Amistad

Rafael Delgado

Amistad

Entramos. El salón estaba casi obscuro. Gentes y cosas le robaban la luz meridiana, y el humo de los cigarros lo velaba todo; todo aparecía como a través de una gasa, tenue aquí, espesa allá, que todo lo envolvía y que por doquiera extendía sus pliegues azulosos. Daba náuseas el aire viciado de la cantina, la fetidez que lastimaba los más fuertes estómagos y en la cual se mezclaban hedores de gástricos despojos, alientos de borracho, olor de tabaco malo, aromas de ajenjo, de cognac y de bitter, tufo de salazones, y agradable perfume de fresas recién cortadas y de naranjas tempraneras.

Casi todas las mesas estaban ocupadas; sólo una, allá en el fondo, limpia y escueta, parecía esperar a los parroquianos amigos suyos, o a pacíficos transeúntes que entraban en la cantina más por buscar asiento que por tomar una copa.

Adentro, ir y venir de criados; los cantineros que servían atareados a los marchantes, mientras en inquieto y rumoroso hormigueo, en parejas o en grupos, los corredores de minas —los «coyotes», como los ha llamado el pueblo— redondeaban y afirmaban una operación, ponderando las excelencias de tal o cual papel en alza, charlando del porvenir de ésta o de la otra mina, y tratando de engañarse mutuamente, aguzaban el ingenio y apuraban los recursos supremos del oficio para decidir a un tímido o atemorizar a un valiente.

Afuera la corriente constante de carruajes y trenes suntuosos; coches de alquiler; ciclistas que iban como saetas disparadas por mano poderosa; lagartijos atildados que paseaban luciendo su lindísima estampa; busconcillas guapas que se lucían en la gran arteria; mujeres hermosas, alardeando de su belleza y de sus lujos; ruido, bullicio, confusión, la triste y tormentosa alegría del «todo México» a la hora de la gran exhibición diurna en la célebre calle —feria de vanidades, paraíso de bobos, perdición de mujeres, pudridero de corazones, corrupción de almas, y semillero de vicios.

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Tomamos un asiento en torno de la mesa vacía, allá en el fondo de la sala. La mesa contigua quedó libre. Los que en ella trataban misteriosamente de no sé qué préstamos a tipo subidísimo tomaron el portante.

Nosotros —mi compañero y yo—, hablábamos de bellas letras. Conversación que allí producía singular contraste. ¡Arte! ¡El Arte al lado de la codicia, del interés, de la maliciosa ambición, del medro capcioso, del agio repugnante!

Vino el criado —un mocetón cuyos cabellos delatan al menos listo, que en aquel cuerpazo mal dispuesto, corre sangre líbica— y nos sirvió. A mí una copa de manzanilla, el vino regocijado de las comarcas andaluzas; a mi amigo un vaso de ajenjo, la perniciosa bebida, en la cual busca una generación decadente el sentido estético, la inspiración epiléptica y neurótica, esa que hoy goza fueros de soberanía, talento… genio.

Ante un bohemio que busca en la «musa verde» inspiración y numen, recuerdo al poeta:

«Dietro d’un nuovo labaro

Noi conquistiamo il ver,

E distilatta nei lambichi l’anima, Ecco sapiam quanto si vuol di fosforo Per fare un Alighier»,

y me digo: algún día sabremos a cuántos litros de la verde bebida equivale Shakespeare, y cuántas copas del opalino líquido bastan para producir un Cervantes.

Charlábamos gratamente. De pronto entraron dos individuos. Era el uno, alto y fornido, pasaba de los treinta años, y en su tez marchita, y en sus cabellos que empezaban a emblanquecer, se leían muchas páginas de su azarosa historia, muchos capítulos de una vida traída y llevada por las llanuras del placer y por los penosos barrancos de la pobreza. Por el aspecto, un cobrador de casa fuerte.

El otro era un mozo de buen aspecto, aunque endeble y enfermizo, correctamente vestido y de modales finos. En la manera de tomar asiento y en el tono cortés con que llamó al criado, comprendimos que era persona bien nacida.

—¿Qué toman? —preguntó el mancebo.

—Una limonada… —respondió el joven.

—¿Y usted?

—¡Tequila! —dijo el otro.

—¡No; nada! —interrumpió enérgicamente su amigo. Entonces pudimos observar mejor a nuestros vecinos.

El mayor era presa de febril agitación. Sus ojos brillaban como dos ascuas. Cruzó los brazos sobre la mesa y entre ellos ocultó el rostro, como rendido al peso de una desgracia.

Trajo el criado la limonada. Pero el joven no se dio cuenta de ello. Se inclinó, y algo dijo a su amigo, pero en voz muy baja. Quería convencerle, decidirle a tomar una resolución. Se trataba de algo muy grave. Uno se agitaba inquieto, desesperado… El otro trataba de aparecer sereno, pero estaba trémulo, y en sus ojos negros, dulces de mirada y de benévola expresión, titilaba una lágrima. Insistía, trataba de serenar a su amigo, de calmar aquella alma combatida por horrenda borrasca, y en la cual centelleaban sepa Dios qué rayos de abominable tentación. Parecía rebelde a todo consuelo, a toda reflexión, renuente a toda calma. Se obstinaba en no hablar, con la torpe y fatal pertinacia de quien próximo a caer en un abismo rechaza la mano bondadosa que acude a salvarle.

Aquí era la mano de un amigo, de un amigo cariñoso, fiel, que cediendo a nobilísimo afecto, se veía despreciado, y luchaba y luchaba en vano por dar luz a aquel cerebro entenebrecido, y en levantar aquella alma a regiones serenas, apartándola de la deshonra, del delito, del crimen acaso.

En uno imperaba la desesperación. En el otro la angustia, la congoja… Por fin, algo dijo, con lo cual venció la tenaz resistencia de su amigo. Incorporóse éste, y de modo violento sacó del bolsillo un revólver y lo arrojó sobre la mesa.

Tomó el joven rápidamente el arma brillantísima, y guardósela con la mayor cautela, mientras su compañero, todavía excitado, se mesaba el cabello y se revolvía como tigre irritado por su cadena. Abrió la cartera, sobre la cual apoyaba un codo, y tomando un fajo de billetes, los contó y los recontó tristemente, como si no pudiera convencerse de que no estaban completos.

¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿Era víctima de la vergonzosa infidelidad de su esposa? ¿Algún amigo había abusado de su confianza? ¿Se había arruinado en pocos minutos, en peligrosa operación de agio? ¿Había jugado dinero ajeno, dinero confiado a su honradez y a su buena fama?

Me pareció que ante aquel hombre había estado de pie, envuelto en su largo y sangriento sudario, el fantasma aterrador del suicidio, llamándole, sonriéndole, prometiéndole el olvido, el descanso, la impunidad… La amistad, la santa amistad, hija del cielo le había ahuyentado. Habló en voz baja el joven, recogió la cartera y los billetes, contólos uno a uno, agregó a ellos quince o veinte que sacó del bolsillo, y acariciando el hombro de su compañero, díjole:

—¡Vámonos! ¡Estás salvado! ¡Si era lo más fácil!… Pero tú, sólo tú, que eres tan tenaz y necio, callabas y callabas.

—Pero… —murmuró el otro.

—¿Eso? Ya veremos… Cuando puedas… Mañana, cualquier día… o ¡nunca! ¡No hablemos de eso!

Y se fueron. El uno sonriente y satisfecho. El otro sereno y cabizbajo.

Pasarán los días, los años y los meses; dará vueltas el mundo, y acaso esa alma generosa, que hoy salvó de la deshonra a un amigo; que, a fuerza de ruegos y de cariñosa energía, le apartó del crimen, no tenga en caso semejante, ni quien le ame ni quien le consuele, y le aleje de los abismos en que diariamente perecen tantas almas nobles, dignas de mejor destino. Acaso cualquier día reciba como premio de esta buena acción, negra ingratitud, y con ella el insulto, el ultraje, la burla y el ridículo. Así suele suceder. ¡Así sucede!

FIN

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