La isla desierta

Saturnino Calleja

La libertad de Fátima

Ratón-Robinsón tenía su residencia en el Palacio de Rodapié, donde vivía acompañado de su querida mamá y de sus hermanitos Hociquillo y Rosadita. Desayunaban cortezas fritas de tocino, cenaban queso asado, y de merienda tomaban lo que les venía en gana. Todos ellos se sentían muy felices, excepto Ratón-Robinsón, que deseaba correr aventuras extraordinarias. Y como en casa no podía tenerlas, se escapó. Hizo una balsa él solito y salió navegando por alta mar, seguro de que en su viaje encontraría alguna aventura de las que constantemente fraguaba su ardorosa imaginación ratonil.

Mas al poco tiempo de su partida se desencadenó una terrible tormenta y zozobró la balsa.

El pobre Ratón-Robinsón cayó al mar, pero se agarró con toda su fuerza a una lata de galletas. Cuando las grandes olas le golpeaban y tiraban de un lado para otro, chillaba como un desesperado. Al fin, una de las olas se lo llevó hacia una isla y lo lanzó en su playa.

En cuanto se retiró la ola, Ratón-Robinsón empezó a correr como un loco. Pero no había corrido un metro cuando vino otra ola que rompió sobre él y casi lo ahogó. Ratón-Robinsón enterró los pies en la arena y se sostuvo así hasta que se retiró la ola, y entonces apretó a correr de nuevo, y a correr y a correr, y precisamente un momentito antes de que rompiese la ola que venía detrás, cayó sin aliento sobre tierra firme.

Después que echó fuera casi toda el agua que había tragado, Ratón-Robinsón balbuceó —Abebubabúbebobubo— es decir —Aventura número uno—. Y en cuanto hubo descansado un poco, se puso a explorar los alrededores. Tenía la esperanza de encontrar a alguien que le ayudara a volver a su casa, pero desgraciadamente no se veía un alma: estaba, sin duda alguna, en una isla desierta.

Cuando volvió a pasar por el lugar por donde había entrado de tan mala manera en la isla, se encontró con los restos de su balsa náufraga que el mar había arrojado a la playa. Empezó a construir con la madera una cabaña, y encendió un buen fuego para secar sus vestidos. Y como al entrar en calor sintió un gran apetito, abrió la lata de galletas.

Las galletas estaban bastante húmedas, y el queso (que se encontraba en la misma lata) un poquito pegajoso. Pero cuando Ratón-Robinsón se sentó a comer le pareció aquello como una jira de campo en que se daba un gran banquete para él solo. No había por allí un alma, naturalmente, pero en cambio había mucho más que comer. Y para Ratón-Robinsón esto era lo más importante de la vida.

Sin embargo, al poco rato comenzó a pensar, entre los horrores de la digestión, que aquello era ya demasiada tranquilidad.

—Lo que necesitaría ahora es tener con quien charlar de política— dijo. Y colgó como
señal un pedazo de su camisa,
con la esperanza de que los barcos que pasaran la viesen y vinieran a socorrerle.

Ratón-Robinsón, una vez que hubo colgado su pedazo de camisa, exploró un poco más aquellos terrenos. Aquella Isla Desierta era muy interesante en cuanto se le iba conociendo bien: parecía que en ella habían naufragado antes que él una porción de gentes que amablemente habían dejado todo lo que no querían llevarse. No abundaban, por desgracia, los comestibles, pero había en cambio un sin fin de otras cosas, como una trompetilla, una caja (vacía) de bombones, una bota clara de becerro, una guía de ferrocarriles, una pluma estilográfica y un acordeón.

Ratón-Robinsón continuó recogiendo más y más cosas hasta que le pareció que era bien
rico. Estaba divertidísimo: lo único fastidioso era que no cabía en la cabaña todo aquel tesoro extraordinario.

Volvía a ella muy
contento a la caída
de la tarde, cuando
por casualidad se le
ocurrió mirar por
encima de la escollera, y ¡cielos! ¿qué
era aquello que andaba por la playa cubierto de plumas?

¡Un terrible salvaje de la tribu feroz del Gato Negro! ¡Pero qué pícara suerte tenía el pobre Ratón-Robinsón! Si alguna vez habéis visto a un explorador arrastrarse tendido boca abajo, en tierra, con la cara metida en la hierba, sabréis cómo llegó Ratón-Robinsón a su cabaña. También había sido él explorador en tiempos pasados; recordó un poco, hizo una barricada en la puerta con la lata de galletas, y se sentó tras ella todo pálido y tembloroso.

Pasaron varios días después de esto sin que Ratón-Robinsón se atreviera a encender el fuego, ni a lavarse la cara, ni siquiera a roer las galletas haciendo todo el ruido que él hacía cuando las comía a sus anchas. Mu­ chas veces miraba hacia afuera por las grietas de la cabaña, pero no veía al salvaje de las plumas por ninguna parte.

—A estas horas deben haber pasado ya varias docenas de barcos— decía Ratón-Robinsón bastante fastidiado. —¿Cómo no vendrán a salvarme?— Y se escurrió fuera de la cabaña para poner la señal un poco más alta. Pero una vez fuera pensó: —Voy a
dar un paseíllo, porque buena falta me hace tomar un poquito
de aire de mar. —¡Ffff! ¡Scrrrr!
¡Miauuu!… —Al oír de repente el espantoso grito de guerra del salvaje, Ratón­ Robinsón volvió la cabeza y ¡oh espanto! el salvaje estaba allí, casi a su lado.

¡No podéis imaginaros lo grande y negro que era! ¡Verdaderamente horrible! Galopaba detrás de Ratón­Robinsón, lanza en mano, y éste corría, corría y corría, y gracias a Dios llegó a su casa en el momento crítico en que iba a echarse el salvaje sobre él; y se metió precipitadamente en la cabaña, dando un portazo en las mismas narices del salvaje, que cayó de espaldas terriblemente desesperado .

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—¡Miauuu!— gritó el salvaje fuera de la cabaña. —¡Jí! ¡Jí!—respondió con su risita de niño Ratón-Robinsón cuando le oyó marcharse furioso.—¡De buena me he escapado hoy!— pensó. —En adelante debo tener más cui­ dado. Muy bueno es el aire fresco de mar, pero mucho mejor es guardar el pellejito dentro de casa y comerse las galletas tranquilamente a la sombra!

Día tras día, las galletas y el queso, con las acometidas que Ratón-Robinsón les daba en su aburrida soledad, fueron disminuyendo sin interrupción, y Ratón-Robinsón pensó en ponerse a dieta, pero claro, lo que pasa es que cuando un chico como él está en la edad del crecimiento y tiene un apetito tan feroz, si le escatima usted en el desayuno, tiene usted que atiborrarle a la hora de merendar. En fin, sea corno sea, ello es que se puso a dieta.

Y al fin llegó el terrible momento. Una mañana, a la hora de desayunar, se encontró con que había terminado con todo la noche antes, hasta con el ultimo migajón. —Bueno,— se dijo resuelto y
melancólico;— pues lo que es yo
prefiero que me coma el salvaje
a no tener nada que comer.
Tendré que forrajear un poquito, pero ¡qué le vamos a hacer!

Salió andando con mucho cuidado a lo largo de la playa, todo ojos y oídos, y con el mayor silencio posible, cuando de pronto gritó: —¡Ay!— porque se había lastimado un dedo del pie con una piedra muy grande que estaba medio enterrada en la arena. Pero, ¡oh, alegría ! ¡Aquella piedra era nada menos que un queso! Ratón­Robinsón lo ató con una cuerda y empezó a tirar de él para llevarlo a su casa.

—No comprendo cómo los otros náufragos se han dejado aquí una cosa tan rica—dijo—. ¡Vaya una cena que voy a darme esta noche, y yo solito! La verdad es que mirándolo bien una Isla Desierta no es un sitio tan malo como a veces se cree uno.

Llegaba ya cerca de su casa, bastante cansado, porque el queso aquel que tanto le regocijaba pesaba mucho. —“Ahora que falta ya poquito podré tomarlo con más calma”—pensó.

— ¡Ffff! ¡Scrrrr!—maulló el salvaje detrás de él—.

Y en menos que se cuenta me cogió al pobre Ratón-Robinsón, lo sujetó con la cuerda con que iba tirando del queso, y lo ató fuertemente en una cueva oscura y triste como un calabozo cualquiera. —¡Ramamañauu!—maulló nuevamente el salvaje de un modo bastante desagradable, y se fue despacio, dejándole allí prisionero.

¿Pero creéis que por eso perdió ánimos Ratón-Robinsón? Pues no señor, todo lo contrario. En cuanto desapareció el salvaje se puso a roer la cuerda del queso, que por cierto tenia un sabor áspero y seco y le hacía sangre en la lengua, pero ¡qué importa! ¡Ratón-Robinsón quedó libre!

Y se fue en busca de la cabaña
y del queso. ¡Ya tenía bastante
que andar! Se escabulló andando sobre la punta de los pies, y ¡no se puso poco contento cuando vio la puerta de Su cabaña! —No hay nada como la casa de uno— dijo Ratón-Robinsón aligerando el paso —Aquí al menos está uno libre de caníbales emplumados, y…—¡Gnnff!—sonó un espantoso ruido a su lado.

Era otra vez el salvaje, que estornudaba a la puerta de la cabaña.

—Ij, ij—chilló Ratón-Robinsón, advertido del peligro en el momento crítico, y escapando lo más deprisa que pudo correr. Llegó a un bosque y se escondió entre sus ramas más bajas. ¡Figuraos lo que le habría pasado al pobre amigo nuestro de no estornudar el salvaje!

Cuando llegó aquella noche, Ratón-Robinsón sentía un hambre loca que nunca antes había sentido. Como que en todo el día había tenido que contentarse con el olorcillo a queso. Se escondió, y con un paso muy menudito, se llegó hasta la cabaña, y viendo en la parte de atrás un agujerito se escurrió por él y husmeó lo que había dentro.

Aun quedaba el olor a queso, pero nada más que el olor. Abrió con cuidado la puerta, y dio un paso hacia afuera. —¡Guuff!— Saltó atrás y cerró de golpe. Al poco rato dijo: —¡Bah! No es más que el ruido del mar— y de nuevo dio un paso hacia afuera. El queso estaba allí cerca.

— ¡Guúff!

Ratón-Robinsón saltó y cerró de nuevo. Poco después pensó: —¡Bah! Es el ruido que hace la bandera con el viento; y esta tercera vez se atrevió a salir completamente fuera de la cabaña. Estaba precisamente husmeando alrededor del queso, cuando ¡paf! saltó la trampa que había puesto el salvaje para cogerlo. De milagro escapó, y el pobre se quedó muy triste y sin su queso. Se sentó en la cabaña vacía, y… ¿lo decimos? le entraron ganas de llorar. No se le puede decir nada, señores, porque a cualquiera le hubiera ocurrido lo mismo si hubiese pasado todo lo que el pobrecillo Ratón-Robinsón había pasado aquél día. Además, ¡tenía tanta, tanta hambre!

No me atrevo a salir ya más —suspiró Ratón-Robinsón—. Veo que estos negrazos son mucho más listos que la gente chiquita como yo. Y seguía llorando y llorando con hondo desconsuelo, acordándose de su casita, de su mamá y de sus hermanos Hociquillo y Rosadita.

De pronto pensó, mientras se secaba las lágrimas y se sonaba la nariz: —Deben de estar pasando cientos de barcos, —voy a hacerles señales desde aquí.— Puso de pie la lata de galletas, trepó a lo alto de ella, hizo con los dientes un agujero a un lado de la cabaña, y se puso a mirar, a mirar y a mirar, hasta que casi le dio un vértigo. Al fin vio un barquito de vela que se iba acercando. Cuando ya estaba al lado de la playa conoció que su patrón era el Rey Gnomo, de Isla Cerquita, que venía, sin duda a salvarle. —¡Salvado! ¡Salvado!— gritó Ratón—Robinsón, bailando el baile inglés sobre la lata de galletas.

El Rey Gnomo había visto la señal hacía días, pero tenía en aquel momento un fuerte dolor de muelas, y además
en Isla Cerquita se trabajaba muy despacio. En fin, allí estaba ya de pie en el bote y gritando: ¡Aguarda! ¡No te muevas!

—Bien está —gruñó Ratón-Robinsón.— Bastante he aguardado y bastante quieto que me he estado. A tuertas o a derechas tengo que llegar ahora a ese barco; porque si el Rey Gnomo viene hasta aquí, de seguro le cogerá el salvaje, y entonces ¿qué va a ser de mi’?

Ratón-Robinsón salió arrastrándose y escondiéndose detrás de las piedras y de las matitas de hierba hacia donde iba a atracar el Rey Gnomo en la playa solitaria. Pero comprendió que el salvaje seguiría su rastro, y llegando a la arena, le entró un terrible susto al ver que tenía que cruzar la playa.

Y, naturalmente, al llegar al descampado oyó el alarido de guerra —¡Miauuu!— y apareció el salvaje corriendo tras él… ¡Oh! ¡Cómo corría con todas sus fuerzas el pobre Ratón-Robinsón! ¡Y qué difícil es correr sobre la arena tan fina y tan escurridiza! El salvaje se acercaba
cada vez más, poseído de
un espantoso furor y con la
lanza dispuesta.

Ratón-Robinsón creía que se le venía encima el mundo. Ya no tenia aliento. Miró aterrorizado a su alrededor, y tropezando con una piedra dio de cabeza en el suelo, pero se levantó y
siguió corriendo, jadeante. Ya estaba el salvaje muy cerca, e iba a
echarse encima de él, cuando el
barco tocó la arena. El Rey Gnomo saltó a tierra, y dando un gran grito, hizo correr, espantado, al salvaje, mientras Ratón-Robinsón caía, como un plomo, a los rojos pies del Rey.
Cuando se repuso un poco, explicó al Rey Gnomo todo lo que le había ocurrido. —Y ahora lléveme lejos de aquí lo más deprisa que pueda— concluyó. Y la barca se hizo a la mar con el Rey Gnomo y Ratón-Robinsón, que desde ella le hacía burla al salvaje, riéndose como un tonto.

Coge el timón —le dijo el Rey Gnomo— y en un periquete nos alejamos.—Ya estaban levantando la vela del barco para marcharse, cuando Ratón-Robinsón gritó al Rey Gnomo.—¡Oiga usted! Por si alguna otra persona naufragase aquí, no podríamos dejar un aviso diciendo: ¡Cuidado! Y poner un cartel que dijera: Isla Desierta muy malsana. No hay alimentos. Salvajes.

—Sin duda que debiéramos hacer alguna cosa —dijo el Rey Gnomo. Y se puso a pensar un buen rato, sentado en la proa, mientras el mar tranquilo mecía dulcemente la barca.

—¡Ya lo tengo!— gritó excitado Ratón-Robins6n. —Mejor dicho, usted lo tiene. ¡Ahí está! —dijo señalando al cascabel del barco del Rey Gnomo. — ¡Vamos a atárselo al cuello!

 

—Es un trabajillo peligroso — dijo el Rey Gnomo.

—¿Peligroso? Ni una chispa — dijo Ratón-Robinsón. —Siempre echa el salvaje una siesta por las tardes. ¿Qué miedo puede usted tenerle?.

Para decir verdad, los dos estaban muertos de miedo; pero cobrando valor, arrimaron la barca a la orilla, la ataron a una estaca, se llegaron hasta donde estaba el salvaje dormido, y con una cinta azul le colgaron el cascabel al cuello. Despertó entonces el salvaje, y les hubiera echado mano a no ser porque el cascabel le sonó tan agudamente al lado de una oreja, que se asustó y huyó por la isla como alma en pena.

—¡Já, já!— rieron Ratón-Robinsón y el Rey Gnomo. —¡Ahora se encargara él mismo de avisar a todo el mundo! ¡Ahora no podrá esconderse ni andar por ahí rondando. ¡Vivaaaá! —Y alegremente pusieron vela al viento.

La señora de Robinsón y sus hijos Hociquillo y Rosadita charlaban de esta manera, sentados cómodamente junto al hogar del palacio de Rodapié:—¿Dónde andará nuestro pobre hermano Ratoncito? ¡Fue un tonto en escaparse! —decía Rosadita. —¡Figúrate tú las comidas que se ha perdido!— decía Hociquillo.·

—¡Ah!—chilló la mamá al abrirse violentamente la puerta. —Y luego gritaron todos al mismo tiempo: —¡Oh! —Porque Ratón-Robinsón entró de pronto corriendo, todo mojado de las salpicaduras de las olas, tostado del viento, y diciendo a grandes gritos : —¡ Ay que gusto estar de nuevo en casa! ¡Dadme, dadme por Dios muchas cosas que comer!

Le sirvieron una comida abundante con todo lo mejorcillo de la despensa. Sus dos hermanos le hacían compañía, Hociquillo a la derecha y Rosadita a la izquierda, y su mamá lo miraba sin pestañear, con las lágrimas saltadas.

De sobremesa contó nuestro atrevido aventurero todas sus maravillosas aventuras. Los vecinos acudieron corriendo a oírlas. Y como todos repetían que Ratón-Robinsón era un héroe, él empezó a creérselo. —¡Pero se pasa mucha hambre haciendo de héroe en una Isla Desierta! ¡Es mucho más divertido quedarse en casa!— dice Ratón­Robinsón.

FIN

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