezó a temblar como una hoja. Pasaron cinco minutos, diez, un cuarto de hora sin que se presentase nadie. Durante todo aquel tiempo siguió tumbado, centro y vértice de una gran luz rojiza que le iluminó por completo cuando el reloj dio la hora y que, por ser solo luz, le resultó más alarmante que una docena de fantasmas, dada su impotencia para averiguar lo que significaba ni cuál era su causa; y en algunos momentos le preocupó que su cuerpo pudiera ser en aquel mismo momento un caso interesante de combustión espontánea, sin el consuelo de saberlo. A la larga, sin embargo, empezó a ocurrírsele, como usted o como yo lo habríamos pensado desde el primer momento (porque es siempre la persona que no está en apuros la que sabe lo que habría que haber hecho en semejante caso, y lo que ella habría hecho sin lugar a dudas), a la larga, digo, empezó a pensar que la fuente y el secreto de aquella luz fantasmal podía hallarse en la habitación vecina, desde la que, de hecho, al seguir sus rayos, se la veía surgir. Aquella idea, al apoderarse de su entendimiento, hizo que Scrooge se levantara sin prisa y se trasladara en zapatillas y sin hacer ruido hasta la puerta.

En el momento en que su mano descansó sobre el picaporte, una voz extraña lo llamó por su nombre y le dijo que entrase, orden que obedeció.

Seguía siendo su apartamento. Sobre eso no cabía la menor duda, aunque hubiese sufrido una sorprendente transformación. El techo y las paredes estaban tan cubiertos de frondosa vegetación que creaban un verdadero bosquecillo, en cuyas ramas resplandecían, por todas partes, bayas carmesíes. Como otros tantos espejitos, las hojas lustrosas del acebo, el muérdago y la hiedra reflejaban la luz; y en la chimenea rugía un espléndido fuego, como nunca lo había visto aquel gélido hogar ni en la época de Scrooge ni en la de Marley, ni durante muchos, muchísimos inviernos. Amontonados en el suelo, hasta formar algo que se asemejaba a un trono, se veían pavos, gansos, caza, aves de corral, piezas de vacuno, lechones, ristras de salchichas, empanadas, pudines de ciruelas, barriles de ostras, castañas asadas, manzanas de mejillas encendidas, naranjas jugosas, peras suculentas, inmensos roscones y cuencos de ponche hirviente que difuminaban los contornos de la habitación con su delicioso vapor. Cómodamente instalado en aquel diván, un alegre gigante, de magnífico aspecto, empuñaba una antorcha centelleante, no muy diferente, por su forma, al cuerno de la abundancia, y la sostenía en alto, muy en alto, para arrojar su luz sobre Scrooge cuando éste se atrevió a asomar por la puerta.

—¡Entra! —exclamó el fantasma—. ¡Entra y aprende a conocerme, amigo mío!

Scrooge se adelantó tímidamente e inclinó la cabeza ante aquel espíritu. No era ya el Scrooge empecinado de antes; y, aunque los ojos del espectro eran sinceros y amables, no se atrevió a mirarlo de hito en hito.

—Soy el espíritu de la Navidad presente —le explicó el otro—. ¡Mírame!

Scrooge obedeció, con actitud reverencial. Su interlocutor vestía un sencillo manto o túnica verde, con una orla de piel blanca. Llevaba tan poco ajustada aquella prenda que no le cubría el amplio pecho, como si desdeñase quedar protegido u oculto por cualquier artificio. Los pies, visibles bajo los amplios pliegues del ropaje, estaban descalzos; y en la cabeza no llevaba otro adorno que una corona de acebo, sembrada, aquí y allí, de pequeños carámbanos relucientes. Los rizos, de color castaño oscuro, flotaban en libertad, tan sueltos como franca era la expresión del espíritu, brillantes sus ojos, abiertas sus manos, risueña su voz, espontáneo su comportamiento y alegre todo su aspecto. Ceñida a la cintura llevaba una funda antigua, que no alojaba espada alguna y estaba comida por la herrumbre.

—¡Nunca has visto a nadie como yo! —exclamó el espectro.

—Nunca —respondió Scrooge.

—Nunca has caminado con los miembros más recientes de mi familia; me refiero (porque yo mismo soy muy joven) a mis hermanos mayores nacidos en estos últimos años, ¿no es cierto? —prosiguió el fantasma.

—Me parece que no —dijo Scrooge—. Mucho me temo. ¿Tenéis muchos hermanos, espíritu?

—Más de mil ochocientos —respondió el fantasma.

—¡Una familia tremenda a la que mantener! —murmuró Scrooge. El fantasma de la Navidad presente se puso en pie.

—Espíritu —comenzó Scrooge con gesto dócil—, llevadme donde queráis. Anoche salí en contra de mi voluntad, y aprendí una lección que empieza a dar sus frutos. Hoy, si tenéis algo que enseñarme, permitid que me sea de provecho.

—¡Toca mi túnica!

Scrooge hizo lo que se le decía y se agarró con fuerza.

Acebo, muérdago, bayas, hiedra, pavos, gansos, caza, aves de corral, piezas de vacuno, cerdos, salchichas, ostras, empanadas, pudines, fruta y ponche se desvanecieron al instante. Lo mismo sucedió con la habitación, el fuego del hogar, el resplandor rojizo y la hora nocturna, y se hallaron en el corazón de Londres la mañana de Navidad, donde (porque el tiempo era inclemente) quienes estaban en la calle producían una música áspera, pero enérgica y no del todo desagradable, al quitar la nieve de las aceras delante de sus casas y de los tejados de los edificios, lo que causaba el regocijo de los niños que la veían caer sobre la calle, en pequeñas nevadas artificiales.

Las fachadas de las casas parecían decididamente negras, y las ventanas todavía más, en contraste con el suave manto blanco de los tejados e incluso con la nieve más sucia de la calle, sobre cuya última capa habían labrado ya surcos profundos las pesadas ruedas de carros y carretas; surcos que se cruzaban unos con otros cientos de veces en los lugares donde las grandes arterias se bifurcaban, y trazaban intrincados canales, difíciles de seguir, en el espeso lodo amarillo y el agua helada. El cielo se mostraba sombrío y las calles más cortas desaparecían envueltas en una niebla espesa que se transformaba en agua nieve y cuyas partículas más densas descendían en un chaparrón de átomos tiznados, como si todas las chimeneas de Gran Bretaña se hubieran encendido y lanzaran bocanadas de humo con verdadero entusiasmo. El clima de Londres no tenía nada de agradable, pero se advertía por doquier un ambiente de alegría que el día más hermoso del verano y el sol más radiante habrían tratado en vano de conseguir.

Y es que las gentes que limpiaban los tejados, alegres y de buen humor, se llamaban de una casa a otra e intercambiaban de cuando en cuando amistosas bolas de nieve —proyectiles más inofensivos que muchas chanzas—, con risas contagiosas si daban en el blanco y no menos cordiales si fallaban. Las pollerías estaban todavía abiertas solo a medias, pero las fruterías brillaban en toda su gloria. Se veían grandes cestos de castañas, redondos, barrigudos, semejantes a chalecos de alegres caballeros ancianos, apoltronados en la entrada, y derramándose hacia la calle en su apoplética opulencia. Había cebollas españolas rojizas, morenas, de amplia circunferencia abdominal, que se parecían, por su gordura satisfecha, a los monjes de su país, y que, con licenciosa picardía, hacían guiños desde sus estanterías a las muchachas que pasaban por la calle y contemplaban, con recato, los adornos de muérdago. Había peras y manzanas, en altas pirámides deslumbrantes; racimos de uvas a los que se hacía colgar, por benevolencia de los tenderos, de llamativos ganchos, para que a los transeúntes se les hiciera la boca agua mientras pasaban por delante; había montones de avellanas, velludas y de color marrón, que recordaban, con su fragancia, antiguos paseos por bosques donde se tenía el placer de hundirse hasta los tobillos en hojas secas; había manzanas para asar procedentes de Norfolk, rechonchas y morenas, que realzaban el amarillo de naranjas y limones, y que parecían recomendarse con insistencia y suplicar, por lo compacto de sus jugosas personas, que se las llevara a casa en bolsas de papel para comerlas como postre. Los mismos peces de oro y de plata, colocados en bocales entre las frutas escogidas, parecían saber, pese a ser miembros de una raza triste y apática, que allí estaba pasando algo; y, todos a una, iban y venían por su pequeño universo abriendo la boca en un estado de lento y desapasionado entusiasmo.

¿Y los tenderos de ultramarinos? ¡Ah, los tenderos! Aunque casi cerrados sus establecimientos, quizá solo con uno o dos postigos sin colocar, ¡qué cosas se vislumbraban a través de aquellas aberturas! No se trataba únicamente de que el platillo del peso al descender sobre el mostrador hiciera un ruido alegre, o de que el bramante se separase de la bobina a toda velocidad, o de que se hiciera ruido con las latas de conservas de aquí para allá como si se tratara de trucos de prestidigitación, o incluso que los aromas mezclados del té y del café fuesen tan agradables al olfato, las pasas tan abundantes y poco comunes, las almendras tan extraordinariamente blancas, la canela en rama tan larga y recta, las otras especias tan deliciosas, los frutos confitados tan bien glaseados y recubiertos de azúcar cande como para conmover y hacer desfallecer al más frío de los espectadores; tampoco era que los higos dejaran escapar sus jugos y fuesen carnosos, ni que las ciruelas francesas se ruborizasen, en su modesta acidez, desde sus cajas llenas de adornos, ni que todo fuese un manjar exquisito con su ropa de Navidad; sino que los clientes, tan diligentes y ansiosos por las esperanzadas promesas del día, se tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban las cestas de las provisiones, olvidaban las compras sobre el mostrador, regresaban corriendo para recuperarlas y cometían cientos de pequeños errores con el mejor humor imaginable; mientras que el tendero y sus dependientes se mostraban tan sinceros y alegres que los corazones de cobre brillante con los que se sujetaban por detrás los delantales podrían haber sido los suyos propios, expuestos al público para inspección de todos y para que las cornejas de la Navidad los picotearan si era ése su deseo.

Pero pronto los campanarios y las espadañas empezaron a llamar a la buena gente a iglesias y capillas y todos salieron de su casa, para recorrer las calles con su mejor ropa y su cara más alegre. Y al mismo tiempo surgieron de docenas de callejas, callejones y bocacalles sin nombre un número incalculable de personas que llevaban su cena a los hornos de las panaderías. El espectáculo de aquellos modestos festejadores pareció interesar mucho al espíritu, porque se situó, con Scrooge a su lado, a la entrada de una panadería y, alzando las tapaderas a medida que pasaban sus portadores, espolvoreaba las cenas con polvo de su antorcha. Y se trataba de un tipo de antorcha muy poco común porque una o dos veces, cuando algunos de los clientes se empujaron y tuvieron un intercambio de palabras agrias, el espíritu derramó sobre ellos unas pocas gotas de agua y el buen humor se restableció de inmediato. Porque, dijeron ellos, era una vergüenza pelearse el día de Navidad. Y ¡era bien cierto! ¡Ya lo creo que sí, por el amor de Dios!

Llegado el momento las campanas cesaron de tocar y se cerraron las panaderías; y, sin embargo, había como un alegre sabor anticipado de todas aquellas cenas y de los progresos de su cocción en el vapor de agua que enturbiaba el aire encima de cada horno, porque las piedras mismas echaban humo como si se cocinaran con los platos.

—¿Tienen un sabor particular esas gotas que derramáis con vuestra antorcha? — preguntó Scrooge.

—Así es. El mío.

—¿Sirve para cualquier cena en el día de hoy? —quiso saber Scrooge.

—Para todas las que se ofrezcan de buen grado. Y sobre todo para las más pobres.

—¿Por qué a las más pobres? —insistió Scrooge.

—Porque lo necesitan más.

—Espíritu —dijo Scrooge, después de reflexionar un instante—, me sorprende que vos, de todos los seres en los muchos mundos a nuestro alrededor, os hayáis atribuido la tarea de arrebatar a esta gente la ocasión de un placer inocente.

—¿Yo? —exclamó el espíritu.

—Les priváis del medio para cenar cada siete días, que es con frecuencia el único día en el que de verdad se puede decir que se sientan a la mesa —dijo Scrooge—. ¿No es cierto?

—¿Yo? —repitió el espíritu.

—¿No sois vos quien quiere cerrar estos hornos todos los séptimos días? — dijo Scrooge—. Viene a ser la misma cosa.

—¿Soy yo el que quiere eso? —exclamó el espíritu.

—Perdonadme si me equivoco. Eso es algo que se ha hecho en vuestro nombre o, al menos, en el de vuestra familia —dijo Scrooge.

—Hay algunas personas en este mundo vuestro —replicó el espíritu— que presumen de conocernos y que, en nuestro nombre, no hacen más que servir a sus pasiones culpables, el orgullo, la maldad, el odio, la envidia, el fanatismo y el egoísmo, pero que son tan ajenos a nosotros y a nuestra familia como si nunca hubieran vivido. Recordadlo, y atribuidles a ellos sus acciones, no a nosotros.

Scrooge prometió hacerlo así; y siguieron adelante, invisibles, igual que antes, camino de los barrios humildes de la ciudad. Una cualidad notable del espíritu (que Scrooge había advertido en la panadería) era cómo, pese a su tamaño gigantesco, se acomodaba en cualquier sitio con facilidad; y cómo se ponía de pie bajo un techo de poca altura con la misma elegancia y la misma majestad sobrenatural con que hubiera podido hacerlo bajo la elevada bóveda de un palacio.

Y quizá fuera el placer que el buen espíritu sentía al poner de manifiesto aquel poder suyo, o quizá fuese su manera de ser amable, generosa, campechana, y su afecto por los pobres, lo que lo llevó directamente al empleado de Scrooge; porque allí fue, y se llevó al cambista consigo, sujeto a su túnica; y en el umbral el espíritu sonrió, y se detuvo a bendecir la vivienda de Bob Cratchit con un rociado de su antorcha. ¡Piénsenlo! Bob no ganaba a la semana más que quince bobs (que es como llama la gente del pueblo al chelín); los sábados solo se embolsaba quince ejemplares de su nombre; y, sin embargo, ¡el espíritu de la Navidad presente bendecía su casa de cuatro habitaciones!

Se levantó entonces la señora Cratchit, la mujer del empleado, pobremente engalanada con un vestido vuelto dos veces, pero con abundancia de cintas, que son baratas y consiguen un efecto muy agradable por seis peniques; y procedió a poner la mesa, ayudada por Belinda, la segunda de sus hijas, también con abundancia de cintas; mientras Peter, el mayor de los hijos varones, al inclinarse para hundir un tenedor en la olla de las patatas, conseguía meterse en la boca las puntas del monstruoso cuello de la camisa (propiedad realmente de Bob, quien se la había cedido a su hijo y heredero dada la festividad que se celebraba), feliz de verse tan bien engalanado y ardiendo en deseos de mostrar tanta elegancia en los parques de moda. Y a continuación dos Cratchit más pequeños, chico y chica, entraron veloces, anunciando a gritos que delante de la panadería habían olido el ganso, y se habían dado cuenta de que era el suyo; y, embriagados por la visión festiva de la salsa de salvia y cebollas, aquellos jóvenes Cratchit danzaron alrededor de la mesa y pusieron a Peter por las nubes, mientras el primogénito (nada orgulloso, aunque el cuello de la camisa casi lo asfixiaba) soplaba en el fuego, hasta que las patatas, siempre lentas, al borbotar, llamaron con fuerza a la tapa de la olla para que las dejaran salir y las pelaran.

—¿Qué le puede haber sucedido al bueno de vuestro padre? —preguntó la señora Cratchit—. ¿Y a vuestro hermano pequeño, Tim? Y Martha, ¿no había llegado hace ya media hora la Navidad pasada?

—¡Aquí está Martha, madre! —dijo la aludida, apareciendo en aquel momento.

—¡Aquí está Martha, madre! —exclamaron los dos jóvenes Cratchit—. ¡Viva!

¡No te imaginas qué ganso, Martha!

—¡Ah, hija mía, que Dios te bendiga, qué tarde llegas! —dijo la señora Cratchit, besándola una docena de veces, y despojándola del chal y la gorra con solícito celo.

—Anoche tuvimos que terminar muchísimo trabajo —replicó la jovencita—, y hoy por la mañana ha habido que entregarlo.

—¡Vaya! Pero ¡lo mismo da puesto que ya estás aquí! —dijo la señora Cratchit—. Siéntate delante del fuego, corazón, y caliéntate, que Dios te bendiga.

—¡No, no! Ya llega nuestro padre —exclamaron los dos Cratchit más pequeños, que estaban en todas partes al mismo tiempo—. ¡Escóndete, Martha, escóndete!

La hija mayor obedeció antes de que entrase su padre con casi un metro de bufanda, sin contar los flecos, colgándole del cuello; y su ropa muy gastada pero remendada y cepillada, para no desmerecer de la festividad, con el pequeño Tim a hombros. ¡Pobre Tim, que llevaba una muleta, y las piernas sostenidas por un armazón de hierro!

—¡Cómo! ¿Dónde está nuestra Martha? —exclamó Bob Cratchit, mirando a su alrededor.

—No viene —dijo la señora Cratchit.

—¡No viene! —exclamó Bob, presa de un súbito abatimiento, perdido el impulso que le había permitido traer al pequeño Tim, todo el camino desde la iglesia, cabalgando como un verdadero purasangre—. ¡No viene el día de Navidad!

Martha no quería verlo desilusionado, aunque solo se tratara de una broma; de manera que salió de su escondite —detrás de la puerta del armario— antes de tiempo. Y corrió a echarse en sus brazos, mientras los dos jóvenes Cratchit se apoderaban del pequeño Tim y lo llevaban al lavadero para que oyera cantar al pudín en su cacerola de cobre.

—Y ¿qué tal se ha portado Tim? —preguntó la señora Cratchit, después de burlarse de su marido por su excesiva credulidad y de que Bob hubiera abrazado a su hija hasta quedar satisfecho.

—Como un ángel —dijo Bob—, y aún mejor. A veces se vuelve pensativo, cuando está solo mucho tiempo, y piensa las cosas más extrañas que hayáis oído nunca. Me ha dicho, mientras volvíamos a casa, que confiaba en que la gente lo hubiera visto en la iglesia, porque es un lisiado, y quizá a los demás les agradase recordar, el día de Navidad, quién había hecho andar a los cojos y había devuelto la vista a los ciegos.

A Bob le tembló la voz al contarles aquello, y aún le tembló más cuando dijo que el pequeño Tim crecía fuerte y vigoroso.

Se oyó resonar la muleta del niño, que regresó antes de que se pudiera decir una palabra más, escoltado por su hermano y por su hermana hasta el taburete delante del fuego; Bob, mientras tanto, doblándose los puños —como si, pobrecillo, fuese posible gastarlos más—, preparó en una jarra una mezcla de ginebra y limones, mezcla que luego agitó una y otra vez antes de colocarla en el hornillo para que se calentara; Peter y los dos jóvenes Cratchit —que conseguían estar en todas partes al mismo tiempo— salieron en busca del ganso, con el que no tardaron en regresar en desfile triunfal.

Fue tal el bullicio subsiguiente que cualquiera podría haber pensado que un ganso es la más extraordinaria de las aves, un fenómeno con plumas ante el cual un cisne negro sería una vulgaridad; y era cierto que en aquella casa representaba algo muy parecido. La señora Cratchit hizo hervir la salsa, preparada de antemano, en un cacito; Peter machacó las patatas con vigor increíble; la señorita Belinda endulzó el puré de manzana; Martha limpió los platos; Bob situó a su lado al pequeño Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit trajeron sillas para todos, ellos incluidos, y montaron guardia en sus puestos, la cuchara dentro de la boca, para no pedir el ganso a gritos antes de que les llegara el turno. Por fin se colocaron los platos y se bendijo la mesa. Lo que siguió fue una pausa en la que todo el mundo contuvo el aliento, mientras la señora Cratchit, recorriendo lentamente con la vista el cuchillo de trinchar, se dispuso a clavarlo en la pechuga que tenía delante; pero, cuando lo hizo, y el chorro de relleno tan largamente esperado salió al exterior, un murmullo de felicidad se alzó por encima de toda la mesa y hasta el pequeño Tim, empujado por los dos jóvenes Cratchit, golpeó la mesa con el mango de su cuchillo y gritó débilmente: “¡Viva!”.

Nunca se había visto ganso semejante. Bob estaba convencido de que nunca se había cocinado un ganso como aquél. Su ternura y sabor, su tamaño y baratura, fueron temas de universal admiración. Reforzado con puré de patatas y de manzana, resultó cena suficiente para toda la familia; de hecho, como dijo la señora Cratchit muy satisfecha (contemplando un trocito de hueso en la bandeja), ¡al final no se lo habían terminado! Y, sin embargo, todo el mundo había comido hasta saciarse y los jóvenes Cratchit, chico y chica, en particular, ¡se habían manchado hasta las cejas de salvia y cebolla! Pero a continuación, mientras la señorita Belinda cambiaba los platos, la señora Cratchit abandonó sola el comedor —demasiado nerviosa para tolerar testigos—, en busca del pudín que llevaría luego a la mesa.

Supongamos que no estuviera del todo hecho. Supongamos que se hubiera roto al darle la vuelta. Supongamos que alguien hubiese saltado la pared del patio trasero, robándolo, mientras ellos estaban entretenidos con el ganso, ¡una suposición ante la que los dos jóvenes Cratchit palidecieron! Toda suerte de horrores eran posibles.

¡Veamos! ¡Gran cantidad de vapor! El pudín había salido del recipiente. ¡Un olor como el de un día de colada! El paño que lo cubría. Un aroma como de casa de comidas y pastelería, puerta con puerta, y una lavandería en la casa vecina. ¡Aquello era el resultado! Medio minuto después entró la señora Cratchit —arrebolada, pero sonriendo orgullosa— con un pudín, semejante a una bala de cañón con pintas, elástico y firme, que ardía envuelto en medio cuartillo de aguardiente y estaba coronado por una ramita de acebo navideño.

—¡Ah, qué pudín maravilloso! —dijo Bob Cratchit, para añadir a continuación con gran calma que lo consideraba la mayor proeza lograda por la señora Cratchit desde que se casaron.

Su mujer confesó que se le había quitado un peso de encima por sus dudas sobre la cantidad de harina. Todo el mundo aportó algún comentario sobre el dulce, pero nadie dijo ni pensó que fuera demasiado pequeño para una familia numerosa. Habría sido sencillamente una herejía hacerlo. A cualquier Cratchit se le hubiera caído la cara de vergüenza ante semejante insinuación.

Finalmente concluyó la cena, se retiró el mantel, se barrió el hogar de la chimenea y se reavivó el fuego. Se probó el ponche preparado por Bob, considerándolo perfecto, y se colocaron manzanas y naranjas sobre la mesa y un buen puñado de castañas en el fuego. Acto seguido toda la familia Cratchit se acercó a la chimenea, formando lo que Bob Cratchit llamaba un círculo, aunque en realidad solo era medio; y junto al codo del progenitor se desplegó la cristalería de la familia: dos vasos y un cuenco para servir natillas.

Aquellos tres recipientes hacían tanto honor al contenido de la jarra, de todos modos, como habrían podido hacerlo unas copas doradas; y Bob lo sirvió con ojos sonrientes, mientras las castañas crujían sobre el fuego y se resquebrajaban con gran ruido. A continuación propuso:

—Feliz Navidad para todos nosotros, queridos míos. ¡Que Dios nos bendiga! Deseo del que la familia en pleno se hizo eco.

—¡Que Dios nos bendiga a todos! —repitió el pequeño Tim, el último de todos.

Estaba sentado muy cerca de su padre, en su taburetito. Bob apretaba su manita atrofiada, como para darle una muestra especial de amor y guardarlo siempre a su lado, temeroso de que pudieran arrebatárselo.

—Espíritu —dijo Scrooge, con un interés que nunca había sentido—, decidme si el pequeño Tim vivirá.

—Veo un sitio vacío —replicó su acompañante— en el rincón de ese pobre hogar y una muleta sin dueño, cuidadosamente conservada. Si el futuro no modifica esas sombras, el niño morirá.

—¡No, no! —dijo Scrooge—. No, bondadoso espíritu, decidme que se salvará.

—Si el futuro no altera esas sombras, ningún otro miembro de mi raza —replicó el espíritu— lo encontrará aquí. ¿Qué más da? Dado que, probablemente, morirá, más vale que lo haga y que contribuya a reducir el exceso de población.

Scrooge bajó la cabeza al oír cómo el espíritu repetía unas palabras salidas de su boca, y se sintió dominado por el arrepentimiento y el dolor.

—Hombre mortal —dijo el espíritu—, si tienes un corazón que late y no una piedra insensible, renuncia a ese perverso cinismo hasta que hayas descubierto qué exceso de población es ése y dónde se halla. ¿Decidirás tú qué seres humanos deben vivir y cuáles han de morir? Pudiera ser que, a ojos del Paraíso, seas tú más despreciable y menos digno de vivir que millones de seres semejantes al hijo de este pobre hombre. ¡Dios omnipotente! ¡Oír al insecto que, encima de la hoja, dictamina sobre el exceso de vida entre sus hermanos hambrientos que viven en el polvo!

Scrooge se encogió ante la reprimenda del espectro y, tembloroso, bajó los ojos al suelo. Pero los alzó al instante, al oír que se pronunciaba su nombre.

—¡Por el señor Scrooge! —dijo Bob—; ¡propongo un brindis por el señor Scrooge, que nos da los medios para celebrar esta fiesta!

—¡Los medios para celebrarla! —exclamó la señora Cratchit, enrojeciendo—. Me gustaría tenerlo aquí ahora. Le iba a decir unas cuantas verdades a modo de celebración y no sé si le caerían bien en el estómago.

—Querida mía —dijo Bob—: ¡los niños! Hoy es Navidad.

—Tiene que ser el día de Navidad, no me cabe la menor duda —respondió ella—, para que bebamos a la salud de una persona tan odiosa, tacaña, dura y sin sentimientos como el señor Scrooge. ¡Sabes que lo es, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobrecito mío!

—Querida mía —fue la amable respuesta de Bob—: hoy es Navidad.

—Voy a brindar a su salud porque me lo pides tú y por ser Navidad —dijo la señora Cratchit—, pero no por él. ¡Que viva muchos años! ¡Felices pascuas y próspero Año Nuevo! ¡No me cabe la menor duda de que estará muy contento y será muy feliz!

Los niños brindaron después de su madre. Era la primera cosa que hacían sin entusiasmo aquel día. El pequeño Tim fue el último, y tampoco lo hizo con alegría. Scrooge era el ogro de la familia. La mención de su nombre arrojó una oscura sombra sobre la fiesta, sombra que tardó al menos cinco minutos en disiparse.

Una vez olvidada, la alegría anterior se multiplicó por diez, por el simple alivio de haberse librado del siniestro Scrooge. Bob Cratchit procedió a contar a su familia que tenía en perspectiva un puesto para Peter, el primogénito, empleo que les proporcionaría, si se lograba, nada menos que cinco chelines y seis peniques a la semana. Los dos jóvenes Cratchit, chico y chica, rieron a carcajadas ante la idea de que su hermano mayor se convirtiera en hombre de negocios; el mismo Peter contempló el fuego, pensativo, desde el interior del cuello de su camisa, como si calibrara qué inversión concreta debía hacer cuando estuviera en condiciones de recibir ingresos tan exorbitantes. Martha, modesta aprendiza en el taller de un sombrerero, les contó a continuación el tipo de trabajo que hacía, y cuántas horas trabajaba de un tirón, y cómo tenía el propósito de quedarse en la cama a la mañana siguiente para descansar de verdad, ya que se trataba de un día de fiesta que pasaría en casa. También explicó que había visto a una condesa y a un lord pocos días antes, y cómo el lord “era más o menos de la talla de Peter”, lo que hizo que el aludido se subiera tanto el cuello de la camisa que no le habrían visto ustedes la cabeza si hubieran estado presentes. Durante todo aquel tiempo las castañas y el ponche pasaron de mano en mano; al poco rato Tim empezó a cantar una canción sobre un niño perdido que caminaba por la nieve; tenía una vocecita quejumbrosa, pero no cantaba mal ni muchísimo menos.

No había nada de extraordinario en todo aquello. No eran una familia bien parecida; no iban bien vestidos; sus zapatos distaban mucho de ser impermeables; su ropa era insuficiente; y Peter era muy posible que hubiera descubierto ya, no tendría nada de extraño, el interior de una casa de empeños. Pero eran felices, agradecidos, estaban satisfechos unos con otros, y contentos con su suerte; y cuando ya se estaban desvaneciendo a Scrooge le parecieron aún más felices a la luz de los destellos de la antorcha del espíritu, y hasta el último momento no les quitó los ojos de encima, en especial al pequeño Tim.

Para entonces se había hecho de noche y nevaba con mucha fuerza; mientras Scrooge y el espíritu recorrían las calles, era maravilloso el brillo de los alegres fuegos en cocinas, cuartos de estar y habitaciones de todo tipo. En un sitio, el parpadeo de las llamas dejaba ver los preparativos de una agradable cena familiar, con los platos que se calentaban delante del fuego y con cortinas de color rojo oscuro, listas para ser corridas y dejar fuera el frío y la oscuridad. En otro, todos los niños de la casa salían corriendo a la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos, tíos, tías, y ser los primeros en darles la bienvenida. Más allá, de nuevo, aparecían sobre los estores las sombras de los invitados que se congregaban; y allí un grupo de jóvenes bien parecidas, todas con capuchas y botas de piel y todas parloteando al mismo tiempo, se trasladaban con pie ligero a la cercana casa de algún vecino, donde ¡pobre del soltero que las viera entrar —brujas taimadas, bien lo sabían ellas— con su tez sonrosada animada por el frío!

Aunque se pudiera pensar, a juzgar por el número de personas camino de reuniones con amigos, que no quedaba nadie en casa para darles la bienvenida cuando llegaran, sucedía en realidad todo lo contrario, ya que no había ninguna casa que no esperase sus invitados ni hogar de chimenea al que faltase un buen montón de combustible. ¡Cómo se alegraba el espectro, bendito sea Dios! ¡Cómo descubría el amplio pecho y abría la mano de vastas proporciones y seguía flotando por encima de aquella multitud, derramando con generosidad su alegría, viva e inocente, en todo lo que se ponía a su alcance! El farolero mismo, que corría por delante, y que, vestido ya para pasar la velada en algún sitio, llenaba las calles oscuras de manchas de luz, rió a carcajadas con el paso, muy cercano, del espectro, aunque no supo aquel buen hombre que, por unos instantes, había tenido por compañero al espíritu de la Navidad en persona.

De repente, sin que el espectro hubiera dicho una sola palabra con el fin de preparar a su acompañante para tan brusco cambio, se encontraron en medio de un triste páramo, sembrado de monstruosas aglomeraciones de toscas piedras, como si se tratara de un cementerio de gigantes; y el agua se habría extendido por todas partes de no haber sido por el obstáculo de la helada que la tenía prisionera; nada crecía allí excepto el musgo, la aulaga y unas desagradables hierbas malolientes. En el horizonte, del lado oeste, la puesta de sol había dejado una estela de rojo encendido, que brilló sobre aquella desolación un instante, como la mirada de un ojo sombrío, y se veló poco a poco, cada vez más, hasta desaparecer en el horror de una noche oscurísima.

—¿Qué lugar es éste? —preguntó Scrooge.

—Un lugar donde viven mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra — replicó el espíritu—. Pero me conocen. ¡Mira!

Una luz brillaba en la ventana de una choza y rápidamente se dirigieron hacia ella. Al atravesar una pared de barro y piedra se encontraron con un alegre grupo reunido en torno a un espléndido fuego. Un hombre y una mujer de avanzada edad, con sus hijos, sus nietos y sus biznietos, estaban reunidos y llevaban su mejor ropa de fiesta. El anciano, con una voz que raras veces se alzaba sobre los aullidos del viento en el páramo, les cantaba un villancico —uno que ya era muy antiguo en su juventud — y de cuando en cuando todos se unían a él para entonar el estribillo. Cada vez que los demás le acompañaban, la voz del anciano se hacía más robusta y alegre; terminado el estribillo y calladas las otras voces, disminuía su vigor.

El espíritu no se entretuvo allí, e indicó a Scrooge que se agarrase de nuevo a su túnica; dejaron atrás el páramo y se dirigieron veloces, ¿hacia dónde? ¿No hacia el mar? Precisamente hacia allí. Para horror de Scrooge, al mirar atrás vio a su espalda el límite de la tierra, una temible cadena de rocas; y le ensordeció el estruendo del agua al revolverse y rugir entre las terribles cavernas talladas en los acantilados, como si, en sus accesos de furor, el mar tratase de debilitar a la tierra.

Construido sobre el triste arrecife de unos peñascos a flor de agua, a una legua, más o menos, de la orilla, batido encarnizadamente por las olas a lo largo de todo el año, se alzaba un faro solitario. Grandes acumulaciones de algas colgaban de su base y los pájaros de las tormentas —cabe suponer que engendrados por los vientos como las algas por el agua— se alzaban y descendían a su alrededor, como las olas que rozaban al volar.

Pero incluso allí dos fareros habían hecho un fuego que, a través de una apertura practicada en el espeso muro, lanzaba un rayo de claridad sobre el mar espantoso. Unidas las manos callosas sobre la rústica mesa a la que estaban sentados, se deseaban mutuamente una feliz Navidad mientras bebían su ponche; y uno de ellos, el de más edad, el rostro marcado por las inclemencias de la intemperie, como podría estarlo el mascarón de proa de un barco viejo, procedió a entonar, con voz ronca, una recia canción que era como un golpe de viento durante el huracán.

De nuevo el espíritu reemprendió la marcha sobre las aguas oscuras y embravecidas —siempre hacia alta mar— hasta que, muy lejos de cualquier costa, como le explicó a Scrooge, se detuvieron en un barco. Visitaron al timonel que guiaba la nave, al vigía en la proa, a los oficiales de guardia; figuras oscuras, fantasmales, en sus diferentes situaciones; pero todas tarareaban algún villancico, tenían algún pensamiento navideño o hablaban en voz baja de navidades pasadas con algún compañero, y de esperanzas de regreso al hogar. Y todos los hombres de a bordo, despiertos o dormidos, buenos o malos, habían intercambiado, unos y otros, palabras más cordiales aquel día que el resto del año; habían compartido en cierta medida las festividades; se habían acordado de las personas a las que querían y que estaban lejos; y habían sabido que sentían la misma alegría recordándolos.

Fue toda una sorpresa para Scrooge, mientras escuchaba los gemidos del viento y pensaba en qué cosa tan solemne era atravesar aquella solitaria oscuridad sobre un abismo desconocido, cuyas profundidades eran un secreto tan insondable como la muerte; fue, como digo, una gran sorpresa para Scrooge, mientras estaba así ocupado, escuchar una alegre carcajada. Y la sorpresa fue aún mayor al reconocerla como procedente de la boca de Fred, su sobrino, y encontrarse en una habitación bien iluminada, cálida, con el resplandor de la limpieza, y al espíritu, con una amplia sonrisa, a su lado, que contemplaba a aquel mismo sobrino con una afabilidad llena de aprobación.

—¡Ja, ja! —reía Fred—. ¡Ja, ja, ja!

Si por casualidad, si por una extraña coincidencia, conocen ustedes a alguien con una risa más contagiosa que la del sobrino de Scrooge, todo lo que les puedo decir es que me gustaría conocerlo. Preséntenmelo y cultivaré su amistad.

Merced a una feliz compensación, una compensación noble y justa, aunque es cierto que la enfermedad y la tristeza son transmisibles, no hay nada en el mundo tan irresistible y contagioso como la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge reía de aquella manera, cuando se sujetaba el costado, agitaba la cabeza y retorcía la cara con las contorsiones más inconcebibles, su mujer reía con tantas ganas como él. Y los amigos que los acompañaban, nada dispuestos a quedarse atrás, reían también a mandíbula batiente.

—¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

—¡Dijo que la Navidad era una paparrucha, os lo juro! —exclamó el sobrino de Scrooge—. Y ¡además estaba convencido!

—¡Más imperdonable todavía, Fred! —dijo la sobrina, muy indignada. Benditas las mujeres como ella; nunca hacen las cosas a medias. Se lo toman todo muy en serio.

Era muy bonita, extraordinariamente bonita. Con una carita encantadora toda ingenuidad, asombro y hoyuelos en las mejillas; una boquita madura que parecía hecha para besarla, como, sin duda, le sucedía; y otros hoyuelos más en torno a la barbilla que se le confundían al reír; y el par de ojos más risueños que se hayan visto nunca en una joven. En conjunto, su belleza tenía algo que podría llamarse provocador, no sé si me explico; pero muy satisfactorio también. Completamente satisfactorio.

—Es un viejecito muy cómico —dijo el sobrino de Scrooge—, ésa es la verdad: y no tan simpático como podría serlo. De todos modos, esos defectos encierran su propio castigo, y no tengo nada que decir contra él.

—Estoy segura de que tiene mucho dinero —apuntó la sobrina—. Por lo menos eso es lo que me dices siempre.

—Y ¿qué más da, cariño mío? —dijo Fred—. Su riqueza no le sirve de nada. No hace nada con ella que merezca la pena. Ni siquiera la utiliza para su propia comodidad. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar, ¡ja, ja, ja!, que alguna vez será nuestro benefactor.

—No lo soporto —opinó la sobrina. Sus hermanas, y todas las demás señoras presentes, fueron de la misma opinión.

—Yo no lo veo con tan malos ojos —dijo Fred—. Lo siento por él; no podría enfadarme aunque quisiera. ¿Quién sufre por sus malos humores? Se le ha metido en la cabeza, por ejemplo, desconfiar de nosotros, y no quiere venir a cenar. ¿Cuál es la consecuencia? Aunque tampoco se pierde una cena excepcional.

—Pues yo sí que creo que se pierde una cena excelente —le interrumpió su mujer. Todos los demás dijeron lo mismo, y hay que concederles que estaban en condiciones de ser jueces competentes porque acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, se apiñaban en torno al fuego, a la luz de las lámparas.

—¡Vaya! Me alegro de oírlo —dijo Fred—, porque tengo gran fe en estas jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper?

Era evidente que Topper se había fijado en una de las hermanas de la mujer de Fred, porque respondió que un soltero era un desdichado paria que no tenía derecho alguno a dar su opinión sobre aquel tema. Con lo que una de las cuñadas —la rellenita con la pechera de encaje, no la de las rosas— se ruborizó.

—Termina lo que estabas diciendo, Fred —dijo su mujer, aplaudiendo—. ¡Nunca acaba lo que empieza a decir! ¡Qué persona más ridícula!

El sobrino de Scrooge se deleitó con otra carcajada, y como fue imposible evitar el contagio, aunque la hermana rellenita se esforzó mucho en conseguirlo con vinagre aromático, el ejemplo de Fred se siguió de manera unánime.

—Iba solo a decir —continuó después el sobrino de Scrooge— que por desconfiar de nosotros y no querer pasar un buen rato en nuestra compañía, renuncia, creo yo, a algunos momentos agradables que no le harían ningún daño. Estoy seguro de que pierde una compañía más grata que la de sus propios pensamientos, tanto en su vieja y mohosa oficina como en sus habitaciones polvorientas. Me propongo ofrecerle la misma oportunidad todos los años, tanto si le gusta como si no, porque me inspira compasión. Nada le impedirá despotricar contra la Navidad hasta el día en que se muera, pero, es inevitable, tendrá mejor opinión de la fiesta si comprueba que me presento, de buen humor, año tras año y le pregunto: “Tío Scrooge, ¿qué tal está usted?”. Aunque con eso solo consiga sugerirle la conveniencia de legarle cincuenta libras a ese pobre empleado suyo, ya es algo; y, si no estoy equivocado, creo que ayer conseguí inquietarlo un poco.

Ahora les tocó reírse a los demás ante la idea de haber inquietado a Scrooge. Pero, como Fred era una buenísima persona y le daba lo mismo de qué se rieran, siempre que lo hiciesen, los animó en su jolgorio, e hizo circular la botella de oporto alegremente.

Después del té hicieron algo de música, porque se trataba de una familia musical, y sabían lo que se traían entre manos cuando interpretaban una arieta o un retornelo, se lo aseguro: de manera especial Topper, que hacía bramar al contrabajo como el mejor, sin que se le hincharan las venas de la frente ni se le enrojeciese la cara como a un cangrejo. La sobrina de Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras melodías, ejecutaba una cancioncilla sin ninguna complicación (muy poca cosa, algo que ustedes aprenderían a silbar en un par de minutos), y que era precisamente una de las piezas preferidas de la hermana de Scrooge, la niña que lo sacó del internado, tal como al viejo cambista se lo había recordado el espíritu de las navidades pasadas. Cuando sonaron aquellos compases, a Scrooge le vinieron a la cabeza todas las cosas que aquel espíritu le había mostrado, lo que hizo que se ablandara más y más; y pensó que, si hubiese podido escucharla más a menudo, años antes, quizá hubiera cultivado, con sus propias manos, para su propia felicidad, los dulces afectos de la vida, algo mucho mejor que afilar, impaciente, la pala de sepulturero que había enterrado a Jacob Marley.

Pero los allí reunidos no dedicaron toda la velada a la música. Al cabo de algún tiempo jugaron a las prendas; porque es bueno ser niño alguna vez, y nunca mejor que en Navidad, una fiesta instituida por todo un Dios que también se había hecho niño. ¡Atención! He aquí que comienza el juego de la gallina ciega. No podía ser de otra manera. Y me parece tan poco probable que Topper no viera nada como que tuviera ojos en las botas. Si se me permite opinar creo que Fred y él se habían puesto de acuerdo; y que el espíritu de la Navidad presente estaba en el ajo. La manera que tuvo de ir detrás de la hermana rellenita —la de la pechera de encaje— supuso todo un abuso de los límites de la credulidad humana. Topper procedió a tirar las tenazas de la chimenea, tropezó con las sillas, se estrelló contra el piano, casi se asfixió entre las cortinas, porque donde iba la cuñadita de Fred, ¡allí la seguía Topper! Siempre sabía dónde estaba. No quería atrapar a ningún otro invitado. Si ustedes se hubieran arrojado sobre él (como hicieron algunos) aposta, habría fingido esforzarse por atraparlos, pero con una torpeza que era un insulto a la inteligencia del interesado, para escurrirse de inmediato en busca de la presa que sin duda perseguía. La interesada exclamó repetidas veces que no era justo; y en verdad que no lo era. Pero, cuando por fin la capturó, cuando, pese a todo el agitarse de su vestido de seda y de sus rápidos quiebros para evitar a Topper, su verdugo consiguió llevarla a un rincón donde no tenía escape, cabe afirmar que la conducta del de los ojos vendados fue de lo más execrable. Porque fingió que no la reconocía; fingió que necesitaba palparle el tocado y, para asegurarse aún más de su identidad, le deslizó cierto anillo en el dedo y le colgó cierta cadena del cuello, ¡sin duda una vileza monstruosa! No cabe duda de que la cuñada de Fred le dijo lo que pensaba de todo ello cuando, al convertirse en gallina ciega otro invitado, se dedicaron a hacerse confidencias detrás de las cortinas.

La sobrina de Scrooge, sin tomar parte en el juego, se acomodó en un sillón y colocó los pies sobre un escabel en un rincón muy acogedor, muy cerca de donde, detrás de ella, se encontraban el viejo cambista y el espíritu navideño. Pero sí participó cuando pasaron a las prendas, y respondió admirablemente a “¿Cómo os gusta?”. con todas las letras del alfabeto. De manera parecida, en el juego de “Cómo, cuándo y dónde” demostró ser una experta y, para secreto regocijo de Fred, hizo morder el polvo a sus hermanas, aunque también eran unas chicas muy listas, como Topper se habría apresurado a explicarles a ustedes. En total podía haber allí unas veinte personas, jóvenes y de más edad, pero todas participaron, como también lo hizo Scrooge; tan interesado estaba en lo que sucedía que, olvidado por completo de que sus palabras no llegaban a los oídos de los otros jugadores, alguna vez aventuró una solución en voz bastante alta, y acertó con mucha frecuencia; porque la aguja de punta más afilada y de mejor acero, con la garantía de no cortar el hilo al pasarlo por su ojo, no era más aguda que Scrooge, por muy romo que se creyera.

Al espíritu le agradaba sobremanera encontrarlo tan animado y lo miraba con tanta simpatía que el cambista suplicó, como un niño, que se le permitiera quedarse hasta que se marcharan los invitados. Pero su acompañante aseguró que no era posible.

—¡Empiezan un juego nuevo! —dijo Scrooge—. ¡Solo media hora, nada más!

Era un juego llamado “sí y no”, en el que el sobrino de Scrooge tenía que pensar algo y los demás descubrir de qué se trataba, si bien la respuesta a las preguntas de los participantes era sencillamente sí o no, según los casos. La rápida sucesión de requerimientos a los que Fred se vio sometido dejó en claro que estaba pensando en un animal, en un animal vivo, más bien desagradable, salvaje, un animal que gruñía y bramaba a veces, que en ocasiones hablaba, que vivía en Londres, caminaba por sus calles, no lo exhibían en ningún sitio, nadie lo llevaba atado, no formaba parte de un circo, no lo sacrificaban para venderlo en el mercado y no era ni caballo, ni asno, ni vaca, ni toro, ni tigre, ni perro, ni cerdo, ni gato, ni oso. Cada vez que le hacían una pregunta más, el sobrino de Scrooge lanzaba una nueva carcajada; y se divertía de manera tan indescriptible que se vio obligado a levantarse del sofá y dar patadas en el suelo. Por fin la cuñada rellenita, presa de las mismas convulsiones de hilaridad, exclamó:

—¡Ya lo tengo! ¡Sé de quién hablas, Fred! ¡Seguro que sí!

—¿Quién es? —exclamó Fred.

—¡Tu tío Scro-o-o-oge!

Era, en efecto, la respuesta acertada. La admiración fue el sentimiento general, aunque algunos pusieron la objeción de que la respuesta a “¿Es un oso?”. debería haber sido “Sí”, por cuanto la negativa bastaba para apartar sus pensamientos del señor Scrooge, en el caso de que se hubieran dirigido en aquella dirección.

—Ha logrado que lo pasemos francamente bien, no me cabe la menor duda —dijo Fred—, y sería una ingratitud que no brindásemos por él. Alzo el vaso de ponche que tenemos tan a mano en este momento; ¡a la salud de mi tío Scrooge!

—¡De acuerdo! —exclamaron todos—. ¡Por tu tío Scrooge!

—¡Felices pascuas y Año Nuevo para el viejo, dondequiera que esté! —dijo el sobrino de Scrooge—. No la aceptaría de mí, pero ahí va la felicitación, de todos modos. ¡Por el tío Scrooge!

El aludido se había dejado ganar poco a poco por la alegría general y se le había ensanchado tanto el corazón que habría respondido de buena gana al brindis y les habría dado las gracias en un discurso inaudible si el espíritu le hubiera concedido el tiempo necesario. Pero la escena entera se esfumó mientras su sobrino pronunciaba la última palabra; y el espectro y él reemprendieron una vez más sus viajes.

Fue mucho lo que vieron, grandes las distancias recorridas, muchos los hogares visitados y siempre con final feliz. Al detenerse junto al lecho de los enfermos, la presencia del espíritu hizo que olvidaran sus penas; acompañados por él, quienes se hallaban en tierra extranjera se sintieron por un momento más cerca de casa; los hombres que luchaban con la desventura se resignaron al descubrir una esperanza mejor; el espíritu hizo que aquella noche la pobreza se transformara en riqueza. En hospicios, hospitales y cárceles, en todos los refugios del dolor donde la vanidad del ser humano, con su breve e insignificante autoridad, no había cerrado la puerta con una doble vuelta de llave, impidiendo así el paso del espíritu, dejó éste sus bendiciones y enseñó a Scrooge sus preceptos.

Fue una noche muy larga, si es que fue solo una noche; porque el cambista tenía sus dudas, dado que todas las vacaciones de Navidad parecieron condensarse en el lapso de tiempo que los dos pasaban juntos. También era extraño que, mientras él no se alteraba en su apariencia exterior, el espíritu se hacía más viejo, mucho más viejo. Scrooge se había fijado en el cambio, aunque sin mencionarlo nunca, hasta que abandonaron una fiesta de la noche de Reyes y, al mirar al espíritu cuando estaban los dos al aire libre, reparó en que tenía el pelo gris.

—¿Es tan breve la vida de los espíritus? —preguntó.

—Mi vida en la tierra es muy breve —respondió su acompañante—. Acaba esta noche.

—¡Esta noche! —exclamó Scrooge.

—A medianoche. ¡Escucha! Se acaba el tiempo.

Los relojes daban en aquel momento las doce menos cuarto.

—Perdonadme si carezco de justificación para preguntarlo —dijo Scrooge, mirando al espíritu—, pero veo algo extraño, que no os pertenece y que asoma por debajo de vuestra túnica. ¿Es un pie o una garra?

—Podría ser una garra, dada la escasa carne que lo recubre —fue la apesadumbrada respuesta del espectro—. Mira.

De entre los pliegues de la túnica salieron dos niños —desdichados, abyectos, horrendos, espantosos, lamentables—, que se arrodillaron a los pies del espíritu y se agarraron al exterior de su manto.

—¡Mira aquí! ¡Aquí abajo! —exclamó el fantasma de la Navidad presente.

Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, harapientos, con cara de pocos amigos, feroces, aunque postrados, también, en su desamparo. Donde la dulzura de la infancia debiera haber dominado sus rasgos, tocándolos con sus tintes más risueños, una mano anquilosada y reseca, como la de los muchos años, los había encogido, retorciéndolos, hasta deformarlos por completo. Donde deberían ser entronizados los ángeles, acechaban demonios que miraban amenazadores. Ningún cambio, ninguna degradación, ninguna perversión de la especie humana, en grado alguno, en todos los misterios más maravillosos de la creación, ha producido jamás monstruos tan horribles y espantosos.

Scrooge retrocedió, consternado. Al ver cómo se le mostraban, trató de decir que eran unos niños muy guapos, pero se le atragantaron las palabras, que se negaban a formar parte de una mentira de tan enormes proporciones.

—¿Son vuestros? —Scrooge no fue capaz de decir nada más.

—Son hijos del hombre —respondió el espíritu, bajando la cabeza para mirarlos —. Y se cuelgan de mí para acusar a sus padres. Este niño es la Ignorancia. Y la niña es la Indigencia. Guárdate de los dos, y de toda su progenie, pero sobre todo guárdate de este niño, porque en su frente veo escrito Condena, a no ser que se consiga borrar esa palabra. ¡Niégalo! —exclamó el espíritu, indicando con una mano extendida hacia la ciudad—. ¡Apresúrate a borrar esa palabra que te condena más que a él! A ti a la ruina y a él a su desgracia. ¡Calumnia a quienes te lo dicen! Admítelo tan solo para coronar con éxito tus abominables proyectos. Pero ¡prepárate para el resultado final!

—¿Carecen de refugio o de recursos? —preguntó Scrooge.

—¿No hay cárceles? —dijo el espíritu, devolviéndole por última vez sus propias palabras—. ¿Ni talleres para los pobres?

El reloj dio las doce.

Scrooge miró a su alrededor en busca del espíritu y no lo encontró. Mientras dejaba de vibrar en el aire la última campanada, recordó la predicción del viejo Jacob Marley y, al alzar los ojos, vio a un fantasma solemne, bien cubierto y encapuchado que, como una niebla que se deslizara sobre el suelo, se dirigía hacia él.

CUARTA ESTROFA – EL ÚLTIMO DE LOS ESPÍRITUS

El fantasma se acercó lento, serio, silencioso. Cuando llegó a su lado, Scrooge hizo una genuflexión, porque aquel espíritu parecía sembrar desolación y misterio por el aire mismo en el que se movía.

Iba envuelto en una larga túnica negra que le ocultaba la cabeza, el rostro, la silueta, y que solo dejaba visible una mano extendida. De no ser por ello habría sido difícil separar su figura de la noche y distinguirla de la oscuridad que la rodeaba.

Cuando llegó a su lado Scrooge advirtió que era alto y majestuoso, y que su presencia misteriosa lo llenaba de un terror solemne. No supo nada más, porque el espíritu ni habló ni se movió.

—¿Estoy en presencia del espíritu de la Navidad futura? —preguntó Scrooge. La aparición no respondió, pero señaló al frente con la mano.

—Os disponéis a enseñarme sombras de cosas que no han sucedido, pero que sucederán con el paso del tiempo —prosiguió Scrooge—. ¿No es así, espíritu?

La parte superior de la túnica se plegó por un instante, como si la aparición hubiera inclinado la cabeza. Tal fue su única respuesta.

Aunque acostumbrado ya para entonces a la compañía fantasmal, al cambista le inspiró tal temor aquella figura silenciosa que empezaron a temblarle las piernas y vio que apenas era capaz de mantenerse en pie cuando se dispuso a seguirlo. El espíritu hizo una pausa, como si advirtiese su situación y le diera tiempo para recuperarse.

Scrooge, sin embargo, se sintió peor. Le produjo un vago escalofrío de horror saber que detrás de aquella oscura mortaja había unos ojos fantasmales que no dejaban de mirarlo mientras él, por mucho que se esforzara, no veía más que una mano espectral y una gran cantidad de negrura.

—¡Fantasma del futuro! —exclamó—, os temo más que a ninguno de los espectros que conozco. Pero, como sé que os proponéis hacerme el bien, y como espero vivir para ser un hombre distinto del que era, estoy preparado para aceptar vuestra compañía y para hacerlo con el corazón agradecido. ¿No hablaréis conmigo?

No obtuvo respuesta. La mano seguía señalando al frente.

—¡Conducidme! —dijo Scrooge—. ¡Adelante! La noche se acaba deprisa, y para mí se trata de un tiempo precioso, lo sé. ¡Adelante, espíritu!

El fantasma se alejó como antes se había acercado. Scrooge lo siguió en la sombra de su túnica y le pareció que aquella sombra lo alzaba y lo llevaba con ella.

Apenas tuvo la sensación de entrar en la ciudad: más bien le pareció que la ciudad, por decisión propia, surgía a su alrededor y los rodeaba. Pero allí estaban, en el corazón de la metrópoli, en la Bolsa, entre los hombres de negocios que iban de un lado a otro, hacían sonar el dinero que llevaban en el bolsillo, conversaban en grupos, miraban el reloj y jugueteaban, pensativos, con sus grandes sellos de oro, tal como Scrooge los había visto en innumerables ocasiones.

El espíritu se detuvo junto a uno de los grupos que departían. Al fijarse en que la mano del espectro los señalaba, Scrooge se adelantó para escuchar su conversación.

—No —decía un individuo grande y gordo con una barbilla monstruosa—; no sé nada más. Solo sé que ha muerto.

—¿Cuándo? —preguntó otro.

—Creo que anoche.

—Caramba, y ¿qué le pasaba? —preguntó un tercero, mientras sacaba una enorme cantidad de rapé de una caja muy grande—. Yo creía que no se moriría nunca.

—Vaya usted a saber —dijo el primero, con un bostezo.

—¿Qué ha hecho con su dinero? —preguntó un caballero de rostro colorado al que le colgaba una excrecencia de la punta de la nariz que se agitaba como la carúncula de un pavo.

—No he oído nada —dijo el individuo de la enorme barbilla, bostezando de nuevo—. Se lo habrá dejado a su sociedad mercantil. A mí no, desde luego. Es lo único que sé.

Aquella broma fue recibida con risas generalizadas.

—Será un funeral muy barato el que le hagan —dijo la misma persona—; porque, a fe mía, no sé de nadie que vaya a ir. ¿Qué tal si formamos un grupo de voluntarios?

—No me importa ir si está incluido el almuerzo —observó el caballero con la excrecencia en la nariz—. Pero tienen que darme de comer para que valga la pena.

Otra risa colectiva.

—Bien —dijo el primero que había hablado—, soy el más desinteresado de ustedes, según parece, porque nunca llevo guantes negros ni tomo nada al mediodía. Pero me ofrezco a ir, si hay alguien más que me acompañe. Pensándolo bien, casi estoy seguro de que yo era su amigo más íntimo, porque solíamos pararnos para hablar siempre que nos encontrábamos. ¡Hasta la vista!

El grupo se dispersó y se mezcló con otros. Scrooge conocía a aquellas personas, y se volvió hacia su acompañante en busca de una explicación.

El fantasma se deslizó hasta otra calle. Con el dedo señaló a dos personas que conversaban. Scrooge escuchó de nuevo, pensando que quizá encontraría allí la explicación.

También conocía bien a aquellos dos, hombres de negocios muy acaudalados y personas importantes. Siempre se había esforzado por granjearse su aprecio, aunque desde el punto de vista de los negocios, por supuesto; estrictamente desde el punto de vista de los negocios.

—¿Qué tal le va? —dijo uno.

—¿Y a usted? —respondió el otro.

—¡Bien! —dijo el primero—. Al viejo tacaño le llegó por fin su hora, ¿no es eso?

—Eso me han dicho —replicó el segundo—. Mucho frío, ¿verdad?

—Lo normal en Navidad. Imagino que a usted no le gusta patinar.

—No, no. Tengo otras cosas en que pensar. ¡Buenos días!

Ni una palabra más. Aquél fue su encuentro, su conversación y su despedida.

Al principio a Scrooge le sorprendió que el espíritu concediera importancia a conversaciones en apariencia tan triviales; pero, convencido de que encerraban algún propósito oculto, se puso a considerar cuál podría ser. Difícilmente cabía suponer que tuvieran alguna conexión con la muerte de Jacob, su antiguo socio, porque se trataba de un suceso que pertenecía al pasado, y el campo de acción del nuevo espíritu era el futuro. Y tampoco le parecía que se pudieran referir a alguna otra persona estrechamente relacionada con él. Pero, seguro de que —se aplicaran a quien se aplicasen— encerraban alguna enseñanza moral en beneficio suyo, decidió atesorar todas las palabras que oía y todo lo que veía; y en especial observar su propia imagen cuando apareciese. Porque tenía la esperanza de que el comportamiento de su yo futuro le diera la clave que le faltaba y le facilitara la solución de aquellos enigmas.

Scrooge se buscó allí mismo, pero había otra persona en su lugar acostumbrado y, aunque el reloj señalaba la hora habitual de su presencia allí, no vio a nadie que se le pareciera entre la multitud que se acumulaba a la entrada de la Bolsa. No le sorprendió demasiado, sin embargo, porque estaba considerando un cambio de vida, y pensó y esperó descubrir en aquella circunstancia que, en efecto, sus nuevas resoluciones producían el efecto deseado.

Silencioso y oscuro, el fantasma seguía a su lado, la mano extendida. Cuando Scrooge salió de su pensativa búsqueda, se imaginó, por la posición de la mano, y su situación con respecto a sí mismo, que los ojos invisibles de su acompañante lo miraban con gran interés, lo que le hizo estremecerse y sentir un frío intenso.

Abandonaron aquel lugar tan concurrido para trasladarse a una zona oscura de la ciudad donde Scrooge no había puesto nunca los pies, si bien reconoció el sitio y su mala reputación. Las calles estaban sucias y eran estrechas; las tiendas y las viviendas, espantosas; la gente, medio desnuda, borracha, desaliñada, fea. Callejones y pasadizos oscuros, como otras tantas cloacas, vertían sus ofensivos olores, suciedad y vida sobre el laberinto de callejas; y todo el barrio respiraba la delincuencia, la basura y el sufrimiento.

En lo más profundo de aquel infame lugar había un local comercial de poca altura que sobresalía bajo el alero de una casa, en donde se compraba hierro, trapos viejos, botellas, huesos y restos grasientos. En el suelo, en el interior, se apilaban montones de llaves oxidadas, clavos, cadenas, goznes, limas, balanzas, pesas y residuos de hierro de todas clases. Misterios que a pocos les habría gustado investigar se generaban y escondían bajo montañas de trapos indecorosos, masas de grasa rancia y sepulcros de huesos. Sentado entre las mercancías con las que comerciaba, junto a una estufa de carbón, se hallaba un granuja de cabellos grises, cercano a los setenta años de edad, que se protegía del aire frío exterior por medio de una desastrada cortina hecha de andrajos heterogéneos y colgada de una cuerda; y allí fumaba su pipa con todo el sosiego de un tranquilo retiro.

Scrooge y el fantasma se presentaron ante aquel individuo al mismo tiempo que una mujer se introducía sigilosamente en la tienda con un pesado fardo. Pero apenas había cruzado el umbral cuando una segunda mujer, con una carga similar, entró también; y casi de inmediato la siguió otro sujeto, vestido de negro desteñido, que se sorprendió tanto a la vista de las dos primeras, como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Después de un breve intervalo de mudo asombro, en el que el viejo de la pipa se reunió con los tres, todos se echaron a reír.

—¡Que pase delante la asistenta! —exclamó la que había entrado en primer lugar —. La lavandera será la segunda y el contratista de pompas fúnebres el tercero.

¡Fíjese, Joe, viejo tunante, qué casualidad! ¡Nos hemos reunido aquí los tres sin habérnoslo propuesto!

—¡No podíais haber elegido un sitio mejor! —dijo el viejo Joe, sacándose la pipa de la boca—. Pasad al salón. Tú hace ya mucho tiempo que tienes aquí el paso franco, no hace falta decirlo; y los otros dos tampoco son desconocidos. Esperad a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah! ¡Cómo chirría! No hay en toda la casa un trozo de metal tan oxidado como sus goznes, estoy seguro; ni huesos tan viejos como los míos. ¡Ja, ja! Todos hacemos honor a nuestra vocación, nos acoplamos bien a nuestro oficio. Pasad al salón. Pasad al salón.

El salón era el espacio situado detrás del biombo de trapos viejos. Joe avivó el fuego con una barra de hierro procedente de una vieja escalera y, después de despabilar (porque era de noche) la lámpara, que humeaba, con la caña de su pipa, se la volvió a meter en la boca.

Mientras hacía todo aquello, la mujer que ya había hablado dejó en el suelo el fardo que llevaba, y se sentó, con aire desenvuelto, en un taburete; luego se cruzó de brazos y miró, desafiante, a los otros dos.

—¿Qué le parece, señora Dilber? —preguntó—. Todo el mundo tiene derecho a cuidarse. Él lo hacía siempre.

—¡Cierto, muy cierto! —dijo la lavandera—. Más que nadie.

—¿Qué sucede, entonces? —exclamó la asistenta—. No se me quede mirando como si tuviera miedo, mujer; ¿quién va a enterarse? No le vamos a ir con el cuento a nadie, imagino yo.

—No, claro que no —dijeron al unísono la señora Dilber y el hombre de negro—.

Faltaría más.

—¡Muy bien, entonces! —exclamó la asistenta—. No se hable más. ¿Quién sale perjudicado por la pérdida de unas pocas cosas como éstas? Un muerto no, desde luego.

—Por supuesto que no —dijo la señora Dilber, riendo.

—Si hubiera querido conservarlas, viejo avaro que era —prosiguió la asistenta—, ¿por qué no se portó como una persona normal mientras vivía? Si lo hubiera hecho, habría tenido a alguien para cuidarlo a la hora de la muerte, en lugar de quedarse más solo que un perro hasta el último estertor.

—Eso que dice usted es la pura verdad —dijo la señora Dilber—. Dios le ha dado su merecido.

—Me habría gustado traer un fardo más grande —dijo la asistenta—; y habría sido así, pueden estar seguros, si consigo echar el guante a algo más. Abra el bulto, Joe, viejo tunante, y dígame lo que vale. Con toda franqueza. No me da miedo ser la primera, ni que lo vean ellos. Sabíamos muy bien, antes de reunirnos aquí, que a quien madruga Dios le ayuda. No es ningún pecado. Abra el bulto, Joe.

Pero la cortesía de sus amigos no lo podía permitir; y el individuo vestido de negro desvaído, lanzándose primero al asalto, presentó su botín. No era abundante. Un sello o dos, un plumier, un par de gemelos de camisa y un broche de poco valor, nada más. El viejo Joe examinó los objetos por separado, los valoró y escribió con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a pagar por cada cosa y que luego sumó hasta alcanzar el total.

—Ésa es su cuenta —dijo Joe—, y no le daría seis peniques más aunque me ahorcaran por no hacerlo. ¿Quién viene ahora?

La señora Dilber era la siguiente. Sábanas y toallas, un traje, dos cucharillas de plata para el té pasadas de moda, unas pinzas para el azúcar y unas botas. Su cuenta quedó reflejada en la pared de la misma manera.

—Siempre doy demasiado a las señoras. Es una debilidad mía, y así es como me arruino —dijo el viejo Joe—. Ahí tiene su cuenta. Si me pide un penique más, e insiste en regatear, me arrepentiré de ser tan generoso y le rebajaré media corona.

—Y ahora deshaga mi bulto, Joe —dijo la primera mujer.

Joe se arrodilló porque así le resultaba mucho más fácil abrir el atado y, después de soltar un buen número de nudos, extrajo un rollo grande y pesado de paño oscuro.

—Y ¿esto qué es? —dijo Joe—. ¡Cortinas de cama!

—¡Claro! —respondió la asistenta, riendo e inclinándose hacia delante sin descruzar los brazos—. ¡Cortinas de cama!

—¿No me va a decir que te las ha llevado, con anillas y todo, mientras él estaba allí tumbado? —preguntó Joe.

—¡Claro que sí! —replicó la otra—. ¿Por qué no?

—Naciste para hacer fortuna —dijo Joe—, y sin duda lo conseguirás.

—Desde luego no me temblará la mano cuando pueda lograr algo sin más esfuerzo que extenderla, tratándose de un personaje como él, de eso puede estar seguro, Joe —replicó la mujer con frialdad—. Que no se le caiga el aceite sobre las mantas, hágame el favor.

—¿Las mantas del difunto? —preguntó Joe.

—¿De quién le parece que puedan ser? —replicó la asistenta—. No es probable que se resfríe por no tenerlas, diría yo.

—Espero que no se haya muerto de nada contagioso, ¿eh? —dijo el viejo Joe, deteniéndose en su tarea y alzando la vista.

—No se preocupe —replicó la otra—. No me gustaba tanto su compañía como para entretenerme con cosas tan íntimas si así fuera. ¡Ah! Puede repasar esa camisa hasta que le duelan los ojos, porque no encontrará ningún agujero ni ningún sitio donde esté raída. Es la mejor que tenía, y de muy buena calidad por añadidura. La habrían desperdiciado, de no haber sido por mí.

—¿A qué llamas desperdiciar? —preguntó el viejo Joe.

—Ponérsela para enterrarlo, por supuesto —replicó la asistenta con una risotada —. Alguien fue lo bastante estúpido para hacerlo, pero se la quité. Si el algodón no es bueno para irse a la tumba, es que no sirve para nada. Al cadáver le sienta igual de bien. No puede quedar más feo que con ésta.

Scrooge escuchaba horrorizado aquel diálogo. Mientras seguían reunidos en torno a su botín, a la escasa luz que les proporcionaba la lámpara del anciano, los contempló con una indignación y una repugnancia que difícilmente podrían haber sido mayores aunque se hubiese tratado de demonios espantosos, dispuestos a vender el cadáver mismo del difunto.

—¡Ja, ja! —rió la misma mujer cuando el viejo Joe, sacando una bolsa de franela, contó en el suelo el dinero que le correspondía a cada uno—. ¡Así es como termina todo, no lo duden! ¡Consiguió asustar a propios y extraños cuando estaba vivo, y ahora nos aprovechamos, una vez muerto! ¡Ja, ja, ja!

—¡Espíritu! —dijo Scrooge, estremecido de pies a cabeza—. Ya veo. El caso de este pobre desgraciado podría ser el mío. Mi vida lleva esa misma dirección. ¡Cielo misericordioso! ¿Qué es esto?

Scrooge retrocedió, lleno de terror, porque la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama: un lecho desnudo y sin cortinas en el que, bajo una sábana harapienta, yacía algo que, pese a su mudez, se anunciaba ya con un lenguaje terrible. La habitación estaba muy oscura, demasiado en sombras para examinarla con precisión, aunque Scrooge la recorrió con la vista obedeciendo a un impulso secreto, ansioso de saber qué clase de habitación era. Una luz pálida, procedente del exterior, caía directamente sobre la cama; y en ella yacía el cadáver de un hombre despojado, robado, abandonado de todos, que nadie velaba y por el que nadie lloraba.

Scrooge se volvió hacia el espíritu. Su mano firme apuntaba a la cabeza del difunto. El sudario estaba tan descuidadamente colocado que la menor modificación, el simple movimiento de un dedo por parte de Scrooge, habría dejado el rostro al descubierto. El cambista lo pensó, advirtió lo sencillo que sería y deseó hacerlo con toda su alma; pero le era tan imposible apartar aquel velo como despedir al espectro que lo acompañaba.

¡Ah, muerte, muerte terrible, fría y rígida, instala aquí tu altar y adórnalo con todos los terrores que tienes a tu disposición, porque ése es tu dominio! Pero de la cabeza amada, reverenciada, honrada, no puedes cambiar un solo cabello para tus terribles propósitos o para hacer odioso ni uno solo de sus rasgos. No es que la mano no pese y caiga cuando se la suelta; ni que el corazón y el pulso no se hayan detenido, sino que la mano estaba abierta, era generosa y sincera; el corazón valiente, cálido y compasivo; era un verdadero corazón de hombre el que latía en ese pecho. ¡Golpea, muerte implacable! Y ¡verás cómo de la herida brotan sus buenas obras para sembrar el mundo con vida inmortal!

Ninguna voz pronunció aquellas palabras en los oídos de Scrooge, pero las oyó cuando contempló el lecho. Su pensamiento fue: si este hombre pudiera alzarse ahora, ¿en qué pensaría por encima de todo? ¿En la avaricia, en la dureza de corazón, en la avidez de las ganancias? ¡Terrible riqueza la que le habían conseguido aquellas pasiones!

Abandonado en una casa oscura y vacía, sin un solo hombre, ni mujer, ni niño que dijeran: “Fue amable conmigo en esto o en aquello y por el recuerdo de una palabra cariñosa lloraré su pérdida”. Un gato arañaba la puerta y había un ruido de ratas que roían bajo la piedra del hogar. Qué era lo que querían en el cuarto del difunto y por qué estaban tan inquietos y trastornados, Scrooge no se atrevía a imaginarlo.

—¡Espíritu! —exclamó—, ¡qué lugar tan terrible! Aunque lo abandone no olvidaré sus lecciones, os lo aseguro. ¡Vayámonos!

Pero el fantasma siguió señalando la cabeza con un dedo inmóvil.

—Os entiendo —replicó Scrooge—, y lo haría si pudiera. Pero no me es posible.

No puedo.

De nuevo pareció que el espectro lo miraba.

—Si hay alguna persona en la ciudad que sienta alguna emoción por la muerte de este hombre —dijo Scrooge dominado por la angustia—, mostrádmela, ¡os lo ruego!

El fantasma extendió por un momento, como si fueran unas alas, su oscura túnica; al recogerla de nuevo, dejó al descubierto una habitación iluminada por la luz diurna, donde se hallaba una madre con sus hijos.

La mujer esperaba a alguien con angustiada impaciencia, porque paseaba de un lado a otro sin descanso; se sobresaltaba con cualquier ruido; miraba por la ventana; consultaba la hora; trataba, aunque en vano, de trabajar con la aguja; y apenas soportaba las voces de los niños que jugaban.

Finalmente se oyeron los golpes tanto tiempo esperados. La madre corrió hacia la puerta para encontrarse con su marido, un hombre apesadumbrado, de rostro agobiado por las preocupaciones, aunque todavía joven. Ahora, sin embargo, había en él una notable expresión; algo así como un profundo júbilo del que se avergonzaba y que se esforzaba por reprimir.

Se sentó para tomarse la cena que su mujer, para que no se enfriase, había dejado cerca del fuego; y, cuando ella le preguntó, casi sin voz, qué noticias traía (cosa que solo hizo después de un largo silencio), pareció avergonzarse de responder.

—¿Son buenas o malas? —dijo ella para facilitarle la tarea.

—Malas —respondió el otro.

—¿Estamos completamente arruinados?

—No. Todavía hay esperanzas, Caroline.

—Si se apiada —dijo ella, sorprendida—, ¡claro está! Si ha sucedido un milagro semejante, puede esperarse cualquier cosa.

—Ya no se apiadará —dijo su marido—. Ha muerto.

La mujer era una criatura dulce y paciente si había que dar crédito a la expresión de su rostro; pero su alma sintió gratitud al oír aquello, y así lo dijo, uniendo las manos. Rezó pidiendo perdón un momento después, y se sintió culpable; pero lo primero que dijo le salió del corazón.

—Fue lo que me contó la mujer medio borracha de la que te hablé anoche cuando traté de verlo para obtener una prórroga de una semana; y lo que creí una simple excusa para evitarme ha resultado ser cierto. No solo estaba muy enfermo entonces: agonizaba ya.

—¿A quién se le traspasará nuestra deuda?

—No lo sé. Pero para entonces habremos conseguido el dinero; e, incluso aunque no fuera así, tendríamos muy mala suerte si encontrásemos de nuevo un acreedor tan despiadado. ¡Esta noche dormiremos tranquilos, Caroline!

Sí. Por mucho que procurasen disimularlo, su corazón se había librado de un peso terrible. Los rostros de los niños, silenciosos a su alrededor para oír lo que apenas entendían, se iluminaron; ¡la muerte del acreedor devolvía un poco de felicidad a una familia! La única emoción, causada por aquel suceso, que el espíritu podía mostrar a Scrooge era de júbilo.

—Permitidme presenciar la expresión de algún sentimiento de ternura relacionado con una muerte —dijo Scrooge—, o esa habitación oscura que acabamos de abandonar estará siempre presente en mi recuerdo.

El fantasma lo condujo a través de varias calles con las que sus pies estaban familiarizados y, a medida que avanzaban, Scrooge miraba a un lado y a otro con la esperanza de reconocerse, pero no se vio por ningún sitio. Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que ya había visitado en una ocasión anterior; y encontraron a la madre y a los niños sentados en torno al fuego.

Silenciosos. Muy silenciosos. Los pequeños Cratchit, siempre tan bulliciosos, estaban en un rincón, inmóviles como estatuas, la mirada pendiente de Peter, que tenía un libro delante. La madre y las hijas cosían. Pero ¡todos estaban muy callados!

—”Y tomando un niño lo puso en medio de ellos”.

¿Dónde había oído Scrooge aquellas palabras? No eran parte de un sueño. El muchacho tenía que haberlas leído en voz alta en el momento en que el espíritu y él cruzaban el umbral. ¿Por qué no seguía adelante?

La madre dejó su labor sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos.

—El color de esa tela me hace daño a los ojos —dijo.

¿El color? ¡Ah, pobre Tim!

—Ahora ya están mejor —dijo la mujer de Cratchit—. Trabajar a la luz de la vela los fatiga; pero por nada del mundo me gustaría que lo notase vuestro padre cuando vuelva a casa. Debe de estar al llegar.

—Se retrasa ya —respondió Peter, cerrando el libro—. Pero creo que estas últimas tardes camina más despacio que de ordinario, madre.

Volvieron a quedarse en silencio. Finalmente la mujer de Cratchit dijo con voz alegre y firme, que solo se quebró una vez:

—Lo he visto pasear con… lo he visto pasear muy deprisa con el pequeño Tim a hombros, ya lo creo.

—Yo también —exclamó Peter—. A menudo.

—Lo mismo que yo —exclamó otro. Todos lo habían visto.

—Como pesaba tan poco no era difícil llevarlo —continuó la madre, pendiente de su labor—, y lo quería tanto que no era una molestia, en lo más mínimo. ¡Vuestro padre está ya en la puerta!

Corrió a recibirlo; Bob, con su bufanda —la necesitaba el pobrecillo—, entró en la sala. Tenía el té listo muy cerca del fuego, y todos se esforzaron por serle de utilidad. Luego los dos Cratchit más jóvenes se le sentaron en las rodillas y apoyaron la mejilla sobre el rostro de su padre al tiempo que decían: “No pienses más en ello, papá. ¡No sufras!”.

Bob se mostró muy alegre y prodigó las buenas palabras a toda la familia. Se fijó en la labor que su mujer había dejado sobre la mesa y alabó la laboriosidad y la rapidez de la señora Cratchit y de las niñas. Habrían acabado mucho antes del domingo, dijo.

—¡El domingo! Entonces, ¿has ido hoy, Robert? —preguntó la esposa.

—Sí, querida —respondió Bob—. Me gustaría que hubieses podido ir. Te habría consolado ver qué sitio tan verde hemos elegido. Pero tendrás muchas ocasiones. Le he prometido que iré allí andando un domingo. ¡Mi niñito, mi pobre niñito! — exclamó Bob—. ¡Pobrecito mío!

Se echó a llorar sin poder remediarlo. Para evitarlo quizás habría hecho falta que no se sintiera tan cerca de su hijo.

Salió y subió a la habitación del piso alto, alegremente iluminada y con adornos navideños. Había una silla colocada muy cerca del cuerpo del niño, y señales de que alguien había estado allí recientemente. El pobre Bob se sentó en ella y, después de pensar un poco y de serenarse, besó la cara de su hijo. Se resignó con lo que había sucedido y volvió a bajar con rostro alegre.

Toda la familia se reunió en torno al fuego y conversaron; las chicas y la madre trabajaban como siempre. Bob les habló de la extraordinaria amabilidad del sobrino del señor Scrooge, a quien apenas había visto más que una vez, pero que, al encontrárselo por la calle, como lo había visto un poco… “pero solo un poco alicaído, ya sabéis”, dijo Bob, le preguntó qué había sucedido para apenarlo.

—Por lo cual —continuó Bob—, y dado que es el caballero más afable que pueda pensarse, se lo conté. “No sabe cuánto lo siento, señor Cratchit —me dijo—, y lo lamento de todo corazón por su excelente esposa”. Por cierto, no sé cómo se ha enterado de eso.

—¿Enterado de qué, cariño?

—Vaya, de que eres una esposa excelente —replicó Bob.

—¡Eso lo sabe todo el mundo! —exclamó Peter.

—¡Muy bien dicho, hijo mío! —aprobó Bob—. Espero que así sea. “Lo lamento de todo corazón —dijo— por su excelente esposa. Si puedo serle de ayuda en alguna cosa —añadió dándome su tarjeta—, aquí es donde vivo. Por favor, venga a verme”. Pero lo que ha hecho nuestro encuentro tan agradable ha sido, más que lo que pueda hacer por nosotros —prosiguió Bob—, su manera amable de tratarme. De verdad parecía como si hubiera conocido a nuestro pequeño Tim, y sintiera de verdad lo mismo que nosotros.

—¡Estoy segura de que es un alma buena! —dijo la señora Cratchit.

—No tendrías la menor duda, querida mía —replicó Bob—, si lo vieras y hablaras con él. No me sorprendería en absoluto, fíjate en lo que te digo, que le consiguiera a Peter un puesto mejor.

—Escucha lo que dice tu padre —dijo la señora Cratchit.

—Y luego —exclamó una de las chicas— Peter buscará la compañía de alguien y se instalará por su cuenta.

—¡Guárdate tus ocurrencias! —replicó Peter, sonriendo.

—Antes o después —dijo Bob—, es una cosa que puede pasar; aunque sobra tiempo para eso, hijo mío. Pero, comoquiera y cuando quiera que nos separemos unos de otros, estoy seguro de que no nos olvidaremos del pobre Tim, ¿verdad que no?, ni de esta primera separación.

—¡Nunca, papá, nunca! —exclamaron todos.

—Y sé también —prosiguió Bob—, estoy convencido, queridos míos, de que, cuando recordemos su paciencia y su bondad, aunque no era más que un niño pequeño, será difícil que nos peleemos, porque tendríamos que olvidarnos de él para hacerlo.

—¡No, nunca, papá! —repitieron todos.

—Me hacéis muy feliz —dijo Bob—, ¡feliz de verdad!

La señora Cratchit lo besó, lo besaron sus hijas, los Cratchit más jóvenes hicieron lo mismo, y Peter le estrechó la mano. ¡Alma de Tim, tu esencia infantil venía de Dios!

—Espíritu —dijo Scrooge—, algo me dice que se acerca el momento de separarnos. Lo sé, aunque ignoro cómo sucederá. Decidme, ¿a quién hemos visto en su lecho de muerte?

El fantasma de la Navidad futura lo transportó, como antes —aunque a una época diferente, pensó Scrooge: de hecho no parecía que hubiese un orden en aquellas últimas visiones, excepto que se situaban en el futuro—, a los lugares donde se reunían los hombres de negocios, pero él no estaba entre los presentes. A decir verdad, el espíritu no se detuvo en ningún sitio, sino que siguió su camino, como para llegar lo más directamente posible a su meta, hasta que Scrooge le suplicó que se detuviera un momento.

—Este patio —dijo— que atravesamos tan deprisa es desde hace tiempo el lugar donde trabajo. Reconozco la casa. ¡Dejadme ver lo que seré en días venideros!

El espíritu se detuvo; su mano señalaba en otra dirección.

—La casa está ahí —exclamó Scrooge—. ¿Por qué me hacéis signo de ir más allá?

El dedo inexorable no experimentó cambio alguno.

Scrooge se acercó, presuroso, a la ventana de su oficina y miró dentro. Seguía siendo una oficina, pero no la suya. Los muebles eran otros y la persona sentada en la silla no era él. El espectro seguía en la misma posición.

Volvió con él y, mientras se preguntaba el porqué de su desaparición y cuál habría sido su destino, lo acompañó hasta que llegaron a una verja de hierro. Scrooge se detuvo para mirar a su alrededor antes de entrar.

Un cementerio. Allí, por tanto, yacía bajo tierra el desdichado cuyo nombre estaba a punto de saber. Un lugar muy adecuado. Encajonado entre casas; invadido por las malas hierbas, que son la muerte y no la vida de la vegetación; asfixiado por un exceso de sepulturas; buen ejemplo de las consecuencias de un apetito desmedido.

¡Un lugar impagable!

El espíritu se detuvo entre las tumbas y con el dedo señaló una. Scrooge avanzó temblando. El espectro seguía siendo exactamente el mismo, pero el cambista temió descubrir un significado nuevo en su figura solemne.

—Antes de que me acerque más a la lápida que señaláis —dijo Scrooge—, contestadme a una pregunta: ¿son éstas las sombras de las cosas que serán o solo las sombras de las que podrían ser?

El espectro, por toda respuesta, bajó la mano señalando el sepulcro que tenía al lado.

—Las acciones humanas anuncian siempre ciertos resultados, que pueden hacerse inevitables si se persevera en ellas —dijo Scrooge—. Pero, si cambian, cambiará el resultado. ¡Decidme que también es ése el caso con lo que os disponéis a mostrarme!

El espíritu siguió tan inmóvil como siempre.

Scrooge se arrastró hacia él, temblando mientras avanzaba; y, siguiendo la dirección del dedo, leyó, sobre la lápida de la descuidada sepultura, Ebenezer Scrooge, su nombre.

—¿Soy yo el difunto que yacía en aquel lecho? —exclamó, de rodillas.

El dedo del espectro pasó de señalar la tumba a señalarlo a él y luego de nuevo a la tumba.

—¡No, espíritu! ¡No, no! El dedo no se movió.

—¡Escuchadme! —exclamó Scrooge, agarrando con fuerza su túnica—. No soy el hombre que era. Gracias a vuestras enseñanzas no seré ya el hombre que iba a ser.

¡Para qué mostrarme esto si debo abandonar toda esperanza!

Por primera vez la mano pareció temblar.

—Espíritu benévolo —prosiguió Scrooge, mientras se prosternaba ante él—. Sé que intercedéis y que os apiadáis de mí. Aseguradme que todavía puedo cambiar esas sombras que me habéis mostrado si mi vida emprende otro camino.

La mano se movió de nuevo, en un gesto de aliento.

—Celebraré la Navidad en mi corazón y me esforzaré por vivir sus enseñanzas todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el futuro. Los espíritus que los encarnan a los tres se esforzarán conmigo y nunca desoiré las lecciones que me enseñen. ¡Os lo ruego, decidme que puedo borrar lo que está escrito en esa lápida!

Dominado por la angustia, se apoderó de la mano del espectro, que intentó soltarse, pero que él retuvo con fuerza inusitada. El fantasma, sin embargo, más enérgico aún, lo rechazó.

Mientras alzaba las manos en una última súplica para cambiar su destino, observó un cambio en la capucha y en la túnica del espíritu, que se encogieron, se derrumbaron y quedaron reducidas a la columna de una cama.

QUINTA ESTROFA – EL FIN