Mi vecina

Rafael Delgado

Mi vecina

¡Fiesta de boda!… Ruidosa fiesta que ha dado que hablar a todo el barrio, que ha revuelto la calle entera, desde la especiería de don Venancio, hasta la casa de Chucho Carrasco, el sastre afamado de la gente obrera, y desde la carbonería de la tía Chepa hasta la Escuela de don Cleto de la Pauta, una escuela municipal, en la cual se ha desarrollado en estos últimos días el gusto por el canto de modo tan activo, que me tiene destrozados los tímpanos. Ruidosa fiesta cuyos ecos regocijados llegan hasta aquí, a turbar con sus interminables polcas y sus mazurcas lánguidas, el triste silencio de mi gabinete. Desde bien temprano hemos tenido música. ¡Y qué música! Un salterio vibrante, una flauta querellosa, un violín trémulo y un bajo enronquecido; cuatro instrumentos mal concertados que de pura alegría se hacen pedazos y que en dos por tres desgarran el repertorio zarzuelesco con sus correspondientes y populares derivados.

Esta mañana, muy de madrugada, se casó la chica, y a las cuatro y media todos los pacíficos vecinos despertamos al ruido de los simones. Se ha casado Clarita, la perla del barrio, la guapa morena de ojos negros y talle cimbrador. Ayer todavía era una chiquitína que, con la almohadilla bajo el brazo, salía para la amiga en puntito de las ocho.

Pálida, enclenque, enfermiza, tristemente traviesa y vivaracha, no prometía larga vida. Puedo decir que la he visto crecer. ¡Quince años! Tres lustros pasados como un soplo… ¡Y qué bien lograditos! La que hace poco tiempo parecía delicada y débil, es hoy una real moza, una muchacha encantadora en todo el esplendor de la belleza primaveral.

El novio es un talabartero, de rostro franco, mirada sincera y regular estatura. Viste por lo común de charro: pantalón ceñido y chaquetilla galana, y gasta un sombrero de felpa negra, «a lo Policiano», muy bien revirado y calado con singular desgaire. Hoy anda de ataque: pantalón negro y ancho, corbata azul y saquito entallado. La novia fue a la iglesia vestida de blanco, con largo velo y corona de azahares, vaya, guapa y reguapa!

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¡Pobre chica! Muy digna es de todo esto, por lo hacendosa y trabajadora. El padre era un artesano inteligente, inteligentísimo, hábil en su oficio como pocos, y que gozaba de gran crédito. Cuentan que tuvo sus épocas de prosperidad y desahogo; pero en los últimos años de su vida se vio en la más espantosa miseria.

El pobre hombre echaba sus «zarambecos» y de «mona» en «mona», de «turca» en «turca», de «jurria» en «jurria» y de «zumba» en «zumba», llegó a ser en pocos años un ebrio asqueroso y repugnante. ¡Adiós taller! ¡Adiós parroquia! ¡Adiós crédito y comodidades! Vendió cuanto tenía: ropas, muebles, herramientas y quien ayer no carecía de nada y hasta se tenía guardados en la cómoda algunos cientos de duros, andaba muerto de hambre, cayendo y levantando, de tienda en tienda, de «changarro» en «changarro», mientras su mujer y sus hijos estaban a un pan pedir. Dos hijos que bien merecían otra suerte, Clarita —la que hoy se ha casado— y Antoñito, un desgraciado niño corcovado y contrahecho, pícaro y malicioso como un diablo, con una geta sarcástica y burlona que alejan de cuantos le miran todo sentimiento de compasión.

Seis o siete años bregaron con la miseria. Doña Marcelina —la madre— al ver los desórdenes de su marido, se puso al trabajo, y con tal empeño, que a poco tuvo fama el chocolate hecho por sus manos, o molido bajo su dirección. Antiguas amistades, viejos conocimientos entre familias ricas y especieros del buen comercio le valieron, y en tanto que su desdichado marido corría sus «prándigas» con otros de la misma calaña, gastándose a veces lo que Marcelina ganaba, Clarita iba a la escuela de la Sociedad Católica, y el jorobadito, que no sacaba buey de barranco, recibía cada tunda de su maestro, que Dios tocaba a juicio.

Por fin quiso Dios llevarse al borracho, quien muy contrito y bien dispuesto, emprendió el gran viaje y se fue a descansar a la ciudad de Canillas, dejando en paz a su mujer y a los «hijos de su alma», que ya no podían con él, y que —digámoslo bajito— casi casi se alegraron de verle tendido entre cuatro velas. Le lloraron, sí, le lloraron con abundantes lágrimas; pero la verdad es que para ellos el fallecimiento de don Crispín fue el principio de una era de felicidad y bienestar. Cesaron las penas y los disgustos, acabaron las riñas y las pendencias nocturnas, y no hubo ya palizas y reveses.

Marcelina pudo ahorrar algunos reales, y Clara tuvo vestidos domingueros, y el corcovadito una peseta cada domingo para ir a los toros.

Creció la muchachita, espigó que era una gloria el verla, y suaves tintas de rosa, tiñeron sus mejillas. Vistiéronla de largo, la sacaron de la amiga, y la buena madre contó con ella para el trabajo. No la puso al metate, ni al comal, ni al tablilleo; Clara tomó a su cargo el gobierno de la casa, la cocina, el lavadero y la aguja, y las pobres gentes se arreglaron de tal modo, que pronto gozaron de una tranquila felicidad. Trabajaban, sí, de diario, pero sin disgustos ni penas, alegremente, como si el chocolate fuera a darles, a la fin y a la postre, crecido e inagotable capital.

El muchacho aprendió a encuadernador, y como era listo y buscavidas, y sabía congraciarse con los patrones, no le faltaban cada sábado sus cuatro o cinco duros.

Marcelina, antes flaca y amojamada, dijo a echar carnes y se puso tamaña de gorda, que parecía que nunca había tenido penas ni cuidados y que se la pasaba mano sobre mano.

Pero entonces —porque no ha de haber felicidad completa—, otros disgustos vinieron a turbar su dicha: los que le causaban ciertos amartelados que no dejaban a Clara ni a sol ni a sombra. Primero un estudiante del Preparatorio, relamido y elegantón, de ondas en la frente y cuellos altísimos, un sietemesino callejero que pintaba unas águilas en la esquina que ¡Virgen Santa! aquello era un escándalo. De la mañana a la noche ahí estaba, con el libro bajo el brazo y en la boca tremendo puro, acechando a la chica y requebrando descaradamente a cuantas hembras pasaban junto a él. Luego un dependiente de «La Vizcaína», un gachupín, adusto al parecer, pero en realidad sobrado alegre, que noche con noche subía y bajaba en busca de Clara. En seguida un empleadito de la Receptoría, serio, apacible, mátalas callando, que, sin que nadie se diera cata de ello, hizo llegar a manos de la niña una epístola minúscula, expresiva y apasionada. A ninguno de éstos correspondió Clarita, ni con una mirada, y uno por uno fueron todos dejando el campo.

El colegial y el gachupín riñeron una noche. Hubo gritos, temos, y sapos y culebras, salieron a tomar aire las pistolas, se armó la de Dios es Cristo, vino el gendarme del punto, y los Amadises fueron a parar a la de cuadritos, de donde no salieron hasta después de pagar a razón de cinco duros por cabeza, sin contar el treinta por ciento federal.

El escribientillo se fue en busca de aventuras a mejor barrio, no sin oír antes de doña Marcelina todo un sermón terrífico. Díjole su merecido, el huevo y quien lo puso, por desmandado y atrevido, y… la paz, una paz octaviana, volvió a reinar en la chocolatería.

Clara era una buena muchacha. Jamás contradijo a Marcelina, nunca le ocultó que éste y aquel le paseaban la calle y le hacían cucamonas, y las cosas iban a pedir de boca. Pero —¡fue preciso!— la chica no quería quedarse para vestir santos, y un día, cuando nadie se lo esperaba, declaró que tenía novio.

—Pero ¿quién es, hija? —preguntó asombrada Marcelina.

—Miguel.

—¿Qué Miguel?

—El que trabajaba en casa de los Pérez y que ahora tiene su talabartería aquí a la vuelta…

—¿Ése?

—¡Ése! —exclamó la muchacha—. ¡Y a ése sí lo quiero!

—Pero, hija, ¿qué le has visto?

—¡Pues nada! Que es bien parecido, y buen muchacho y trabajador, y… que por eso anda siempre muy bien plantado, y que —agregó toda encendida— me quiere y lo quiero! Y mañana vendrá el señor cura a pedirme y se lo digo a usted para que no le coja de sorpresa…

—¡Pues bonito! ¡Bonito! ¡Así de golpe y zumbido!

Y Marcelina se echó a llorar, a llorar como una Magdalena. Pero Clarita la acarició, la mimó, le rogó, le suplicó, por cuanto más quería, que la perdonara… y tres días después, un domingo, las vecinas que fueron a misa de doce, llegaron diciendo:

—¿Sabe usté, comadre?

—¿Qué cosa?

—Que hora sí beberemos el chocolate, porque Clara, la hija de la vecina, se va a casar con Miguel… ya comenzaron a rodar.

—¡Vaya! ¡Con razón yo los vi anoche tan apareados en la puerta! Pues que se casen, hijita, que se casen, ¡Dios los ayude! ¡Que se casen, que más padeció Cristo por nosotros.

* * *

Y se casaron hoy. Las buenas gentes están de fiesta; y de fijo, esta noche habrá baile basta que salga el sol.

Doña Marcelina está triste, llorosa, apenada, pero comprende que el muchacho es bueno, y que la Clarita de su alma va bien, muy bien, mejor que con el estudiante y que con cualquiera de los otros pretendientes.

Ella se quedará en su casa, seguirá con su chocolate, y los casados se irán a la suya, que los casados casa quieren.

Pero Clara no olvidará nunca que allí, en esa casa que tengo enfrente, pasó días muy amargos y angustiosos, y otros muchos de alegre y risueña felicidad; vendrá frecuentemente a ver a su buena y cariñosa madre y al pobre corcovadito, y dentro de algunos meses, a más tardar de aquí a un año, la chocolatera será saludada por las vecinas en estos términos:

—¡Conque ya! ¡Ni parte que da usté, vecina! ¡Conque ya tiene usté un nieto!

—¡Ya hija, por la misericordia de Dios! —contestará la abuela llena de alegría—.

¡Y sin novedad!

—Pues allá le llevamos su alhucema vecina, para que se sahume usté y se le mueran los «pepeyotes»!

FIN

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