El Catire

Rufino Blanco Fombona

El Catire

A partir del caserío de la Urbana, Orinoco arriba, hasta el caserío de Atures, toda la vasta región que se extiende desde la margen derecha del gran río hasta los confines del Brasil es zona de bosques y desiertos, donde erran tribus bárbaras de guahibos y otros indios no reducidos a la vida cristiana.

La civilización se ha quedado por allí a la margen izquierda del Orinoco. No se ha atrevido a pasar el río. La misma naturaleza cambia de una orilla a otra del agua. A la siniestra riba, la tierra, plana y monótona, cubierta de gramíneas y rebaños, hace horizonte con el mar; a la margen opuesta, el terreno forma gibosidades, se enmontaña, las selvas extienden su imperio tupido e impenetrante.

A cosa de siete leguas de la Urbana, aguas arriba, al pie de enormes moles de piedra, en un claro del bosque donde crecía paja silvestre y se producía silvestre la sarrapia, cuatro o cinco ranchos no distantes los unos de los otros, un corral de vacas, gallinas, patos, pavos, cerdos, caballos, burros, perros, gatos, el conuco de maíz, la sementera de fríjoles y el pegujalito de yuca indicaban por aquellas soledades la presencia del hombre residente y agricultor, a más de las tribus trashumantes y depredadoras. Aquella colonia, dos hermanos con sus respectivas familias y seis u ocho indios mansos, que servían de peones, recogía sarrapia en los bosques comarcanos, fabricaba queso en el hato y cultivaba sus conucos y sus hortalizas.

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Hortalizas y conucos, junto con los cercanos bosques, abundantes de caza, y el propio río, abundante en pesca, les daban a todos comida. El queso iba a mercarlo a la Urbana o a Caicara o bien a los hatos ricos de la margen izquierda. Esto lo expendían para centros lejanos de la población. Cuanto a la sarrapia, varias veces por año atracaban a la costa fluvial buques de Ciudad Bolívar, que la pagaban a precio de diamante, lo mismo que las plumas de garza.

No bien recibían el dinero los campesinos, se morían por ahucharlo y aprovechaban la primera noche clara para enterrar el oro, ya al pie de un guayabo longevo, ya cerca de algún peñón, grande como una catedral e inamovible; ya en otros sitios más recónditos, de que jamás informaban ni a su esposa ni a sus hijos.

Entre las vigas del rancho, sobre la troja, escondían Winchesteres relucientes, usados de continuo, menos contra la acometida de alguna horda de aborígenes ebrios —lo que sólo había ocurrido un par de veces en cinco años de residencia— que contra las incursiones de los tigres o para tirar a los caimanes, carniceros y ladinos como el mismo cunaguaro.

Este felino rapaz, lo mismo que el caimán, sorprendía a los cerdos y, aunque cobarde, se aventuraba de noche hasta los mismos corrales para robar los becerritos. Burros, caballos, fueron a menudo víctimas, sorprendidas pastando no lejos de la ranchería.

Mas ¡cuántos ojos certeros de los tiradores en las batidas nocturnas! Manchadas pieles jaguarescas y atigradas tapizaban el suelo y las paredes de aquellos ranchos. Solía encontrarse, estirado en el patio a secar, prendido con estacas, el cuero fresco de algún felino recién cazado; vacas, potros, perros, acercábanse, ignorantes, y luego de olfatearlo se alejaban con presura de aquel despojo de exhalaciones enemigas, mugiendo las vacas, relinchando los potros, aullando los perros.

* * *

En viaje a la margen izquierda para mercar sus quesos, uno de los hermanos de retorno, meses atrás, trajo consigo del Arauca a un zagaletón de diecisiete años, entregado por los mismos padres del mozo, que no podían soportarlo, tan maleante era y tan perturbador.

En la colonia lo apodaron el Catire, por su cabeza pelirroja, sus ojos zarcos y su rostro de blancura desvaída, amarillenta y pecosa. Alto, anguloso, flacucho, exuberante, todo nervios, el Catire era de una actividad inextinguible; él ordeñaba las vacas en la madrugada, pastoreaba en la mañana, traía leña al mediodía, cargaba agua mientras los demás dormían siesta, hacía queso en la tarde o recogía sarrapia o iba al conuco por fríjoles, traía el ganado al crepúsculo y todavía encontraba tiempo para ir a echar anzuelos antes de oscurecer, y alegrar, después de la comida, la prima noche del desierto orinocense, entonando, al son de la guitarra, corríos y galerones.

Era el diablo, eso sí; desplumaba vivos los pájaros, quebraba el rabo a las vacas, robaba los huevos de las gallinas, untaba de bosta, y aun de zulla, los cuchitriles de los peones; improvisaba un galerón contra el lucero del alba. Los amos lo toleraban porque lo explotaban.

El Catire, una tarde, hizo caer en una zanja y quebrarse un cuerno a la vaca más lechera y rozagante, y presentóse al hato con la res mogona o, como decía él, tocona. La esposa de uno de los hermanos, propietario del animal, oronda con su vaca, puso el grito en el cielo. El Catire fue despedido, sólo que al día siguiente de la expulsión el Catire, considerándose ya desligado de sus patronos, se negó a ordeñar, a conducir el rebaño al pastoreo, a cargar agua, a recoger hierba, etc.

Pasóse el día las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca, y en la noche pidió que le arreglasen su cuenta. Ambos hermanos tuvieron un oportuno enternecimiento, la dueña de la vaca perdonó al Catire y el Catire continuó en la colonia.

Pero aquel diablo de chico iba a ser corroboración de «genio y figura hasta la sepultura».

* * *

Bajaba del monte el zagal, semanas adelante, caballero en su burro, y quería bajar con más rapidez de lo que permitía la pendiente. El burro era un asnazo rubio, cariblanco, de ancho pecho, cabos finos, ancas gordas y pescuezo robusto. El Catire le cosquilleaba las ancas con buida vírgula de guayabo.

Sintiéndose incómodo, molestado por la púa, el asno apresurábase cuanto podía; pero como la puya era inclemente, se enfureció y, de un corcovo, echó a rodar a su caballero barranco abajo.

El Catire salió del embarrancamiento carirrojo y confuso. Desde entonces cobró un odio carnicero al cuadrúpedo.

Sacábalo a menudo del rancho con un pretexto u otro y, amarrándolo en el campo, le atizaba paliza tras paliza. Días enteros lo dejaba sin beber y noches y noches sin el pasto de la cena. El asno comenzó a enflaquecerse, a perder la brillantez de su pelaje claro y hasta su cara peluda y blanca de asno joven pareció entenebrecerse con el dolor de aquella persecución, ignorada e inmerecida.

La saña del Catire no se desarmaba. Una mañana sacó el borrico al campo, lo maneó, aseguró las patas traseras con un retorcido bramante y, ya por tierra el jumento, empezó a embadurnarlo con la grasa de un pote que traía en el bolsillo. Untóle meticulosamente y con método: primero las patas, luego el pecho, después la cara y por último el cuello. El animal se debatía desesperado, pero impotente; abría pávido los ojos y resoplaba y tendía sobre la hierba la cabeza para erguirla de nuevo en inquietud y desespero.

Aquella manteca de la unción era grasa de tigre; materia oleosa, de olor peculiar e intenso, que no pueden soportar las bestias sin creerse vecinas de la fiera.

Terminada la unción, el Catire desligó las cuatro patas del rucio. Éste púsose en pie, sacudiéndose y moviendo la cabeza de derecha a izquierda con vehemencia; tiraba del tenso cabestro, pugnando por libertarse, por romper aquel ramal, que lo mantenía atado a una ceiba corpulenta.

La pobre bestia quejábase como una persona.

Los ojos se le salían de las órbitas, ya restregaba el hocico contra el suelo, ya lo levantaba a las nubes. En torno del sinventura se había alzado, debajo de la hierba chafada, una amarillenta nube de polvo, que lo envolvía. A corta distancia, el Catire contemplaba la escena, pierniabierto, las manos en los bolsillos y la sonrisa en los labios.

El sol del mediodía llenaba el espacio y caía sobre los campos en olas de fuego. El jumento no cesaba un instante de agitarse, presa de desesperación. Su piel se mojaba de sudor; cuando parecía que iba a caerse exánime, sacaba nuevas fuerzas de su angustia, lanzaba quejidos más lastimeros y, tarascando el cordel, hacía esfuerzos cada vez más desesperados.

Por fin rompióse el cabestro. El rucio, ya libre, echó a correr. También echó a correr el Catire con intención de atraparlo. El asno corría, corría, y tras el asno se desalaba el Catire. Creyó el muchacho, al principio, que el asno se enderezaría al rancho y corrió de través para cerrarle el paso; pero bien pronto se desilusionó. Proseguía el rucio su carrera campo adelante sin torcer rumbo; pasó el prado, pasó un morichal, pasó otro prado y se emboscó en la montaña. El Catire ya no podía más.

Perdida la esperanza de alcanzar el desatentado borrico, más por curiosidad que por otra cosa, ascendió a un pico del cerro, de donde se divisaba buen espacio de monte y llanura. Allí estuvo un rato. No columbró al rucio.

Serían las dos de la tarde. Sintió hambre y, queriendo regresar a la ranchería, empezó a combinar una mentira que explicara su tardanza y la ausencia del animal. De pronto vislumbró en campo raso, y en dirección al Orinoco, al asno, que, salido del bosque al llano, seguía corriendo, corriendo.

Llegado al río, erró el burro un instante y, después de un momento de titubeo, lanzóse, denodado, al agua. El Catire no percibió ya sino la cabeza blanquecina del rucio emergiendo del turbión. Unos momentos después, sin embargo, apareció de nuevo toda la figura del asno, arribado a una islita de arena, no distante de la costa, playa o borde del río. El desasosiego del infeliz debía de ser grande, porque se echó de nuevo al agua, en dirección a la orilla, de donde partió un momento antes; la corriente lo arrastraba y ganó margen muy abajo. El Catire lo divisaba entonces, a causa de la distancia, mucho más pequeño, de no más alzada que un pollino.

«Ahora se irá a casa», discurrió el mozo, Pero se equivocaba. El animal echóse de nuevo al río. Ya sin fuerzas, dejóse arrastrar por la corriente, que lo llevaba a la deriva, aguas abajo.

«Es —imaginó de nuevo el Catire— que no puede más y no quiere salir del agua, porque, estando cubierto por el agua, no le huele a tigre».

La cabeza clara del burro seguía flotando. Ya no era sino un punto en el centro del Orinoco.

El río lanzaba reflejos de diamante herido por el sol.

El muchacho veía alejarse y empequeñecerse aquel punto navegante. Así vio lo que menos esperaba. El punto se sumergió de súbito en las ondas. El Catire, cabizbajo, quedóse durante cinco minutos mirando el río. El puntito viajero no volvió a subir a flor de agua.

«Algún caimán», pensó el Catire. Y comenzó a bajar lentamente.

FIN

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